Entre humanos

0
107

Estamos inmersos en el tiempo y el espacio. Sí, y aunque suene arrogante y soberbio, somos tal vez los únicos seres históricos del universo – hasta que descubramos inteligencia como la nuestra en algún otro lugar del Cosmos.

Poseemos la posibilidad de inventar nuestra vida, al menos en parte, a través de la capacidad de cuestionarnos y esa fuerza poderosa que surge al conjugar nuestras facultades espirituales: libertad, responsabilidad, fuerza de voluntad y conciencia moral.

Todo esto nos convierte en una paradoja. Conjugamos la miseria y la grandeza en nuestro ser, somos capaces de realizar el mayor de los bienes, pero también el peor de los males, sabemos que podemos elegir entre muchas opciones y dirigir nuestra vida, pero también sabemos que, tarde o temprano, queramos o no, vamos a dejar de existir, aunque no le gastemos mucha mente a la muerte. ¿Para qué pensar en la muerte cuando la vida es bella?

Para la filosofía, la muerte es el punto de partida para una reflexión seria. No es casualidad que las clases de lógica inicien con el silogismo:

todos los hombres son mortales,

Sócrates es hombre,

entonces, Sócrates es mortal.

A veces pienso que el mundo sería tan distinto si cada uno de nosotros tuviera la conciencia de lo corta y lo frágil que es la vida: seguramente habría menos imprudencias en la calle y más manifestaciones de amor y respeto.

Es más ventajoso estar vivos que muertos. Sí, es obvio que los vivos podemos realizar algo que los muertos no pueden: podemos vivir. Tal vez suene tonto, pero no me refiero a cualquier tipo o manera de vida. En su famoso libro Ética para Amador, Fernando Savater escribió: “Hay muchos modos de vida, pero hay modos que no permiten vivir”. Se refiere – y me refiero – no a una vida biológica, esa de nacer, crecer, reproducirse y morir, sino a una vida moral, a vivir como seres humanos que humanizan.

Vivir como seres humanos es vivir entre seres humanos, y esto supone compartir un destino común, esto exige superar la indiferencia que nos hace pensar que todo está bien porque no me sucede a mí: el aborto está bien porque no es mi hermana quien tiene que abortar, la eutanasia está bien porque no es mi abuelo a quien debo desconectar, la prostitución está bien porque no es mi hija quien debe explotar su sexualidad para poder sobrevivir…mientras no me pase a mí, todo está bien.

Vivir entre seres humanos exige comprender que nos necesitamos mutuamente. Séneca escribió: “Cada mañana, al despertar, recuerda que durante el día te encontrarás con un mentiroso, con un estafador, con un homicida, con un adúltero…recuerda que tienes dos opciones: tratarlo según sus errores o tratarlo según lo que realmente son: seres humanos. Recuerda, necesitamos a los otros seres humanos tanto como la mandíbula de arriba necesita a la de abajo”.

Es una constante en todas las antiguas religiones el principio de la caridad, la compasión y el respeto del otro, de allí que encontremos diseminada en todas las antiguas culturas la regla de oro moral: “Trata al otro como quieres que te traten a ti”, “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan” o “Ama al prójimo como a ti mismo”.

Cuando la Constitución de 1991 fue socializada a las distintas etnias que habitan el país, ellas no entendían el porqué del artículo 12, que reza: “Nadie será sometido a desaparición forzada, a torturas ni a tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”. Era ilógica la necesidad de escribir algo que debía estar inscrito en el corazón del hombre. Los Wayuu, para muchos el símbolo de la guerra y el coraje, tradujeron este artículo así:

“Pedazo 10, 2: Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni podrá hacerle mal en su persona, aunque piensen y digan diferente”.

Qué distinta sería nuestra historia si creyéramos esto realmente.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here