DE PASO POR EL PASO

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(A la memoria de Eleuterio Córdoba Morelle, mi amigo siempre amigo)

 A nadie se le cruza por la cabeza que alguien viaje de un sitio distante a otro,  después de un tiempo, solo para convocar a sus  amigos de infancia que ya han muerto; abrazarlos y, si fuere del caso, darles una palmadita en el hombro al despedirse, en busca de dejar atrás o borrar para siempre los recuerdos.

 

Con ese ensimismamiento volví a El Paso. Allí, no sé por qué, hice evocación de la muerte. Pensé que morir donde se muera, lo mismo da, siendo la única excepción la eutanasia; quien a ella se somete, visualizará su partida de no existir un imprevisto y no sea que la muerte en ese trasegar se le anticipe, porque sin duda la muerte es imprudente e inoportuna y cuando menos imaginamos aparece.

 

El eutanásico podrá escoger al gusto la última comida, sugerir la temperatura adecuada para irse, invitar  a los amigos más próximos a un coctel de despedida, escoger el vestido de su gusto que usará  para siempre, en fin, realizar todo aquello que ingeniosamente se le venga en gana consciente de que no va a regresar. Todos sentimos que con el viaje sin retorno del amigo, algo de nosotros se va con él. Nunca se estará a paz y salvo porque a partir de su ausencia nos damos cuenta  de las falencias que pudieron superarse y compensarse, haciéndonos  reflexionar  sobre  la  inmensidad  de las sensaciones.

 

De vuelta al pueblo se me ocurrió hacer un  inventario de mis adversidades y de la manera como con tropiezos fueron superadas. Y es que nadie, absolutamente nadie, se siente a plenitud en el mundo que vive, porque todos sentimos el impacto de la imperfección ideal en que bien o mal  nos movemos. Me inquietó sobremanera saber lo que vale en verdad la amistad en momentos en que mis amigos ya no están y solo encontré en mi mente un resumen angustioso   de nostalgias; vi mentalmente  los rostros de quienes eran mayores y  de niño me prodigaron estimulantes afectos.

 

Seguía  en busca de mi paraíso perdido pero me perturbó no encontrar lo que buscaba, lo que había dejado y ya no estaba, sintiendo que mi pueblo ya no era mi pueblo. Al verme sin aquellas añoranzas, busqué refugio en una visita al  cementerio. Llegué hasta allá con la ilusión de contactarme con todos mis contemporáneos ausentes, hablar en plural  del pasado común, de los amores en escarceos y sus ingenuidades, del sabor del fruto de la ternura, de alegrías y tristezas, rememorar las frustraciones… y si el tiempo no acosaba, echar una jugadita de trompos, una mano de dados con apuestas de botones y lanzar al aire unos cuantos   boliches.

 

Allí  me tropecé con  nombres, más nombres y solo nombres pegados a las cuadrículas marmóreas de sus habitáculos. Me  acerqué a esas losas  sombrías. Quise llamar a cada uno por su nombre o por el apodo, pero recordé a tiempo que nadie  contestaría. Comencé a caminar por aquel laberinto ardoroso como quien camina extraviado en un desierto y, de pronto, me asaltó la percepción de encontrarme en el epicentro de un mundo ignoto o inexistente. Me guarnecí de momento bajo la sombra de un árbol frondoso de corazón, aquí abundan de sobra los corazones. Iba cargado de abstracciones. Un viento hormigueante agitaba sus ramas y un aire halagador, sin saber de dónde venía,  susurraba en mis oídos. Mi olfato percibió por instantes el aroma inolvidable del silencio.

 

Una melodía de acordeón sonó a lo lejos con tonadas de otra época. Era el mismo arpegio que muchos años atrás me  arrulló en la infancia. Volví la vista y vi como el sol resplandecía como nunca, llenando de ansiedad mi pensamiento ante el espectáculo que tal vez miraba sin saber si alguna vez más podría volverlo a vivir. El tiempo no detenía  su marcha simbolizada en las dos manecillas del reloj que pacientemente avanzaban acercándose la una a la otra para cruzarse inequívocamente en un mismo plano e indicarme la sorpresa que había llegado a su punto exacto el medio día.

 

Al día siguiente sentí que amanecía más temprano para mí. Quise repasar las huellas dejadas en otros días en la sábana periférica. Quise comprobar la veracidad de mis sentidos. Ver el sol al nacer alejándose con lentitud de la faja de la tierra e imaginé poder constatar si era ese mismo sol aquel que asomaba su cara en otros tiempos en el horizonte   cuando iba entre oscuro y claro, de la mano de mi abuela Otilia, o agarrado de su pollera, para retozar en los oasis que fueron mis bañaderos predilectos: Santa Cruz, Las Damas, Las Tortugas, La Zanja de la Chispa, nunca supe por qué se llamó así.

 

Rememoré con nostalgia la totumada de agua sobre mi cabeza que sofocaba de repente mi aliento de niño en aquellas mañanas. Me han dicho que todas esas semblanzas han muerto bajo el avance del poblado, llevándose de paso  el arrullo musical de sus corrientes arbitrarias de inviernos. Me detuve ante esa tierra  polvorienta, imbuida ahora de tristeza, convencido que me encontraba frente a otro mundo,  un mundo silente sin sonidos, sin murmullos, sin voces, sin palabras, sin música, donde ya ni siquiera cantan los turpiales, las gurupéndolas, las mirlas, ni los alcaravanes, porque allí ya no existen.

 

Solo me acogió la nostalgia al pensar en el misterio que se esconde en la muerte, en ese entorno en el cual sentimos que  la vida se hace fascinante, asombrosa, porque no es más que  una incógnita indescifrable en la búsqueda constante de una explicación sobre el fin de la existencia, sin olvidarse que mañana y tarde la vida está hecha de instantes y que el pasado solo existe en la memoria. Por lo tanto valora el tiempo y no pierdas de vista el ahora.

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