Uribismo vs Antiuribismo

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ANÁLISIS POLÍTICO

Al fin se acabó el suplicio. Nunca  el país había sufrido tanto una jornada democrática como  en esta ocasión. Antes, las jornadas electorales – pese a la dinámica de contradicciones, denuncias, volteretas, deslealtades, y pare de contar – terminaban convertidas en unas verdaderas fiestas democráticas, festejándose, luego de conocidos los  resultados, todas las escaramuzas y anécdotas que caracterizaron el proceso.

Ha de aceptarse que el ejercicio democrático ha decrecido en Colombia. Y no precisa y exclusivamente por la altísima abstención, la de la segunda vuelta menor que la de la primera, se comportó de manera parecida a las de los años anteriores: superior al 50% del potencial  electoral nacional.

Deprimente fue la calidad del proceso. Las propuestas programáticas brillaron por su ausencia, debiéndose apelar al proceso  de paz cuando esta  temática no  debería ‘politiquearse’. Por fortuna, al final del proceso pudieron presenciarse no más de dos buenos debates que mucha luz aportaron a los electores, sobre todo por retratar de cuerpo entero la catadura de los candidatos. El lenguaje virulento y la actitud agresiva de las campañas, en especial de los expresidentes que ostentaban las jefaturas de las mismas, avergonzaron a no pocos ciudadanos, haciéndolos dudar por quién votar.

Sin embargo, nunca una campaña proselitista había sido tan intensa como la recién pasada, intensidad sostenida hasta el final del proceso por la estrechez de los resultados mostrados por las diversas firmas encuestadoras.

UN BREVE REPASO HISTÓRICO

Cinco eran los candidatos en disputa por el Solio de Bolívar, muchos de ellos con problemas de divisiones  al interior de sus propios partidos. Marta Lucía Ramírez se impuso y sostuvo como candidata conservadora a pesar de no contar con el apoyo de la mayoría de los congresistas elegidos a nombre de su partido. Al final obtuvo una significativa votación (más de 2 millones), para muchos una bofetada dada a los  varones electorales del conservatismo.

Enrique Peñalosa vivió su propio viacrucis. Nunca logró unir y cohesionar a la Alianza Verde Progresista, y así divididos, sin el apoyo del alcalde Petro, se sometió a las urnas. Su votación final fue una de las defecciones de este proceso: de perfilarse como seguro para disputar la segunda vuelta, a la postre fue rebasado por  todos  los  demás candidatos, atribuyéndosele su baja votación a la pobreza de carácter y de su discurso programático y a su incapacidad para conectarse con el pueblo.

Clara López, ex alcaldesa de Bogotá,  representaba al Polo Democrático en este debate electoral. De acuerdo a las críticas, fue la mejor librada de todos los candidatos. En los  debates se percibió formada, enjundiosa, ponderada, contrastando con la agresividad de sus émulos. Los guarismos obtenidos, más de 2 millones de votos, la muestran como un prospecto para el inmediato futuro.

Oscar Iván Zuluaga tuvo mejor desempeño del esperado. Fue de menos a más: de especularse su sustitución como candidato del Centro Democrático (CD); de temerse que no llegara a la segunda vuelta, obtuvo la mayor votación aupado por el carisma y la pertinacia de su mentor, el ex presidente Álvaro Uribe Vélez, quien se tomó a pecho  la candidatura de Zuluaga en su empeño obsesivo de atravesarse a la reelección de su ex pupilo Juan Manuel Santos.

El carisma de Uribe Vélez, su capacidad caudillista para cohesionar y fanatizar a sus prosélitos, sobre todo con el tema populista de los diálogos con la guerrilla, sumado a la frialdad, torpeza e impersonalidad de Santos Calderón, permitieron que Zuluaga ganara la primera vuelta presidencial. De manera inequívoca, el uribismo más el antisantismo le ganó la partida a Juan Manuel Santos.

CAMBIO DE PROTAGONISTAS

Vuelto a barajar, las  cosas cambiaron. El debate se centró en torno a la paz, tema sobre el cual Zuluaga patinó al serle impuesto por su nueva aliada conservadora. El firme predicamento de suspender los diálogos una vez asumiera  la presidencia,  quedó hecha añicos.

Además, en la segunda vuelta su carácter mutó a una agresividad que lo acercaba a su mentor, y sobre todo a la pendencia guerrerista que encarnaba el CD de no a los diálogos, si a las armas.   Ahí fue Troya: muchos infieren que los electores se aterrorizaron. Los resultados arrojaron una diferencia en su contra de casi  un millón de votos.

Juan Manuel  Santos era el candidato reeleccionista. Luego de 4 años en el poder, y del reconocimiento de la crítica especializada abrazándolo como el del mejor gobierno por los resultados económicos, la ciudadanía paradójicamente lo percibía como un mal gobernante, y consecuente, ostentaba los más bajos niveles de popularidad en las encuestas.

