Valledupar, mereces una segunda oportunidad

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Foto: cortesía.

No puedo negarlo. Llevo a Valledupar en el alma; en mis venas. Me conmueve su historia, su gente, mis amigos, mis recuerdos, mis vivencias. De hecho, mi permanencia en el interior y el exterior del país donde he vivido por cuestiones de estudio y trabajo, solía ser perturbada por mi intenso sentimiento de la nostalgia. Era como si un botón oculto activara a cada rato mi añoranza por el terruño y me exhortara a regresar. Solo la responsabilidad lograba que culminara lo que la nostalgia no quería.

Nací y crecí en la época dorada de Valledupar, décadas del 80 y 90, época en la cual la ciudad era modelo regional y nacional, mereciéndose con creces muchos títulos honoríficos, en especial el de Sorpresa Caribe: nos hinchaba el pecho de orgullo ver la romería de dirigentes de otras ciudades apreciando e indagando qué y cómo hacíamos aquí tantas cosas buenas y productivas. Había liderazgo y autoridad. Competitividad. Solidaridad. Había trabajo. Abundaban “los novillos gordos y la yuca harinosa…”

Así fui creciendo, formándome en el colegio Gimnasio del Norte, abrevando en la vallenatía de Patillal, regocijándome en los viejos pero sabrosos barrios y pueblos del municipio, oyendo de los viejos sus historias y de los empresarios sus ilusiones… ese menú lo alimento todos los días para no olvidar mi deuda con Valledupar.

Ahora siento un nudo en el estómago al verla empobrecida (el empobrecimiento es peor que la pobreza), en sus aristas esenciales – liderazgo, asociatividad, competitividad, democracia, ciudadanía, seguridad, y pare de contar. Valledupar ya no es el vividero sabroso de antes.

El crecimiento de Valledupar ha sido enorme, pero desarticulado por el déficit de presencia institucional. Nadie volvió a creer en la grandeza de esta ciudad. En el fondo hay una crisis de crecimiento, por la mezquindad o la miopía de no construir capital social para enfrentar la dinámica social. Claro, nos quedamos rezagados, sin los dones de la planificación, la participación, la inclusión y, menos, la visión de largo plazo. Ha crecido la población, pero no la satisfacción de sus necesidades básicas. Ha crecido el parque automotor, pero pocas son las vías nuevas construidas. La ciudad crece horizontal, de manera dispersa, los barrios aumentan, pero la oferta de transporte es precaria y tortuosa. Este cóctel variopinto engendra inseguridad, pobreza, hacinamiento, desempleo, informalidad, prostitución, embarazos prematuros, resentimiento social, empobrecimiento.

Mis sentimientos son encontrados. Debo tragarme mi tristeza para darle paso al coraje y a la determinación. No podemos seguir llorando sobre la leche derramada; hay que actuar, y pronto, antes que el municipio toque fondo y no haya vuelta atrás. Tenemos que arrebatarles la ciudad a los delincuentes, de todo pelambre, incluidos los de cuello blanco que monopolizan el ejercicio gubernamental; será un aporte a la paz y a la inversión. Tenemos que desactivar la bomba de tiempo que entraña las tarifas usureras e indolentes de la energía de Afinia, fomentando e implementando una verdadera transición a las energías alternativas. Hay que apoyar con decisión el fomento progresivo y sostenido de algunos renglones productivos (turismo, agropecuario, informático, v.gr.). Hay que hacer valer la posición geoestratégica de Valledupar y aprovechar sus fortalezas cultural, turística y folclórica. Hay que darle una segunda oportunidad.

Este cumpleaños (473) ha de servirnos para una grande reflexión: no es hora de confort, sino de trabajo. No es hora de silencios, sino de alzar la voz. No es hora de contemplaciones, sino de ejecuciones. ¿Si no luchamos por lo que amamos, por qué y por quién lucharíamos?

Termino citando al negro grande, Aníbal Martínez Zuleta: “aquí todos estamos agonizando, aunque estemos cantando… es la manera vallenata de llorar”. Dejemos de echarnos a la pena, nos merecemos mucho más. Feliz cumpleaños, Valledupar.  Twitter: Camiloquirozh

Por Camilo Quiroz Hinojosa