TOROS COLEADOS

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                     Luis Napoleón de Armas P

 Me fui a los toros coleados. Era domingo temprano. Nunca había visto esa cosa de jala y estire, de rabo torcido y boñiga en garrete. Llegué a la manga un poco asustado. La gente esperaba que echaran los bichos; cerveza iba, cerveza venía. Un borrachito gritaba pidiendo los toros, pero no tenía caballo y arremangado hasta media pierna se disponía a saltar el ruedo.

… Suéltame hijo e madre, suéltame, le dijo a su amigo que le impedía saltar.

Suéltame que le enderezaré los cuernos y le haré morder su propio rabo. Hoy mismo este barcino verá lo que capea un llanero; tres vueltas le daré de un tajo antes que muerda el terreno.

Mucho hablaba este hombrecillo de ojos saltones, cabello rizado y cara de triángulo. Y nada que aparecía el becerro; el hombre impaciente tragaba cerveza para poder escupir. La gente llegaba y se agolpaba a sus alrededor creyendo que era un vendedor de talismanes o ungüentos secretos para conseguir mujeres. Mientras tanto, el calor aumentaba y todos sudaban excreciones dérmicas. Saqué mi pañuelo, lo unté de cerveza y me lo puse al olfato porque náuseas me daban; también humedecí mi cara llena de polvo que arrias de caballos dejaban al recorrer el ruedo. Muchos estornudaban, otros tosían, pero nadie abandonaba su lugar de expectativas, aunque impacientes. Todos querían ver al ‘mono Jerez’ tumbar un novillo, y el hombrecillo aquel, el más impaciente, esperaba el momento en que se abriera la reja para echarse sobre su torete, batir su rabo y dejarlo indefenso.

Nadie le creía. No es posible – decían – que sin caballo y sin zapatos siquiera, un hombre menudo, enjuto un poco, cansado del viaje que había hecho desde su pueblo y harto de cerveza, pueda cumplir lo que dice. ¡No es posible! Su pulso temblaba cual empedernido fumador, tanto que derramaba la cerveza cuando la tenía en  la mano. Su pantalón harapiento apenas se sostenía en sus caderas, viéndosele la sínfisis pubiana que se asomaba entre sus macilentas nalgas.

¿Qué pensará este? – inquiría la gente – si un soplo de aliento lo puede tumbar. ¿Creerá que es juego la cosa, que de espanto como está podrá resistir el jalón de un toro?

Pero el hombrecillo no daba muestras de desistir, seguía hablando hasta por los codos de su proeza esa tarde.

Ustedes nunca han visto  – decía – quedar con el forro del rabo en la mano; nunca han visto cómo se ablanda un cuerno, cómo se para en seco el toro agarrándole por la verijas, bla, bla, bla.

Nadie daba cinco por este parlanchín, medio embriagado. La gente más bien comenzaba a fastidiarse de tanta charlatanería. Además, la caída de la tarde permitía que en el ambiente pulularan zancudos de variadas especies y picadas.

Eran las 5 P.M. y nada que anunciaban el primer coleo; ya no cabía un alma más en las tablas de la manga: unos sentados arriba, asomados por las rendijas otros, y algunos sobre sus camionetas. Yo no encontré un buen sitio donde ubicarme así que tuve que quedarme cerca al parlanchín del coleo, sobre la llanta de un tractor.

Por fin apareció en el otro extremo de la manga un perifoneador con un equipo portátil anunciando estrepitosamente la becerrada de la tarde. El coleador pedestre, mientras tanto, sudaba torrencialmente concentrado todo en los anuncios. Con una mano en la frente para tapar el sol, miraba fijamente el sitio por donde aparecerían los toros. Se apretó, después, su rasgado pantalón, haciéndose ruedos hasta las rodillas y un ligero nudo en su camisa para ajustarla a su magro cuerpo; finalmente hizo una rápida flexión apoyándose en el madero de la valla.

…No es la primera vez – decía – que salte al ruedo; tengo colección de rabos que he sacado con pelvis y todo; no crean que soy un pajudo, ebrio o algo parecido. Si quieren pregunten en Villavicencio cuántos toros he ponchado. Pregunten en San Martín, en Apure, o en cualquier parte; pregunten, pregunten… Porque los veo con cara de incrédulos. ¿O es que acaso se necesita ser gordo y tener caballo para lograr la faena? Y nunca me ha tocado un cuerno, revísenme aquí… o acá; venga usted y toque a ver. ¡Ni un rasguño!

