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Balances de gestión

Muchos temas, cuál más importante, emergían y pedían vía en la autopista de posibilidades para esta nota editorial. La protesta social, aún con posibilidades de hacer colapsar al país; la crisis en la Universidad Popular del Cesar, cuya solución mediática (elección atípica del rector titular) podría postrarla en definitiva; y el balance de gestión al término de los mandatos gubernamentales del departamento del Cesar y del municipio de Valledupar.

Cuál más… Todos ellos impactaban nuestro universo de circulación y todos ellos merecían y reclamaban un análisis sobre todo propositivo. La balanza se inclina por el balance de gestión de los mandatos gubernamentales.

Los gobernantes están investidos de poderes excepcionales que les da capacidad para mitigar necesidades insatisfechas pero, en especial, para prospectar a su territorio a partir de unos cimientos sólidos que garanticen futuro prominente.

Muchas veces acontece, tal cual el Cesar hace décadas, que los gobernantes no se percatan de ese poder excepcional o, peor aún, lo utilizan para engordar egos y bolsillos particulares en perjuicio de su misión colectiva. Es decir, no son estadistas o, siéndolos, optan por no ejercer como tal para favorecer bulimia de enriquecimiento.

En ese contexto, nuestros gobernantes actuales perdieron el curso. No fueron capaces de mejorar ninguno de los negativos indicadores económicos: pobreza, informalidad, desempleo, ingresos, dinámica de la economía, inseguridad, sobreviniendo por supuesto la desesperanza, casi lo apocalíptico, al percibirse que ni siquiera se lo propusieron.

Claro, es más deficitaria la gestión municipal pese a la esplendidez de su consorte departamental irrigando recursos financieros, además sin reivindicar, para casi todas las obras ejecutadas por el municipio.

Una crítica generalizada alude a la poca asertividad de la inversión, sobre todo parques y esculturas, que si bien favorecen la conexión y recreación ciudadana, fueron decididos y ejecutados con exclusión efectiva del sector turístico, al cual se pretendía beneficiar dotándolo de infraestructura.   

Otra. La baja popularidad del mandatario local se le atribuye en grande dosis a la cooptación de su administración por grupos políticos crematísticos (negociantes), generalizándose la creencia de que se gobernaba en cuerpo ajeno, característica ésta, a propósito, más acentuada en el mandatario departamental, que nunca pudo sustraerse del influjo no siempre sano de la casa política que lo subyugó. 

Si algo presagiaba un mal resultado al final del mandato fue la pobreza estructural con que el jefe de la administración conformó su gabinete, que en su conjunto pasó sin pena y sin gloria. Se veía alcalde más no secretarios; se veía alcalde, más no asesores del despacho, cuando la praxis de gobierno enseña que los colaboradores deben ser tan o más formados y preparados, al menos en su sectorial, que el propio alcalde. Pero no, el criterio de selección era el chauvinista de provenir de la UPC. Quizás por ello, los mayores déficits los arroja la ausencia de planeación y de priorización del gasto.

En este ítem le fue mejor al gobernador, el cual participa de muchos de los defectos imputados al alcalde de Valledupar, pero pueden salvarlo algunos funcionarios que brillaron con luz propia y dejaron legado de planeación y logros, caso Campo Cuello, Angulo y Martínez. 

Al Cesar le pasa cuenta de cobro no saber seleccionar a sus mandatarios. La complejidad de la modernidad exige confiar los gobiernos en personas formadas, con visión universal, amigos de la planeación, de la prospección y la inclusión. Las épocas del mesianismo, o de la democracia de la mayoría más uno, está llamada a recoger.

Un buen gobernante no es aquel que distribuye el presupuesto milimétricamente en obras en su jurisdicción. El gobernante va más allá de simple ejecutor de obras, aunque hoy por hoy, ante tanto robispicio contaminante, el ciudadano se conforme con que inviertan al menos una parte del presupuesto.  

Un buen gobernante es aquel que tiene o logra una visión clara de su territorio y planifica su desarrollo a varios lustros, priorizando los gastos para aterrizar esa visión. Un buen gobernante es aquel que sabe rodearse de los mejores talentos, sin distingos partidistas, y aquel que lidera procesos de inclusión social para aprovechar óptimamente las ventajas comparativas detectadas en los ámbitos regional y nacional. Un buen gobernante es aquel que sabe enfrentar “la crisis de la gestión de la crisis” (Manuel Castell)

Nota: Como nunca, muchos cesarenses en el gobierno nacional. 16 meses después de posesionados, al Cesar no le ha llegado ni una sola propuesta macro. Peor aún: ni una sola propuesta de aquí para allá.  

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