Mi viejo Valledupar, si te volviera a ver

Por: Carlos Luis Liñán

carlolitres@gmail.com

Nací en 1763 y me estoy cayendo a pedazos. Mis tejas, las pocas que me quedan, han perdido el color rojizo que se enseñoreaba sobre el cielo azul. Mis paredes, antes blancas, están manchadas por el paso de los años y la indiferencia de los hombres. Mis puertas, imponentes en algún momento perdido en el tiempo, están a merced del comején y la podredumbre.

Sí. Sacaste bien la cuenta. Tengo 256 años y aquí me tratan como ‘vieja’. En Europa no lo sería tanto. En Europa debería tener quinientos, ochocientos o mil años para que me consideraran anciana. Entonces llegarían personas especializadas en cuidarme, vendrían visitantes de todo el mundo mientras alguien les explica que entre mis cuatro paredes una vez vivió el primer médico del lugar, un santo, un escritor o la amante de algún rey.

Siento vergüenza al verme mugrienta, mohosa y en ruinas; dolor porque he perdido el esplendor que alguna vez tuve, cuando personas iban y venían por mis largos corredores y cuando por las tardes, al caer el sol, junto al umbral de mi puerta dialogaban los vecinos sentados en taburetes. Ya no escucho las noticias por las mañanas ni la risa de los niños por las tardes ni el canto de los canarios al mediodía. El árbol del patio está secándose y la ardilla que retozaba por sus ramas un día cualquiera desapareció. Ya nadie elogia mis pisos ni los muebles traídos de París o de Mompóx ni los grandes espejos que adornaban la sala. Hace tiempo en mi interior no suenan acordeones. Ya en mis habitaciones no se refugian grandes personalidades y tampoco se cantan los versos del pilón.

Me tacharon de vieja y me han abandonado a mi suerte. Me han condenado al olvido y a una muerte lenta, desconociendo que muriendo yo, muere una parte importante de la historia.

Estoy seguro que, si las casas del Viejo Valledupar – que hace parte de los 45 centros históricos del país y se encuentra en el ranking de los 10 más antiguos – tuvieran voz y pudieran quejarse, este discurso se repetiría por cada casa y en cada esquina.

Hoy más de 60 edificaciones de los siglos XVII y XVIII amenazan ruina. La Plaza Alfonso López ha sido modificada en varias oportunidades, siguiendo, la mayoría de las veces, los caprichos de los gobernantes de turno que han visto en estas intervenciones la oportunidad de eternizar su recuerdo en los anaqueles de la historia local. El tema de la preservación del patrimonio histórico urbanístico no hace parte de la agenda política de la ciudad.

Desde la segunda mitad del siglo XX, en Latinoamérica se han venido haciendo avances importantes en la voluntad de proteger estos lugares, que poseen cierta singularidad y riqueza, los cuales se han visto reflejados en la declaración de bienes de interés cultural de la humanidad que se realizó sobre los núcleos fundacionales de ciudades como Quito (1978), Cartagena de Indias (1984), Ciudad de México (1987) y Lima (1991).

En Valledupar la voluntad ha sido poca, flojita, casi nula tanto por parte del gobierno como por parte de los propietarios de estos bienes inmuebles.

Es más, Valledupar ofrece una amplia gama de posibilidades al turista: ecología, naturaleza y cultura, pero esta diversidad no ha sido aprovechada de la mejor manera. En la actualidad, el turismo solo es notable durante los días en que se celebra el Festival de la Leyenda Vallenata. La ciudad está sumida en un vallenato-centrismo, que es a la vez fortaleza y debilidad ya que ha impulsado el desarrollo de la región, pero ha opacado cualquier otra manifestación artística. Y si hablamos del Centro Histórico, del Plan Especial de Manejo y Protección poco se sabe.

La plaza Alfonso López, que en otro tiempo fue el corazón de la ciudad y que continúa siéndolo del casco histórico, ha sido el único sitio intervenido. En varias ocasiones su aspecto ha sido modificado, algunas veces a escondidas de sus vecinos, como la demolición de la primigenia tarima, ocurrida el 18 de enero de 1987 a las cinco de la mañana, para evitar que muchos opositores se percataran del hecho. Después, a principios de la década de los 90, la carrera quinta, entre calles 15 y 16, fue sellada y convertida en parte de la plaza, esta nueva intervención se hizo pensando en la celebración del Festival Vallenato y sin valorar otros parámetros o políticas de preservación urbanística.

En la historia más reciente, entre abril y mayo de 2018, el alcalde de Valledupar, Augusto Daniel Ramírez Uhía, convocó a una reunión con los habitantes del casco histórico para socializar un proyecto ambicioso: la remodelación de la Plaza Alfonso López valorada en $8.326.757.897.

Algunos sectores se quejaron ante los medios de comunicación, pues creyeron asistir a la socialización del anteproyecto arquitectónico y urbanístico como oportunidad de compartir puntos de vista o debatir ideas y no a la publicación, en vivo y en directo, del inicio de la construcción de un diseño ya entregado por la Universidad Nacional, sin contar todavía con la resolución del Ministerio de Cultura, y la concebida licencia de demolición y construcción de la Curaduría urbana. La decisión estaba tomada, como en ocasiones anteriores

El alcalde Ramírez Uhía ha sido enfático al afirmar que el proyecto busca mejorar las condiciones de disfrute y permanencia de los habitantes del Centro Histórico, y dar un mejor aprovechamiento de la plaza con la promoción de actividades culturales que fortalezcan el turismo en este lugar, especialmente ahora con el alboroto de la economía naranja que consiste en potenciar las actividades culturales como fuente de desarrollo económico.

La obra está próxima a entregarse. Los vallenatos, especialmente aquellos que amamos al Viejo Valledupar, esperamos que la renovación de la Plaza Alfonso López estimule los procesos de recuperación del casco histórico. Si esta dinamización no se logra, la cara de la nueva plaza será como guardar el vino nuevo en los odres viejos que al final terminan rompiéndose.

Solo despertando la conciencia podremos lograr la sinergia, el trabajo y la unión de todos los actores e interesados alrededor de un mismo fin, pero esta tarea pertenece a la sociedad civil, casi que exclusivamente, porque cuando los políticos y los medios de comunicación se enteran que el tema le interesa a la gente, entonces se ocupan.