MUERTE ALLENDE LA FRONTERA

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Napoleón de Armas Perpiñán

 ¡Jamás aceptaría morir lejos de mi tierra! ¡Jamás! ¡Ni de fundas! Esto lo repetía a cada momento Tomás Fernández, queriendo ser dueño de su vida.

– Quiero que todos mis paisanos vean construir mi ataúd, que observen mi palidez mortuoria, que me echen la última pala de tierra en el cementerio y que beban café y aguardiente en mis nueve noches. No me quiero perder ese jolgorio de chistes y comentarios, de sentimientos de pesar y de hipocresía. Quiero ver a mis hijos y a mi mujer juntos a mí, llorando el deceso y exaltando las virtudes que todo muerto tiene.

–  Que no falten los escandalosos y ridículos gritos relatando la última frase que dije o el último desayuno con ellos. Eso sí que no me lo quiero perder por nada en el mundo porque la vida es muy corta y ese momento no se vuelve a repetir. Prefiero que me pase otra cosa porque esa soledad no la soportaría. ¡Jamás! Además, ¿quién me rezaría?, ¿quién me haría las misas?, ¿quién avisaría por las emisoras? ¿Quién, quién? Nadie se daría cuenta; mis vecinos seguirían con el estéreo encendido y el baile de la caseta no se suspendería. No, no; es imposible que esto me vaya a pasar a mí, que nací y me crié aquí, que no hay niño que no me conozca ni chisme que yo no sepa. Yo que conozco a todas las cachonas y maricas del pueblo. No, no, de aquí ni a palos, aquí me muero. No es justo que yo que he asistido a 351 velorios con sus nueve noches, tenga que privar a mis paisanos de corresponderme ese día.

Así se expresaba Tomás Fernández, hombre descomplicado para vivir pero misterioso para morir. Nunca abandonaba su transistor de dos bandas, pegado siempre a sus largas orejas, para escuchar las noticias y avances de Radio Libertad sobre muertes de amigos, conocidos o desconocidos, y de familiares. Siempre averiguaba la causa de la muerte y cuáles las últimas palabras del difunto. Para él era motivo de orgullo conceder la primicia a todo el que encontraba en su camino.

Uno sabe donde nace pero no donde muere; eso le  preocupaba a TF quien quería desafiar esta sentencia ignorando que la vida es un camino lleno de espinas, espejos y contingencias. Estas, precisamente, lo llevaron a Maracaibo donde residía su hija Fanny. TF, convencido de su fortaleza vital, estaba seguro de que las vacaciones lejos de su terruño eran por un ratico y que pronto estaría acompañando de nuevo en los velorios de su pueblo.

Su vida en Maracaibo era tranquila; nada le faltaba y en nada se ocupaba, así que le sobraba tiempo para escuchar la inconfundible voz de Marcos Pérez por Radio Libertad. TF llevaba una libreta de apuntes de todos los muertos, como un libro de defunciones.  Para TF esto se convirtió en una verdadera obsesión y con entusiasmo fundamentaba su necrofilia; despedir al más allá a un amigo, a un familiar o a cualquier otro, era de vida o muerte para TF. ¡Esa cita no la puedo incumplir!, solía decir. ¡Primero me muero!¡Al coño con ellos, con los maracuchos!

Sin embargo, la muerte es como una orden de captura internacional; en cualquier momento se cumple, sin pedir documentos, sin dactiloscopia, sin informantes y sin que nadie vea los esbirros. Y siempre la condena es a cadena perpetua.

La  suerte de TF estaba echada. Ahora, su alma ha cruzado la frontera pero su cuerpo inerte está retenido, sometido a un proceso incierto de parágrafos, artículos y condiciones porque la justicia humana es más complicada y lenta que la divina; su cadáver se encuentra sub-júdice; sus nueve noches, tan sacralizadas por TF, han comenzado la cuenta regresiva.

Para superar tanta tramitología en el cruce de la frontera, el yerto y frío cuerpo de TF fue metido en una ligera y rústica urna colocada debajo del chasis de un camión y encima, un numeroso grupo de indígenas guayúus que, por su condición, estaban por encima de cualquier reglamentación fronteriza. Dos horas después, sin contratiempos, se divisaban dos banderas indicando que allí terminaba un país y comenzaba otro. Una línea imaginaria como la que separa la vida de la muerte. En las fronteras hasta los muertos se emocionan y esa parecía ser la sensación de TF. Al frente de este muro invisible esperaban algunos familiares que no sabían si reír o llorar. Maicao ya se sentía. ¡Colombia! ¡Colombia!, diría el alma del difunto que vigilante se encontraba como midiendo el tiempo.

Al otro lado de la frontera, que los vivos podían ver pero que a los muertos, excepto a TF, tienen sin cuidado, estaban los familiares que ya no aguantaban más y no entendían el porqué de la demora. También para Fanny y su esposo las posibilidades se agotaban; ninguna súplica, ninguna explicación y ningún argumento eran suficientes para convencer a la deshumanizada guardia que insistía en guardar los reglamentos.

