Los funerales del papá grande

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Rodrigo Zalabata Vega

Nuestro gran escritor Gabriel García Márquez nos reveló la clarividencia que se logra cuando el plano de la realidad es tomado por la imaginación. Se trata de esa facultad de desvelar como tangibles aquellas cosas del espíritu que no sabíamos existentes en nuestro ser. Crea un mundo en el que el tiempo va de un lugar a otro para ablandar el gesto monótono de lo cotidiano y hacer todo creíble: se ve pasar a alguien volando en una alfombra; los objetos cobran vida; surge un enjambre de mariposas amarillas de su propia belleza, narrado aquello con tal naturalidad que no nos deja ver el truco que sale de las manos del mago.

El mundo literario, al tratar de comprender la realidad contenida en la obra, la denominó realismo mágico, pero el mismo autor al dar cuenta sin definirla la narró más visible: “Se trata de un vallenato de 360 páginas”.

Como brotado de aquellas páginas memorables, vimos en este tiempo pasar afanoso a un personaje encarnado en la magia de sus propios artificios. Al igual que el Melquiades de la ficción, quien visitaba el mundo reciente de Macondo y convencía a sus crédulos habitantes de que podía restablecerse la juventud perdida si se contaba con el nuevo invento de una caja de dientes, el nuestro lograba, como un faro de puerto, iluminar la aburrida estancia de los pueblos con el acto simple de sonreírles. Y en verdad sonreía intermitente, igual que ellos, alguna vez sin contar con los dientes para hacer digna la pobreza, después incrustando sus dientes de diamantes para hacerles sentir que podía por derecho propio apropiarse de la felicidad.

Su nombre se escuchó por primera vez en los aires vallenatos en 1975, en la voz del gran Rafael Orozco, quien además de grabarle la primera canción lo bautizaba en la idiosincrasia del folklore como “El

Cacique de La Junta”. La canción Cariñito de mi vida resonó tanto como el compositor que nacía de las entrañas de su propia creación. Se hacía evidente que había una magia por descubrir en aquel nombre: Diomedes Díaz.

Se trataba en la mitología griega de un gran guerrero que se hizo héroe en la guerra de Troya. Pero además se hacía acompañar de un segundo nombre: Dionisio, dios del vino; liberador de la locura mística en el centro del éxtasis que producía el aulós, instrumento musical de viento. Demasiada coincidencia con el acordeón, abrazado al delirio de su ejecutante, cuya magia hace ver al instrumento como sonreído, en medio del ritual que significa una parranda vallenata.

Al año siguiente se hacía visible como cantautor y recibía la “Herencia Musical” de los grandes de esta música que seguían errantes por los caminos de la juglaría.

Eran los años 70, el tiempo de una nación enfrascada en una guerra campesina devenida de su misma constitución. La sociedad colombiana, tejida de manera artesanal de las costumbres de antaño, fue asaltada en su buena fe por las fuerzas oscuras del narcotráfico, lo que nos empujó prematuros al espejismo del consumo del éxtasis de la vida moderna. Entonces fue como si se hiciera la luz y nuestra vida se volvió electrodoméstica.

Algunos años atrás, dando el paso del campo a la ciudad, siendo apenas un niño, aquel cantor campesino iba entusiasmado a la celebración de la fiesta religiosa de la Virgen del Carmen – la advocación a la que inclinó su devoción. Su alma intacta escuchó en la misa decir al padre “Dios a todos nos tiene en cuenta”, pero sus sueños infantiles no le alcanzaron para pagar la entrada a la K-Z en la noche. De puertas para afuera pensaría en lo bonito de un baile en el que pudiéramos entrar todos, sin tener que darle la vuelta a la vida.

Los cálculos sociales más optimistas dirían que aquel niño mestizo, díscolo para el estudio, sería con el tiempo un excelente capataz en las haciendas del asentamiento español en el pueblo de La Junta. Diomedes, que con licencia folklórica había sido nombrado cacique de esas tierras, ni siquiera había nacido allí, sino en Carrizal, un reservorio de esclavos en la época de la Colonia.

Aquel niño poseía una magia para el canto y la composición, con una voz que al tiempo cantaba y hablaba, y una presencia escénica que le permitía protagonizar la letra de las canciones. Su canto venía poseído por fuerzas esenciales. No era el artista usual que se presenta magistral ante las gentes. Era el embrujo de ‘El Cacique’ que hacía sentir que brotaba de las propias entrañas de su pueblo. Quizá llevó siempre en su corazón aquel día en que le tocó quedarse en la puerta, y deseó que quien lo escuchara, así no pudiera verlo, restableciera la felicidad perdida de no poder entrar a la fiesta.

Diomedes compuso alrededor de 100 canciones y grabó más de 36 discos. Sus canciones siempre estaban escritas con la mejor corrección ética, lo que causó que sus seguidores despertaran un sentimiento de fraternidad al seguir sus consejos como los de un papá grande.

Sus motivos de inspiración abarcaron lo impensado, como su primera cana, pero resaltaba su familia, la amistad, el amor siempre renovado, el paisaje, la reflexión de la vida, su inclinación a Dios, la imagen protectora de la Virgen del Carmen, y la familia que prohijó a su nombre confraternizado con sus seguidores.

La clarividencia de su imaginación le permitió, al igual que algunos personajes del mundo de Macondo, adivinar el gran suceso de su muerte. En una simpática entrevista con el célebre cronista Ernesto McCausland, daba a entender, en medio de apuntes graciosos, su propio funeral como una manifestación popular que más allá de él haría parte de su ser inmortal.

Una vez sucedió, en forma prematura, las autoridades dispusieron tres días de duelo. Sus seguidores, asistiendo ahora al des–concierto, pasaron ante su imagen buscando la manera de enterrar el cuerpo del padre que no ha muerto. Porque de hecho el Diomedes que vive en sus canciones se queda parrandeando entre nosotros, con las virtudes y pecados con que hemos levantado esta Colombia moderna.

En la puerta del cielo, Dios, que no cobra la entrada pero sí pide cuentas y pone penitencias, recibiría aquel niño cabizbajo de la mano de la Virgen del Carmen por las travesuras que hizo al crecer en la tierra. En su infinita bondad, con una sonrisa condescendiente, tentado de probar alguno de los mejores placeres de los seres que crea, con un pedazo de maná (una especie sublime de panela) en la mano le diría: “¡Ey!, niño… ¿quieres entrar?… cántame… mi muchacho”.

*Editado

rodrigozalabata@gmail.com; rzalabatav@dian.gov.co

 

 

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