El ingeniero Emilio Araos y su entorno: Elegía ante su reciente muerte

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Era la década del 40. El alcalde de Valledupar,ante el grado de dos bachilleres vallenatos en el Liceo Celedón de Santa Marta, decretó dos días cívicos, uno por cada galardonado, con el objetivo de incentivar en la mente de los jóvenesel estudio.

Futurible que vino a tener ocurrencia en 1957, cuando el Colegio Nacional Loperena graduó bachilleres por primera vez, nueve en total. Época en la cual ebulló la expectativa por saber quién ocuparía el primer puesto. En la palestra competían, en idónea y cabal alternancia. José Enrique Mindiola Montero y Emilio Araos Solano. Las directivas colegiales, mientras los pronósticos subían y bajaban, resolvieron mantener en secreto el resultado para revelarlo en la noche de la graduación. Llegado el momento, el rector Jorge Pérez Álvarez rasgó en público el sobre lacado y develó el nombre de José Enrique Mindiola. 

El recién inaugurado teatro San Jorge, lujoso y repleto al extremo, se estremeció cuando don Emilio Araos (Padre) y su antagonista don Néstor Augusto Mindiola, se abrazaron al escuchar el veredicto. En el paraninfo, la orquesta de Pacho Galán, la más famosa de la época, traída para el evento, insinuaba en tono bajo el tradicional valse ‘Ensueños del Magdalena’, seguido en pocos instantes por los acordes del Himno Nacional. Sobre el entarimado, de pie, se destacaban el Ministro de Educación, Abel Naranjo Villegas; el gobernador del Magdalena, Luis Millán Vargas;el alcalde de la ciudad, Jorge Dangond Daza; el rector Pérez y unos más, que observaban la escena inicial. Afuera la ciudad avivaba la fiesta académica sin entender qué ocurría al interior.

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Concluida la ceremonia, un baile de gala ocurriría en honor a los graduados en el desaparecido hotel del turismo, recién construido y muy de moda para aquel entonces.Aunque Mindiola superó por escasas décimas a Araos, éste último, por razones alfabéticas, fue el primero en recibir el diploma de manos del gobernador Millán.

El colegio Loperena se galardonaba así y de qué modo, cuando cinco de los nueve egresados: José Enrique Mindiola Montero, Efraín Córdoba Castilla, José Manuel Martínez Quiroz, Luis Pimienta Cotes y Emilio Araos Solano, ingresaron por concurso a la Universidad Nacional de Colombia, entidad que regenta la excelencia de quienes se destacan como primeros en el país. Allí estaba Araos, con el tiempo protagonista individual en la historia dela ingeniería en Colombia: dadas sus calidades académicas al concluir sus estudios de pregrado,fue escogido por el profesor e historiador Alfredo Bateman para hacer parte del equipo técnico/científico en el Ministerio de obras públicas de aquel entonces.

Coetáneamente y por primera vez se constituía el primer posgrado en la escuela de ingeniería. Emilio comentó la novedad a su padre, quien sin titubeos al instante le dijo: «Ahí debe estar usted, Emilio«.  Araos, por sus calidades, resultó becario. Otros aspirantes ingresaron, desertaron luego y Emilio sería el único en concluir como el primer ingeniero especializado en estructuras de la tradicional escuela y, por ende, de toda Colombia. A Araos le hubiera bastado levantar un dedo para quedarse entre los connotados catedráticos de la Universidad, pero no, él prefirió retornar a su tierra.

En alguna de las tantas tertulias, me contó Emilio que en su vida de estudiante estuvo siempre cercano a su pariente Lorenzo Solano Peláez, un diccionario humano, ineludible en legislación del Ministerio de Gobierno y, a la postre, gobernador de la Guajira durante cuatro años, sin tacha alguna, a quien Emilio admiraba. Solano Peláez, Masón recalcitrante, influyó en la confección de su pensamiento consecuente, incorruptible, libre como hombre de buenas costumbres y portador de una ética para la vida en sociedad.

Llamado para ocupar un destacado cargo en lo que hoy es Cerrejón, convocatoria que le hicieraun conocido y lugareño gerente general de entonces, siendo Araos el segundo a bordo fue requerido para despedir cerca de ochenta trabajadores. Emilio nada dijo, solo se retiró a su despacho y en sobre cerrado presentó renuncia irrevocable, y se fue.

Nada luctuoso es este texto sobre Emilio, ni más faltaba, porque sé que para el calculista, la muerte no significaba castigo, sino la fase individual y final de la vida en su evolución, síntesis de la biología, versión de la sicología experimental inherente al matemático meditativo y puro, que ha dejado huella. No resulta casual entonces, para mí sentir, que haya encarnado en su ser al Emilio de Rousseau, la obra más destacada del francés sobre pedagogía humana, donde el concepto ético procura que el hombre, por naturaleza justo y de principios, conviva en un medio perverso sin contaminarse, a cambio de la subjetividad de una democracia pura.

Era Emilio Araos singular contertulio, al lado de su colega Orlando Torres y del arquitecto Hernán Cabello, sus confidentes, con quienes conceptualizaba con sutil y picante sarcasmofrente a cualquier indelicadeza que cometieraalgún conocido; con un simulado gesto de cabeza, seguido por una sonrisa de rechazo absoluto, Emilio entregaba así su punto de vista.

Admiración para su esposa Mariela Argote y sus hijos, María Jimena, Silvia y Emilio tercero, en momentos en que retumba en mi mente el anuncio hecho por Santiago, mi nieto menor: «abuelo, murió nuestro amigo Emilio Araos. Él me iba a enseñar cómo hacer puentes«. No supe qué contestarle. Callé y pensé luego en el gran legado para las generaciones que vienen en ascenso.

Hasta luego Emilio.

 

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