Su proceso eleccionario fue ondulante. En los comienzos, todos lo  daban seguro ganador, inclusive en primera vuelta. Zuluaga,  el candidato a vencer, iba rezagado. Poco a poco defeccionaba y  permitía  el acercamiento de sus rivales, acaso por la poca ductilidad para comunicarse con la gente, que lo percibe lejano, desleal, tahúr o  embaucador.

La escogencia de su vice, Germán Vargas Lleras, aunque lo fortalecía en Bogotá, lo mostraba tal cual, oligarca, alejado de la provincia, a la que además le había propinado un golpe bajo al raparle las regalías recibidas por exportación de los recursos naturales, recursos que amainaban las necesidades básicas insatisfechas de estos pueblos irredentos.

Santos Calderón no despertaban entusiasmo entre sus seguidores, así  estuviese repartiendo mermelada. La  campaña  se mostraba apática, errátil, sin conducción, no interlocutora, difuminándose en el panorama electoral, hasta llegar a la  derrota vergonzosa de la primera vuelta, vencido pese a toda la maquinaria dispuesta en un país clientelizado.

El resultado de primera vuelta fue el campanazo que despertó no al santismo (¿?), sino al antiuribismo. Los propios amigos de Santos y aquellos no amigos o enemigos se aterrorizaron ante la inminente posibilidad del regreso al poder de Uribe Vélez, con todo lo que representaba.

En ese contexto, las mayorías del Polo Democrático y del Partido Verde, dejados en libertad, optaron por Santos para atajar a Uribe encarnado en Zuluaga. La mayoría de congresistas conservadores, adictos a la mermelada de la Unidad Nacional, ya sin la cortapisa de la doble militancia, apoyó abiertamente a Santos. Muchos líderes sin partido, sectores representativos, sindicatos, se alinearon por Santos para evitar al  otro.

El discurso de la paz contra el de la guerra que con inteligencia se hizo simbolizar en Santos y en Zuluaga, respectivamente, fue determinante. Muchos que no tenían como justificar su adhesión a Santos, que  ya antes lo habían criticado con causticidad, se  ampararon en el árbol frondoso de la paz para dar el salto vergonzante de tragarse el sapo y apoyar a Santos.

La alarma prendida con el resultado de la primera vuelta,  que movió a los enemigos e  independientes, también sacudió a las maquinarias. El marasmo, el sopor de la primera vuelta fue engrasado para la segunda, y todos a una sacaron a relucir el arsenal propio  del clientelismo y la politiquería, guardado y enmohecido en la primera vuelta, acaso prevalido de que la sola figura presidencial era suficiente.

En síntesis, en la primera vuelta, enfrentado Santos con Zuluaga, ganó el uribismo. En la segunda vuelta hubo cambio de protagonistas: los enfrentados eran el uribismo contra el antiuribismo. Por supuesto, ganó el segundo, apoyado por la maquinaria que conducía Santos.

FUTUROLOGÍA

El esfuerzo del candidato ganador, obligado a robustecerse con nuevos aliados, cambia sin duda el mapa político nacional. La misma Unidad Nacional que gobernó durante tres años, ha de replantearse por el fraccionamiento del conservatismo, al que seguramente le reducirán su cuota de poder. Los nuevos aliados, así prediquen oposición, al menos lamerán mermelada; por lo menos cambiará la forma de relacionarse, para no tratarse como antagonistas.

Un nuevo  gabinete se ve venir, uno que remoce y represente las nuevas fuerzas que confluyeron en la  reelección de Santos Calderón. Caras nuevas a tutiplén. Caras independientes. Nombres que representen las nuevas realidades regionales, decisorias a la hora de nonas: la Costa Caribe, p.ej., bastión en este proceso, exigirá con justa razón una mayor representación no solo en gabinete sino en participación en obras públicas.

La cuota de poder representada en la presente alcaldía de Bogotá, y en la próxima alcaldía, tendrá nuevos y reforzados protagonistas. Esto es, Petro garantizaría su estadía como titular del despacho en cuanto dependa del presidente de la República. Además, no sería descabellada una retroalimentación para elegir alcalde en el nuevo periodo, y claro, en reciprocidad, elegir al presidente sucedáneo de Santos.

El compromiso con los diálogos de paz se catapultó. El gobierno nacional no puede tener marcha atrás y ha de apostarle con denuedo. Qué bueno que se amplíe la Unidad Nacional, en punto a este tema, a todos los  sectores representativos, incluidos los opositores.

El resultado electoral compromete igual, y quizás más, a las guerrillas, pues en últimas lo que hubo fue un plebiscito a favor de la paz, pero no incondicional, pues 7 millones de colombianos votantes de Zuluaga la prefieren condicionada; necio y torpe sería desdeñar tan densa opinión, lo  que hace más  exigente la necesidad de ser incluyentes en la búsqueda de esa paz.

El relecto presidente Santos tiene la oportunidad, ahora sí, de pasar a la historia dándose la pela por  la paz. Por fortuna, ya no cabe el martirio de la ambición o codicia de poder para aspirar a un tercer mandato. Tiene todo el tiempo para gobernar de verdad verdad.

 

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