«La loca de la casa», un libro a la libertad femenina

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Hace algunos años, en una clase de geopolítica, el profesor me dijo: ‘Lo mejor que ha escrito Rosa Montero es ‘La Loca de la Casa’, y tenía razón. La primera vez que leí La Loca de la Casa estaba en pleno desamor, por lo que la primera página del libro me atrapó por completo y retumbó en mi mente
Hablar de libertad femenina podría haber sido motivo de golpes en los 50s / Foto: Agencias
Por Daniela Minorta

Hace algunos años, en una clase de geopolítica, el profesor me dijo: ‘Lo mejor que ha escrito Rosa Montero es ‘La Loca de la Casa’, y tenía razón.

La primera vez que leí La Loca de la Casa estaba en pleno desamor, por lo que la primera página del libro me atrapó por completo y retumbó en mi mente: «Me he acostumbrado a ordenar los recuerdos de mi vida con un cómputo de novios y de libros »,  su franqueza para expresar la pasión del amor, aventuras de una noche como la que vivió con un actor de Hollywood 10 años mayor que ella, reconocer los errores y que el tiempo pasa factura porque a veces las travesuras de jóvenes trascienden al corazón y con el tiempo los recuerdos cobran un peso en la memoria, son temas cruciales en este libro.

Durante la lectura lloré, sonreí y hasta reí de picardía, pues Rosa cuenta parte de su propia vida en este libro con el cual me sentí identificada.

Las mujeres somos intensas. Además del mundo exterior, tenemos un submundo en el que en muchos casos esperamos que nos adivinen. Y es allí donde calan muchos de nuestros dramas.

En una especie de autobiografía, Rosa describe sus amoríos sin pena ni gloria, propio de la mujer libre e independiente: «Soy una persona enamoradiza y he tenido unas cuantas vivencias disparatadas… todo empezó hace muchos años cuando yo tenía 23… y eran unos tiempos felices y fáciles, unos tiempos sin sida, promiscuos y carnales». Otro aspecto que me encantó del libro: atrevernos a decir lo que exactamente sentimos. Porque las mujeres, que venimos de luchar por nuestros derechos y por nuestra igualdad en cuanto a posición y funciones en la sociedad, guardamos parte de ese daño generacional y patriarcal de negar lo que sentimos, lo que queremos. Un ejemplo de ello es no admitir nuestros deseos sexuales.

Así que La Loca de la Casa es un buen comienzo para reírnos entre nosotras, sabiendo que lo que allí está escrito, tú, yo, nosotras, lo hemos vivido. Al menos una vez.

Considerado por intelectuales como la mejor obra de Rosa Montero / Foto: Agencias

«El tiempo todo lo tritura, todo lo deforma, y todo lo borra…» Una frase demoledora y cierta, porque justo eso me pasó. En una segunda lectura a La Loca, me perdí entre el tema de las escritoras, que es el segundo elemento del libro y el motivo inicial de Rosa, para escribirlo.

Este segundo encuentro me hizo revivir otro episodio con un profesor de la universidad que me habría dicho: «Si un libro es bueno, lo leerás varias veces, y encontrarás algo diferente». Y sí, también tenía razón.

Mi segunda visita al libro me centró en la labor de la escritora. Hasta los más grandes escritores del mundo han conocido la miseria, la montaña solitaria del ego y la desgracia de que nadie te lea. Porque de eso trata la escritura: de que otros sepan quiénes somos. Indistintamente de tu labor profesional, anhelamos reconocimiento.

Si me preguntan ¿Por qué esta vez no vi el des-amor? Es simple: no tenía el corazón herido y mi labor reciente de periodista para un medio impreso me conectó con esta otra parte del libro que había dejado en segundo plano.

