De Valledupar a Kuala Lumpur y a la inversa

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Por Faruk Urrutia Jalilie*

Recuerdo las palabras infortunadas y socarronas de cierto gobernante vallenato, pronunciadas antes de  mi viaje a Kuala Lumpur, Malasia: «lo mandaron pá allá, eso no aparece ni en el mapa».  Pensé que hasta razón tenía. La incertidumbre sobre de lo acertada o no de mi decisión, ‘reconsultada’ además con el Internet, me invadió durante el vuelo hasta que aterrizamos 30 horas después.

A mi llegada me encontré con un aeropuerto ganador de varios premios mundiales de diseño, por funcionalidad y ecología; una capacidad para 100 millones de personas/año;  movilizaba pasajeros en dos trenes de alta velocidad: uno interno y el otro que en 25 minutos te llevaba a Kuala Lumpur. Confieso que en ese no me atreví a abordar, a pesar de  ser más económico. Preferí el taxi de lujo, por seguridad. Sobre una autopista de 6 carriles atiborrados en sus orillas por cultivos de palma africana, arribamos a la ciudad.

Y me impactó una ciudad moderna colmada de rascacielos que contrastan con casas antiguas de madera. Lo anterior, debido al desarrollo acelerado e impuesto por un gobernante que estuvo 23 años en el poder, ‘Tun Mahathir Mohamed’, quien fue criticado y vilipendiado en occidente por su restricción de libertades; pero amado en los países musulmanes y por su propio pueblo.

Este excelente gobernante guió a Malasia a las puertas del primer mundo, pasando de un PIB de 4 mil millones de dólares, a 414 mil millones en 2011; un poco más grande que el colombiano, basado en cuatro renglones de la economía hábilmente concebidos: palma africana, caucho, desarrollo de Hardware-software y turismo; este ultimo sector, a partir de su programa de marketing «Malaysia Trudy Asia», promueve un país multiétnico gastronómicamente; esa característica inmejorable induce la visita de 20 millones de turistas al año, aportando este importante renglón de su economía el 5% del PIB, generando 1 millón 600 mil empleos; es decir, el 14% del total de empleos de Malasia.

Este ejemplo de desarrollo debe  llevarnos a pensar en convertir el turismo en Valledupar en el principal renglón de la economía, tomando como pilar fundamental nuestro folklore vallenato que unido a riquezas inmensas aún por ser ‘explotadas’ como la Sierra Nevada, cinco etnias nativas que se conservan puras, la Casa Indígena – que entre otras cosas debería ser un parque temático cerca a Valledupar – además de ríos,  gastronomía, Parque Natural Besotes, tradiciones como la Hermandad Nazarena de Valencia y como si fuera poco, una arquitectura colonial que debe ser restaurada.

Entonces sí. Vuelvo y le insisto a los pesimistas que si se puede, que podemos sacar provecho de esos recursos que pertenecen a la madre tierra, pero que bien manejados, sin ser agresivos con el ecosistema, bien pueden ser aprovechados para que los propios y extraños las disfruten, los primeros porque estoy seguro que el 70% de los vallenatos no ha tenido contacto con esa experiencia ecológica y ancestral con nuestros Hermanos Mayores.

La ciudad de Valledupar y sus 25 corregimientos tienen alto potencial; quién desconoce la Semana Santa de Valencia, los parajes sagrados y hermosos de nuestra Sierra Nevada, los cultivos de arroz y la gastronomía mariangolera, las patillas de Aguas Blancas y el senderismo por la llamada Ruta de Nuestros Juglares, que no es otra cosa sino visitar a Patillal y todas esas poblaciones que enriquecen desde el ámbito rural nuestra idiosincrasia vallenata.

Pero para que la ciudad y sus zonas rurales sean atractivas y más enamoradoras, necesitamos que haya una apuesta de la Fuerza Pública y de los líderes de los gobiernos municipal de Valledupar y departamental del Cesar.  A quién no le gusta el Río Badillo del que la canción en él inspirada no hace una hipérbole, sino que corresponde a la realidad.  Señores gobernantes, gestores de la cultura y el turismo, estamos ‘perdiendo tiempo y plata’.

*farukurrutia@hotmail.com

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