¡Colombia y el Cesar dan qué pensar!

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Para empezar a hacer su vida un ser humano, un ciudadano, debe ser consciente de que existe un poder conectado a su acción, que su acción es acción en un mundo, es decir, tiene un contexto que le da sentido y la engloba. El individuo debe creer que sus acciones tienen una relación con el entorno; si no ve tal conexión, el problema es garrafal porque pondrá en cuestión el poder de la acción y esto le llevará inevitablemente a la indiferencia o apatía por los temas políticos y éticos.

Hace un tiempo, una cierta psicóloga hablaba de esto. La idea que quedaba era que es vital que un ser humano perciba una relación entre el día de hoy y el que sigue; entre el pasado, el presente y el futuro -para actuar. La percepción de esta conexión genera un impulso hacia la acción. Así, un número grande de acciones amplían o potencian las posibilidades; y, del mismo modo, la no-actividad, multiplica inmovilidad. Por otro lado, cuando vemos que de una acción no se sigue o desprende necesariamente un cambio o evento, la continuidad (y el poder de la acción) es puesta en tela de juicio e incluso negada.

Esta explicación me conecta enseguida con lo que he visto en Colombia y el Cesar: de algún modo es como si no existiera una relación entre los días de nuestra historia y el presente en tanto ciertos hitos y/o acontecimientos no han generado los impactos que deberían producir. Así, en nuestro presente no estamos a la altura de las circunstancias pues no respondemos como colectividad a las exigencias y demandas que se hicieran (tiempo atrás) y que nos planteamos hoy.

Cuando analizamos lo que hemos llamado nuestra idiosincrasia, el espíritu de nuestra cultura (problema importante para allanar este tema) y el “¿por qué estamos como estamos?” – como bien nos preguntamos desde el CPCe – vienen entonces los argumentos que sustentan que “como pueblo hemos generado acciones y estas no han traído los resultados esperados”; o, que en ocasiones el Cesar se ha dado contra las paredes ante los gobiernos de turno porque no ha pasado los proyectos como corresponde. En definitiva, todo apunta a que por diversas razones no se ha hecho lo necesario para la consecución de los fines (el mejoramiento de la ciudad) o algo los frustra en último momento, o nos falta siempre el centavo para el peso. A nuestra ayuda no acude la suerte, ni el azar, ni los proyectos o acciones bien encaminadas; los dos primeros porque no existen. Sobre los segundos hay que investigar más.

A mí me gusta hablar de la potencia del trabajo, de lo que éste puede producir, pero  me desalientan los resultados de las labores de las gestiones administrativas de Valledupar y el Cesar en general – sobretodo. Me pregunto qué objetivo hemos alcanzado como educadores, gestores, formadores de opinión y ciudadanos que ejercen control sobre sus representantes e instituciones. Me pregunto adónde ha ido el esfuerzo de las escuelas, universidades y organismos que luchan por el desarrollo social en esta región, por la «verdad, la justicia y la reparación”, por el mejoramiento de nuestras condiciones de vida.

Me pregunto cuánta frustración sienten aquellos que trabajaron y trabajan con honestidad (porque hay de éstos) pero no cuentan con la burocratización y la estupidez (humana) que en último minuto frustra cualquier trabajo o tarea por colosal que sea.

Y me pregunto también, cuán molesto será tomar el enrarecido aire cuando nos sentimos llenos de historias de proyectos e iniciativas que se realizaron con esperanza y no llegaron a buen puerto. Qué piensa la gente que sigue pensando su proceso, su ciudad y su país con energía inusitada.

Muchas preguntas surgen pero una realidad se impone: la de seguir adelante poniendo otra vez la vida al servicio de los demás – de alguna forma; esforzándonos por el esclarecimiento de los procesos y la verdad; intentado generar/formar criterio; motivando a la participación a aquellos apáticos a lo ético y lo político; buscándonos en medio del enmarañado cultural que nos sobrepasa como individuos.

Detrás de esta columna me pregunto finalmente, ¿quién escucha y quién participa de verdad en Valledupar?, ¿quién puede convertirse en un gestor de su barrio o lugar?, ¿cuántas vidas y tintas nos hace falta para hacer ciudad?, ¿cuántos espacios webs y plazas públicas?, ¿cuántas aulas de clases, salones de eventos, calles, pasajes, laberintos y callecitas debemos visitar para que el mensaje no se pierda, para que llegue un poco más allá del lugar al que nuestra voz alcanza?, ¿cuántos, cuántos… para tener un panorama más claro de nuestras posibilidades como sociedad. Cuántos, para alimentar otros reglones y no los de violencia social y doméstica?

 

 

 

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