Fanny, sin embargo, sabía que la frontera es tierra de nadie, que hay rebuscadores de toda clase, hay guías de trochas,  truhanes de cualquier calaña, coteros de mercancías; en medio de su dolor, la solución se le insinuaba. Los coteros son hombres inescrupulosos que le venden la vida al diablo para ligar un billete y están atentos a lo que suceda. Ellos vieron la trama, en silencio escuchaban y solo esperaban el momento final para negociar.

La angustia de Fanny y el dolor que creía ocultar no le permitían lucir normal. Además, el olor a formol, más penetrante que el de la gasolina, no era común en una carretera. La caleta era perfecta pero la mercancía no daba para esconder mucho tiempo, las señales de descomposición eran perceptibles.

– Chico – dijo el guardia mirando fijamente al esposo de Fanny – aquí huele a ‘quemao’. Tengo que revisar el carro. ¿Qué verga llevas ahí?

Fanny enmudeció mostrando su pálido rostro; sus glúteos se apretaban porque la cagada era inminente: Su esposo comprendió y la sentó en sus piernas para que controlara el esfínter anal.

–   ¡No me has contestado, chico! ¿Qué coño llevan ahí?- insistió el guardia. ¿Acaso este carro trabaja con formol?

–  Eese…, ese es mi papá que lo llevo muerto.

–  ¿Qué quée? – inquirió el guardia muy extrañado. ¿Dónde están los papeles?

– ¿Cuáles papeles? respondió Fanny, tratando de digerir un poco la pregunta. Que vaina – prosiguió Fanny – cuando estaba vivo lo querían sacar del país porque no tenía papeles; ahora que está muerto no lo dejan salir por los mismos papeles. ¿Qué es esto, Dios mío?

El tiempo corría contra TF, cuya velación con los suyos se ponía en riesgos; mientras tanto, el desespero cundía en Fanny que deseaba cumplir con el más sentido deseo de su padre. Para los vivos primero son los papeles y después los muertos. Así las cosas, TF sería el muerto más frustrado del mundo porque perder la libertad después de la muerte es inconcebible.

Sin pérdida de tiempo, Fanny y su esposo, en medio del desespero, sin soluciones legales a la mano, acudieron al sentido común: robarse el difunto y cruzar la frontera, tal como había entrado. Furtivos y nerviosos como estaban, fingieron unas exequias en Paraguachón, línea fronteriza y donde se podrían establecer otras estrategias si el cruce de la raya no era posible legalmente.

El camino a Paraguachón estaba sobre diseñado; un largo trasegar los esperaba. Sorpresas habrían muchas: atracos alevosos, despeñaderos súbitos, culebras todas. Pero por la plata baila el perro. La noche estaba oscura y solo el centelleo  sobre el Catatumbo ofrecía una estela al camino que los coteros conocían palmo a palmo en todas sus variantes. Ellos decían que perro no come perro.

El sigilo era total. A las 7PM cuatro inescrupulosos mercaderes de la noche, machete en mano, pistola al cinto y mangas a la rodilla, iniciaron el fúnebre peregrinaje con su misteriosa valija rumbo a la frontera por la trocha del diablo; el calor era intenso y la carga cada vez más pesada. Una hora de viaje había trascurrido y el cansancio comenzaba a sentirse; una dosis de aguardiente se hacía imprescindible; la noche se tornaba azabache, la incertidumbre se sentía, los ruidos nocturnos rimaban con la bruma, el peligro acechaba.

.¡Calma primo, calma! -exclamó uno de los coteros. Algo presiento; soy un hombre a prueba de asaltos. Tenía razón. Justo casi en la frontera, donde ya se divisaban los mojones, cinco forajidos gritaron: ¡Quietos, es un atraco! Se mostraron, fusil en mano y agregaron: ¡Entreguen el matute! ¡Abran esa verga! Por segundos imperó el silencio. Los intimidadores y desesperantes gritos se esparcieron por toda la serranía; el eco se reproducía ininterrumpidamente entre faldas y milenarios árboles ¡abraaan, abraaaannn! El ataúd estaba firmemente clavado; solo la puerta sin vidrio que cubría el rostro del difunto podía abrirse. Intrépido, el asaltante salió a profanar el botín esperado. ¡Qué va! sorpresas te da la vida; el pálido y frío rostro de TF, de frente a su victimario, lo dejó estupefacto. El sacrílego dio un salto olímpico, cayendo desmayado con una infernal fiebre. Le acababa de salir un muerto.

– ¡Para que respeten! Con los muertos no se juega –decían los coteros fingiendo valor.

Ahora el cuerpo de TF estaba de regreso a su patria, muy cerca de su terruño y reunido con los familiares que lo esperaban en la frontera, pero ya era tarde para festejar su velorio. A TF la vida lo traicionó tanto que no le dejó disfrutar la muerte. Radio Libertad no transmitió a tiempo su deceso  y como castigo, bajó su audiencia. Q.E.P.D.

*Editado

 

 

 

 

 

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