Mientras tanto más gente llegaba a la manga de coleo; algunos se detenían a escuchar sin mucho interés al hombrecillo aquel; otros preferían seguir hacia delante.

Lo cierto es que el insólito coleador logró reunir bastante gente, haciendo un espectáculo paralelo al del coleo. Nadie le creía pero al tiempo esperaban que sus habladurías se hicieran realidad. Muchos no vieron el primer coleo por escuchar a este coleador sin cabalgadura.

Y echaron el segundo toro. El hombrecillo de marras no entró al ruedo. Dijo que no le veía casta, que era un pobre animal; que no se sentirían orgullosos ni él ni el público que tanto esperaban ver su proeza.

¡Esperen un poco! ¡Calma, calma!… ya verán. Los buenos espectáculos no se dan a la ligera. Hay que esperar un poco para poder valorarlos. Después, la espera – proseguía – será compensada con calidad de hazaña.

Pero este tipo – decía la gente – está como los culebreros y magos de mercados que anuncian y anuncian y nada. ¡Pura paja!

Ya entre oscuro y claro el hombre estaba decidido. Con ademanes sofisticados apretó el nudo de su camisa a la altura del ombligo; se sujetó un poco su raído pantalón a las caderas con su manga a media pierna; invirtió su cachucha, se frotó fuertemente las manos juntándolas luego en señal de oración y después de soplar reciamente sobre estas dio un salto simiesco cayendo en la manga de espaldas al toro, en un acto temerario. Con una ligera mueca escupió apretando los dientes, lanzando su esputo con gran precisión hacia un coleador ecuestre que estaba a tres metros de él, asumiendo un gesto despectivo. Finalmente enrolló su lengua en forma de túnel, lanzó un silbato a través de este y giró sobre su pie derecho, apoyando sobre la rodilla el pie izquierdo formando un triángulo con las piernas para probar su equilibrio. A pesar de su nerviosismo etílico que le hacía temblar a toda hora, este diminuto coleador pudo mantenerse como una estatua, en parada de loro, por algunos minutos con las manos en la cintura.

…En esta posición – les gritó – puedo frenar un toro porque conozco los secretos del equilibrio. No hay que tener dos patas para pararse firme, así como no es necesario tener caballo para revolcar un toro. Todo está en la mente – proseguía – y en la voluntad.

Este extraño personaje, que él mismo decía ser conocido pero que aquí nadie había oído hablar de él, estaba ahora filosofando. Y nada que se aventaba. Muchos gestos, mucha expectativa, pero nada de acciones. Pidió una cerveza diciendo que era la última; la aspiró de un sorbo sin tomar aliento. Frotó sus manos de nuevo y dijo: ¡Que echen el toro! ¡Que echen el toro!

Saltó el bicho, cabeza alzada y espuma en la boca, mirando a los lados como si buscara a alguien. De vez en cuando olía el terreno, bufaba un poco y escarbaba el suelo.

Nadie, excepto el coleador pedestre, se encontraba en la manga y que muchos ni siquiera habían visto. Incluso, muchos creían que la faena había sido cancelada. De pronto el toro divisó a su adversario que en parada de garza esperaba furtivo, misterioso y en silencio total. Acometió la bestia y aquel impávido hombre parecía ir a una muerte segura. Como un metro faltaba, sí como un metro, tal les digo y doy fe; un metrico de nada. Pero este enigmático protagonista saltó como un grillo por encima del astado animal y esperó nuevamente de frente; estiró una pierna hacia delante con las manos abiertas en actitud cazadora.

De nuevo envistió el rumiante, el adversario lo asió por los cuernos volcándose sobre él verticalmente con los pies hacia arriba, arqueándose luego sujetando sus pies sobre las caderas del animal que hacía fuertes cabriolas. Encendió luego un cigarro, saludando al público, exhalando grandes bocanadas de humo que apenas permitían verle la cara.

Se disponía entonces a dar la estocada final a la jornada. Mientras el toro giraba describiendo curvas cada vez mayores, el diminuto coleador se aferró al rabo del torete que ofreció al público en medio de aplausos.

Mocho el toro, sangrando un poco, se hincó de rodillas con la lengua afuera y la esperanza perdida.

Confieso que fue una tarde de angustia; no quiero vivirla de nuevo. Creo que no la veré más nunca ¡Pobre animal! ¡Qué bestia es el hombre! No importa cuan pequeño sea. Cinco cintas le pegaron al héroe.

 

 

 

 

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