Me detengo entonces en el caso del gran Goethe, autor de Fausto y otras obras, quien empecinado en llevar una vida de príncipe (el ego lo llevó a la montaña de la soledad) terminó por arruinar su carrera de escritor, Goethe lo describe en su libro autobiográfico poesía y verdad, escrito durante 20 años citado por Rosa; pues su vida giró en torno a ese capricho de rey. Cuenta, detalladamente, su travesía para formar parte de los duques de Weimar: «un caballero que se había quedado rezagado en Karlsruhe esperaba un landó construido en Estrasburgo, iba a llegar a Francfort en una fecha determinada. Yo debería estar preparado para partir inmediatamente con él a Weimar. La despedida alegre y favorable que recibí de aquellos jóvenes señores y el amistoso comportamiento de la gente de la corte me hicieron muy deseable aquel viaje cuyo camino se me estaba allanando tan agradablemente… Sin olvidar mis textos inéditos, quedé a la espera de la hora que iba a traerme a aquel amigo imaginario en su nuevo coche para llevarme hacia una nueva región y nuevas relaciones. »

Goethe había recibido la invitación de su vida, formar parte de un cortejo real, sin embargo los Weimar tardaron más días a la fecha acordada de buscarlo (fueron impuntuales y hasta su papá con indirectas le decía que se habían burlado de él). Este sueño significaba mucho para él pero, desde ese momento amenazaba a su creatividad  como él mismo lo dijo:

«Todo esto empezó a inquietarme de tal modo que el atractivo de mi tragedia personal empezó a disminuir y mi fuerza creativa en el ámbito poético amenazó con quedar superada por la impaciencia.»  A la final logró irse a Weimar, pero con los años volvió a decir en sus cartas citadas por Rosa: «no tengo otra cosa que decirte de mí sino que me sacrifico a mi profesión» y generalmente la avaricia no inspira como lo hacen el amor y el desamor.

Cuando se cumplió el centenario de Goethe (1932) la revista Occidente preparó un número que al mismo tiempo fue publicado en un diario de Berlín llamado Die neue Rundschau donde hacen la invitación de ver a Wolfang desde adentro: «Weimar le separó cómodamente del mundo pero, como consecuencia, le separó de sí mismo. Buscaba tanto Goethe su destino, le era tan poco claro, porque al buscarlo estaba ya de antemano resuelto a huir de él. » Ortega y Gasset, filósofo español,  se refirió a Goethe como a un “náufrago” porque a su juicio, su talento pudo explotarse más sino se hubiera ido con los duques.

Otro caso impactante fue el de Truman Capote autor de A sangre fría (recuerdo haberme quedado pasmada por lo perfectamente escrito y por los detalles de los criminales, los conoció muy bien) y que en una labor claramente periodística, hizo contacto con Dick y Perry, los asesinos de la familia de granjeros. Capote logró con ese relato sacudir el mundo, pero se perdió en su afán vanidoso de crear la obra perfecta para meter en su bolsillo a los críticos literarios. Se hizo alcohólico y después de A sangre fría sus escritos no tuvieron el mismo impacto.

A esto último quiero referirme. Cuando escribes una obra exitosa, la vanidad toca tu puerta muchas veces, y dejarla entrar puede ser tu cita con el infierno. Lo mejor es aceptar y entender que no a todos puede y debe gustarle lo que escribas. Creo que, en ocasiones, sufrir un desamor puede ser el mejor detonante para la escritura más viva.

Otro hecho que me hizo identificarme con Rosa Montero fue su confesión ante lo que podríamos llamar «el mal de los escritores», porque a veces sucede que en tu mente creas frases, historias que consideras maravillosas, pero estabas lejos de papel y lápiz, y ¡zas! la idea se evapora. Y duele.

Diría que La loca de la casa también hace un llamado al escape espiritual. Para escribir y hacer contacto con los lectores, hay que salir de nuestro cuerpo, escapar de nosotros para vernos desde fuera.

Ver nuestras propias vidas sirve para registrar el dolor propio y ajeno como hilo comunicante. Por eso quienes escribimos no somos afectados de la misma manera por la soledad de una cuarentena. Pero al escapar de ese cuerpo y vernos inmersos en la soledad eterna y mortal, entendemos que sin el otro no somos verdaderos yo, porque la sociedad se construye de muchos tú y yo.

 

 

 

 

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