El ‘pacto ético’ y las escuelas de paz

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Eran explicables los brincos, locos de contento, de la comunidad cesarense ante la iniciativa de ‘civilizar’ la contienda política en curso, pues en su retina aún están frescas las refriegas políticas de los últimos procesos electorales.

Aún recordar y revivir tantas acciones vergonzosas pone los pelos de punta. Pasquines, calumnias, injurias, verdulerías, chabacanismo, amenazas, inclusive agresiones físicas, fruto de las pasiones y el fanatismo que engendra la política, eran el pan nuestro de todos los días.

En esa desinteligencia, los mismos candidatos exacerbaban los ánimos, llegándose a la creación de un ánimo colectivo pendenciero que perturbaba por siempre la tranquilidad ciudadana. Otras muchas veces el fuego vituperante era vomitado a granel y por doquier por los equipos acompañantes de campaña, lo que por supuesto no excluía la responsabilidad de los candidatos por presumirse que prohijaban tales agresiones.

En ese marco histórico de ofensiva locuacidad era previsible y necesario un freno a la ‘violencia democrática’; nadie mejor para impulsarlo que la Diócesis de Valledupar, a su cabeza monseñor Oscar José Vélez Isaza, convocante de los candidatos a la alcaldía de Valledupar y gobernación del Cesar para suscribir un ‘Pacto Ético’ que entrañaba el compromiso individual de un comportamiento decente, antes y después de la contienda electoral.

Sin duda, la intención del ‘Pacto Ético’ era y es encomiable; inclusive, ha de persistirse en su concreción como un valioso aporte en la necesidad de ‘desarmar los espíritus’ en la población civil, en la familia, en los colegios, en las empresas, y más ahora cuando los mismos guerreristas dialogan para dejar a un lado la guerra verbal y armada.

Eso no es tarea de un día, claro está, y menos en una sociedad ya colonizada por más de 50 años con la cultura de la guerra. Es cándido pretender la desconstrucción de paradigmas violentos con un simple plumazo; ese acumulado de violencia, para extirparse y aposentar ahí nuevos y opuestos paradigmas, exige un proceso sostenido de sensibilización y pedagogía.

Pero vale la intención. Y vale persistir en la iniciativa, entendiéndola no circunscrita exclusivamente al manejo del lenguaje, así esta variable incendiaria tenga su peso específico. El pacto ético no ha de ser solo la decencia del lenguaje, sino y sobre todo la decencia en el comportamiento gubernamental y en la protección de lo público.

Desde luego, los pactos éticos no pueden significar el silencio o la contemporización ante la corrupción, las desigualdades, las injusticias, las exclusiones, ¡ni más faltaba!, comportamientos depredadores de las sociedades y la institucionalidad. Esas tropelías hay que denunciarlas con voz altisonantes, pero tramitadas con un lenguaje no procaz pensando siempre en el tejido social. Lo cortés no quita lo valiente y la decencia no riñe con la controversia, el debate y las denuncias públicas, además un deber ciudadano.
Por coincidencia en el tiempo, o mejor, en la necesidad social, el Pacto Ético acaece simultáneamente con la Escuela Vallenata de Paz, ejercicio innovador en buena hora auspiciado por la alcaldía de Valledupar.

La Escuela Vallenata de Paz es el estadio didáctico para formar gestores de paz, esto es, personas que multipliquen la prédica y la práctica para facilitar el post conflicto y alcanzar un clima de fraternidad en nuestro territorio.

Es claro que el Pacto Ético y la misma Escuela de Paz son apenas el comienzo de un proceso de ‘civilización’, proceso que sin duda tendrá sus altibajos, apenas natural. Como el camino es culebrero, se impone la tarea de concitar y aunar fuerzas: alcaldía + iglesias + medios de comunicación + instituciones educativas + empresas y gremios + sindicatos, para entre todos, perfecta e inteligentemente articulados, definir estrategias con un mismo norte: aclimatar la paz sobre todo entre la población civil. Si se siembra la semilla, ha de cuidarse el cultivo: hay que regar, abonar y limpiar la tierra con asiduidad.

El ejercicio bien vale la pena. Y no es costoso, cualquiera sea la suma invertida; lo costoso es seguir agrediéndonos, es la fractura del tejido social, obstáculo para el desarrollo de los pueblos. Para aclimatar la paz – algo más allá de la simple dejación de armas – se necesita inversión social, obras que paliar tantas necesidades básicas insatisfechas, y de la más importante la inversión en la educación, y fundamentalmente la educación por la paz.

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