¡Padre Santo, protege a tus hijos!

Sabía que allí estaría, pero no pudo evitar azararse al descubrirla. Era una noche de noviembre de brisa suave y fría bajo un cielo despejado y lleno de estrellas. Un corrientazo de calor lo invadió haciéndole sudar a cántaros. Fue cuestión de segundos, pero una eternidad para Manuel del Rosario que no se explicaba su repentino nerviosismo. 

A lo lejos la vio: enjuta, elegante, con ese aire de princesa que exhibe coqueta su belleza… la vio con ese caminar erguido y cimbreante, su figura encajada en un vestido gris oscuro de dos piezas, ceñida al torso la blusa de canastica, bien escotado para dejar claro que, así medianas, sus tetas eran sus tetas, y una falda larga, ajustadísima, adornada con arandelas desde la cintura hasta los tobillos, con sus zapatos negros de tacones altos… en belleza y distinción estaba a la altura de las estrellas 

Manuel del Rosario se negaba a darle crédito a las especulaciones lujuriosas de su mente loca, más clavadas en tanto mayor era su lucha por desterrar tan pecaminosos pensamientos. – ¿Será posible, será ella la causante de semejante torbellino? No tuvo valor para adentrarse en el salón. Simulando una urgencia, prefirió un buen rato el baño para luego furtivo tomar aire en la terraza. Y allá arriba, en la belleza de las estrellas, vio su figura retadora, sobreviniéndole una sucesión de recuerdos desde cuando apenas mozo ya la ansiaba a morir. 

– Si, me ha enloquecido siempre su coquetería, su altanería erótica, libertaria, fantasiosa. Para entonces era una joven desafiante de una sociedad mojigata que sometía a sus mujeres – a riesgo de provocarles frustración, neurosis y otros desequilibrios síquicos – al rigor de una castidad que chocaba con el hervor de su propio organismo. Maite era diferente. Era una artista a la manera del gran Picasso: “El arte y la sensualidad son una misma cosa”. Con qué frescura hacía lo que las otras no, doblegadas por el culillo: preferían rumiar y gemir a escondidas sus alborotamientos y mojamientos antes que desnudar sus liviandades sexuales. 

Maite no medía riesgos ni peligros acuciada por el gusanillo de la voluptuosidad. Por eso su estigma. Puta para muchos, así sin rodeos. – Eso ha mantenido en vilo mi corazón: me embelesaba su putería, pero me inhibía su desbordante putería. 

Obligado a integrarse a la fiesta y envalentonado por el alcohol, buscaba su mirada. Al filo de la media noche, una intrepidez: se sentó a su lado embriagándole su risa contagiosa y excitante. De pronto, ¡el destino tiene sus mañas!, una pinza de su cabello fue a dar al suelo; al agacharse a recogerla, Maite reposó una de sus tetas en su pierna. Instantánea e imperceptible, inclusive audaz, su pierna empezó a masajear su teta, lento, fuerte, circular, pa’abajopa’rribapa’los la’os, y ella… ella…sus ojos llameaban. ¡Padre Santo, protege a tu hijo! 

Sabía que allí lo encontraría, pero se sorprendió por sorprenderle su presencia. Y se sorprendió más – ¡quién lo creyera! – por la ráfaga de placer que recorriera y aposentara en sus entrañas. 

No pudo explicar qué le pasaba. Su desparpajo natural, aplaudido por su círculo socio-orgiástico, se le derrumbaba como un castillo de naipes cual principianta en los avatares del amor y de la vida. Algo le pasaba a Maite. Antes, su coquetería exhibiéndose de mesa en mesa dominaba la escena. Su elegante caminar, echao pa’lante, hacía las delicias de los presentes. Ahora, todo su garbo se le vino abajo al verlo allá en la puerta, erguido en sus 1,85 de estatura, su cabello escaso, todo vestido de blanco en contraste con sus ojos negros que taladraban el espacio en búsqueda de lo que no se le había perdido. 

“Ay, qué desasosiego… lo vi venir, arrogante, con ganas de llevarse el mundo con el pecho…porqué tanta turbación, yo, acostumbrada a ver hombres, altos, bajos, flacos, rechonchos, feos, bonitos, fofos, hercúleos, prominentes, mequetrefes, vestidos, en pelotas…; yo, acostumbrada a manipularlos, a hacerlos creer alfa, a ponerlos suplicantes…no, esto no me puede pasar a mi…” 

Abstraída, cuando quiso espabilar ya Manuel del Rosario se había perdido de su vista. Por más que su mirada recorriera disimuladamente una y otra vez el recinto, por más que sus ojos taladraran las paredes, Manuel del Rosario había desaparecido como por encanto… “…sin saludar siquiera, qué fiasco, qué descortesía y falta de glamour… Peor para él. No sabe lo que se pierde, el muy malparido…” 

De pronto lo vio venir. Inteligente, Maite se sentó en sitio estratégico donde sus miradas se entrecruzaran. – “Uy, qué desasosiego. ¿Le gustaré? Ya empezaba a dudar de sus encantos. 

Los años y el intenso trasegar de la vida, kilometrando hombres, deja sus huellas en marchitez; por muchos revitalizantes que se aplique, las arrugas se obstinan en mostrarse. – Los años tienen su misterio: con su devenir, abochorna la sudoración en todo el cuerpo menos ahí, en el arco toral, en el centro de mi universo, qué resequedad… 

En un parpadear, lo vio sentado a su lado. Su conversación – uy, la ternura de su mirada arrebatadora – le producía un vértigo de ensueño y le despabilaba ese resorte allá dentro, en su propio triángulo de las bermudas, esa zona misteriosa que solía brincar y alarmar con un instintivo movimiento sistólico capaz de engullir y derribar a cuantos priaspos se le atravesara en su camino. Los nervios la delataban con un incesante cruzar y descruzar de piernas. 

– “Cómo insinuármele…” con un movimiento coqueto e imperceptible de cabeza – nadie como ella en el arte del fingimiento – Maite dejó caer un gancho de su cabello; para recogerlo se dio sus mañas y su tiempo, apretando su teta izquierda en la pierna derecha de Manuel del Rosario: – Ay, Dios, qué masajeada, lenta, fuerte, circular, pa’abajopa’rribapa’los la’os… mis ojos…siento mis ojos llamear… ¡Padre Santo, protege a tu hija! 

CONTEXTO: 

Enfoque Vallenato abría sus páginas a los géneros literarios, iniciándose con este cuento a propósito de la emisión de la novela La Prepago. (Enfoque Vallenato, edición xxxxx, fecha yyyyyy). La sección fue un éxito durante el poco tiempo que permaneció, publicándose trabajos de varios autores – reconocidos unos, otros no tantos, lo que validaba la apertura de espacios para todas las expresiones culturales. 

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