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Sin reacción ni entereza

Aterrorizado de la corrupción, la polarización y el cariz vandálico que tomaba la lucha por la reivindicación de derechos, un amigo me pedía consejo en qué país residenciarse – eso sí, cerca, me advirtió – para procurarle a su familia una vida más tranquila.

Hay muchas opciones, le respondí. Puedes aventurarte en Venezuela, Ecuador, Perú, inclusive la Argentina de los Kirchner, o el México de Amlo, le rematé ya con algo de sorna.

Cómo se te ocurre – me espetó – esa vecindad es un hervidero; si por aquí llueve, allá no escampa. Ni loco que estuviera, fue su conclusión, marchándose indignado.

Demos un paseo por el vecindario. Si sobrevivimos en Colombia, allá también, le grité en la lejanía. El casual intercambio me hizo reflexionar y caer en la cuenta que, Colombia incluida, toda la vecindad está sentada en un barril de pólvora cuya conflagración amenaza con arrasarlo todo. Nunca antes habíase visto tan convulsionado el vecindario y, lo peor, culpándose deliberadamente unos a otros sólo por el prurito de mimetizar sus propias responsabilidades. Es decir, cada país intenta escamotear su propia cruz acusando al país vecino, aun a riesgo de extender el incendio.

La crisis venezolana supera todos los cálculos. Movilizaciones sociales a diario. Muertos por centenares. Heridos por miles. Emigración por millares. Hambruna indescriptible. Infinita escasez de alimentos y otros productos básicos. Inflación desbordada. Gobierno déspota afincado en las fuerzas armadas (el poder tras bambalinas) y en los grupos civiles de resistencia bolivariana (léase, paramilitares). Por supuesto, la oposición, apoyados por una treintena de países, sostienen un gobierno paralelo, lo que genera más caos.

Ah, los responsables del caos venezolano, según el presidente Maduro y sus cómplices, son los gobiernos de los EEUU y, sobre todo, el de Colombia, colinchados para tumbarlo. Colofón: Venezuela, pese a ser un país riquísimo, está en ruinas.

Ecuador arde en llamas. El pueblo indígena ecuatoriano se reveló, y cuando se revela hay presidente en el suelo. Ya el polvo del derrocamiento lo han mordido, en los últimos lustros, 3 presidentes – Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad Witt y Lucio Gutiérrez. 

Y siempre, es la constante, el pretexto visible de la insurgencia indígena – generalizada luego al apoyarla otros sectores – es el deterioro de la economía. Mientras, hay combates en las calles, muertos, heridos, destrucción de bienes, incendios, toque de queda, parálisis, desaceleración de la economía…   

Hoy se repite la historia. Más de 20.000 indígenas movilizados lograron la derogatoria del decreto que suprimía o reducía los subsidios para los combustibles. La postura indígena fue tajante: no cedieron, prevalidos de la fuerza disuasiva de su unidad; bien saben los gobiernos qué les corre piernas arriba. Está sofocada la convulsión, pero ahí está latente. .

 Ah, los responsables de las tropelías, dice el oficialismo, “los gobiernos de Venezuela y Cuba, que patrocinan migrantes paramilitares para desestabilizar al régimen y, de paso, ayudar a su amigo, el ex presidente Correa, quien trata de derrocar al actual presidente, Lenin Moreno, para encarrilar el juicio penal en su contra.   

La convulsión peruana es distinta, pero convulsión al fin y al cabo. Es más una convulsión del país político y no del país nacional. El presidente Martín Vizcarra, para combatir la corrupción y consciente que el mayor foco de infección está allí, cierra el congreso y ordena adelantar las elecciones congresales. El congreso patalea, pero el pueblo apoya a Vizcarra, al igual que las Fuerzas Armadas.

Qué vaina el Perú. Los últimos 5 presidentes, enjuiciados, algunos condenados, acusados de corrupción, varios por el caso Odebrecht, verdadera multinacional de la corrupción: Toledo, García (auto eliminado), Humala y Kuczynski. Los antecedió en la ignominia Alberto Fujimori, aún preso.

Visite – le hubiese dicho al amigo aterrorizado – a Argentina e idolatre a la corrupta pareja presidencial de los Kirchner. O vaya más abajito, al Brasil, y pregunte en la cárcel por los ex presidentes Collor de Melo, Lula da Silva, Dilma Rousseff, Michel Temel. O suba bastante y visite a la México del Chapo Guzmán… tiene para darse gusto.

En medio de ese panorama sombrío, algo para rescatar. La corrupción se desmadra, pero las instituciones funcionan: reacciona el pueblo y derroca a presidentes. Se erguí la justicia y condena y destituye presidentes. Presidentes cierran congresos. Congresos destituyen presidentes.

Pero en Colombia, qué rabia, nada se mosquea, nada funciona. Razones de sobra ha existido para destituir o condenar presidentes. Pero nada. No hay capacidad de reacción ni entereza. La sin razón que polariza lo gobierna todo, quedando todo en el limbo, la corte en entredicho y los aforados, idolatrados y temidos. Y Colombia, burlada.

enfoquevallenato@gmail.com

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