El deterioro del centro histórico

Entusiasmados por el despliegue dado al mes del patrimonio, septiembre, con una vasta programación liderada por la Fundación AVIVA, salimos a solazarnos por las calles de Valledupar, sobre todo por sus zonas más antiguas, aquellas repletas de historias y atracción para los visitantes.

Desde luego, iniciamos la marcha desprevenidos. Más bien exaltados y henchidos de orgullo por ver y mostrar tantas reliquias arquitectónicas y urbanísticas que nos colocaba cerca de otros pueblos tradicionales de Colombia. Valledupar también tiene historia para honrar, nos decíamos íntimamente.

Pero el entusiasmo, la exaltación y el orgullo iban cayendo, convirtiéndose en vergüenza y frustración, en la medida de nuestro peregrinar. El panorama era más de desolación que de optimismo. Casas abandonadas, fantasmales, derruidas, intercaladas con algunas que aún sobreviven el paso del tiempo y la indiferencia ciudadana. Casas que ayer fueron gloria hoy son una amenaza pública y una bofetada para la vallenatía.

He ahí la descarnada realidad del centro histórico de Valledupar. Para más señas, la rigurosa radiografía hecha por el artículo central de esta edición; desnuda esa situación calamitosa y fotografía de cuerpo entero la actual indolencia del valduparense. Pero de nada sirve llorar sobre la leche derramada, ni masticar como rumiante una realidad que pudiéndose no se evitó ni corrigió.

En el fondo, la mayor ausencia es de claridad conceptual respecto de la importancia, necesidad y productividad de conservar el patrimonio material e inmaterial de los pueblos; es su historia, lo que le da bagaje, orgullo y cohesión a una comunidad. Triste aquella comunidad que no sabe quién es, de dónde viene, para dónde va. Triste aquella fácil presa del ‘coloniaje’ de otras culturas migratorias: terminan imponiéndose sin ninguna resistencia.

Valledupar parece perecer en la transición de pueblo, con su fraternidad ‘conservadurista’, a ciudad, con su impersonalidad ‘liberalizante’. ¿Acaso por ser migrante, no nativa, la mayoría de la población? Una mirada diligente muestra cómo se acaban los carnavales de Valledupar y las fiestas religiosas del Rosario, cómo se pierden los Centros de Manzana, cómo se menosprecian los callejones y cómo se derruyen los inmuebles del centro histórico de la ciudad. Pocos conocen la existencia de estas fiestas y sitios emblemáticos de la ciudad, de suerte que mal podría exigirse su preservación.

En síntesis, la historia ha de enseñarse, inocularse, en vez de confiarla a la inercia o a la espontaneidad, de suyos malos conductores de orgullo o sentido de pertenencia. Ese es el primer llamado: Valledupar pierde día a día sus tradiciones,  su historia; es imperativo tomar correctivos para detener el proceso, creando conciencia en especial en la dirigencia con capacidad para determinar políticas públicas.

La preservación del Centro Histórico de Valledupar es misión estatal (municipal), más ahora declarado Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional, que establece restricciones para el uso y modificación de las residencias allí asentadas. Por fortuna, Valledupar adelanta el Plan Especial de Manejo y Protección – a propósito, poco socializado, poco incluyente, tal es el desdén con que se mira a la ciudadanía –  cuya finalidad es justamente reglamentar lo pertinente, ojalá de forma que facilite el concurso de los particulares propietarios en vez de dificultarlo.

Hay que apelar a los ejemplos ya conocidos de otras ciudades, en las cuales la defensa de la historia, la defensa del patrimonio ha trascendido dándosele connotación productiva. Cartagena salta a la vista apuntándole al turismo y estructurando alrededor de esta apuesta unas políticas concretas de incentivos y beneficios para la ciudad.

Para los propietarios valduparenses puede ser atendible el predicamento de preservar su patrimonio arquitectónico siempre que vea productividad y rentabilidad en la operación, lo que entraña una apuesta, un norte aupado seguramente desde el propio gobierno municipal. La declaratoria de Bien de Interés Cultural debe erigirse en una oportunidad para la ciudad en vez de una debilidad o amenaza. Pero, claro, ha de ser el propio gobernante municipal el que brille por su gestión, apropiándose de tal  declaratoria. De lo contrario, seguiría incubándose la  creencia que es una maldición.

La apropiación o toma de conciencia no puede contraerse a la gestión ante las instancias nacionales. Igual de importante es la gestión para generar una conciencia colectiva para detener y rescatar los valores tradicionales que hoy languidecen. Seguro encontrará aliados estratégicos en la comunidad, uno de ellos, la Fundación AVIVA, ya se ha ganado reconocimientos por su pertinaz lucha en defensa del patrimonio de la ciudad.

 

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