Aunque sufriendo te olvido

Por: Fabio Alejandro Olivella Cicero

olivellacicero@gmail.com

A sus 55 años el doctor, a pesar de la artritis incipiente que le aquejaba esporádicamente en las manos y tobillos, seguía gozando de popularidad mundial, desde aquella mañana dominical, en la que había logrado salvarle la vida al señor Washkansky. De eso ya hacía una década. Su vida ahora estaba dividida entre los quirófanos y la fama, que le facilitaban viajar por todo el mundo, compartiendo sus experiencias con colegas. En su único viaje a suelo colombiano, quedó sorprendido cuando se enteró de que sus hazañas científicas, habían sido la inspiración de un canto romántico de acordeón. Pidió escucharlo, y fue tal su fascinación, que solicitó a sus anfitriones contactar al compositor para conocerlo y darle un mensaje.

Al hombre más insigne que haya nacido jamás en Conejo, uno de los tres corregimientos de Fonseca, al sur de la Guajira, lo perseguirían los presagios. Precisamente por eso, le terminaron poniendo el nombre de su padre, Máximo, como si desde siempre se supiera que ambos estaban marcados por un gran designio: el mal de amor. En una mañana brumosa, esta vez de finales de mayo de 1935, vino al mundo para convertirse en huérfano de padre y madre, luego de un largo y doloroso parto no deseado, de una primeriza inexperta y despechada.

La herencia musical del niño venía justamente de su madre, Rosa Hermelinda Mendoza Rodríguez, que tres meses antes de parirlo, descubrió la infidelidad de su marido con una paisana de la Sorpresa, caserío cercano donde ambos vivían en unión libre. Al hacerle el reclamo, el futuro padre de Máximo la agrede y le dispara cerca de los pies, con lo que zanja para siempre el final de la familia Movil Mendoza. Fue devastador para Rosa, que decide entonces partir y parir en Conejo.

Máximo Movil estuvo junto a su madre biológica sólo sus primeros dos años de vida. Las razones de la separación, no son muy claras. Lo cierto es que a partir de ese momento

, el niño fue trasladado hasta la Sorpresa, donde viviría con su padre y madrastra en un ambiente poco afectivo, y donde lo convencieron de que fue abandonado por su madre. De este episodio tan temprano en su vida, y tan arraigado en lo más profundo de sus entrañas, nace el canto “En realidad que me quiso”, que grabara en 1976 Elías Rosado con los hermanos Meriño, en el álbum Negra querida. Uno de sus apartes dice “mi padre se consiguió otra mujer, después de que mi madre lo dejó solo, ahí fue donde aprendí a conocer, qué cosa era el tormento y el sonrojo. Recuerdo aquellos tiempos que fueron de miles de tormentos para mí… el niño huérfano, nunca es feliz”.

La única que prodigaba cariño fraternal a Máximo fue una pariente de Rosa, la señora Ana Manuela Gutiérrez, su primera madre de crianza. Hasta que la providencia permitió que un ángel apareciera en su vida: la abuela paterna Cornelia Orcasita. De amplias caderas y angostas piernas, la India Cornelia emanaba amor por todos sus poros. Estricta y cariñosa, meticulosa y amable, con el rostro marcado de arrugas profundas… siempre dispuesta a una sonrisa. Fue una buena época para Máximo.

El doctor, finalmente logró concretar a través de terceros, una cita con el compositor del canto en el que lo nombraban. Sería por la mañana en Bucaramanga, con fecha y hora exacta, aprovechando que estaría en esa ciudad impartiendo conferencias. Como buen descendiente de europeos, el doctor nunca comprendería que en las regiones rurales de gran parte de Latinoamérica, aún se contabilizaba el tiempo en semanas e inclusive en lunas, similar a la época prehistórica en la que los humanos no eran esclavos de los minutos.

Durante la adolescencia, la vida de Máximo trascurriría entre la casa de su abuela en Guamachal y la finca del señor Alfredo Daza Morales, empotrerando ganado, mientras disfrutaba de los sonidos del monte. Si en la casa hubiese habido un espejo de cuerpo entero, se habría sorprendido al verse menudo, escuálido, de manos fuertes y firmes, tostado en los pómulos angulosos de indio wayuú, y pálido en las cuencas casi imperceptibles de sus ojos achinados. Se hubiera percatado de su gusto ancestral por los pantalones cortos descoloridos. Pero sobretodo, se asombraría al ver su propia mirada, la que tendría para siempre: lánguida, lejana y soñadora.

De esta época, nace su costumbre de tararear melodías imitando el canto de las aves, mientras esperaba en el abrevadero. Escuchaba con atención las ramas frondosas que se movían gracias al viento refrescante procedente de los cerros del Perijá y, seguía con detenimiento el murmullo de las corrientes tranquilas y diáfanas del arroyo circunvecino. Todo se volvía melodía en su interior, y pronto, empezó a ponerle letra a esos sonidos que llegaban del entorno y se cocinaban en su corazón. Mejor dicho, en la soledad de su corazón.

Máximo empezó a enamorarse, o más bien a jugar al amor, y por ende, a sufrir. Pero esta no es la historia repetida del juglar conquistador que puebla el anecdotario del folclor vallenato, el que siempre termina exitoso sus amoríos con la canción que derrite a la muchacha más bella del pueblo. No. Sus historias encarnan más bien al hombre común y corriente, que debe esforzarse en conseguir y mantener vivo el amor de su amada, o que quiere recuperarla luego de que acepta que se equivocó. La inspiración de sus canciones insignes, nacen luego de la desilusión, lo que le da el auténtico encanto a sus letras. Más aún, no es sólo el despecho en sí mismo, sino que, con el dolor, le aflora el abandono de su niñez y evoca desde lo más recóndito del corazón, sus dramas infantiles.

El ejemplo más claro y que lo inmortalizaría, fue con Doralba Oñate. Un sábado temprano en la mañana hacía falta azúcar, y Doralba le pide el favor de bajar al pueblo a comprarla. Le recomienda que no se vaya a demorar, consciente del gusto de Máximo por el licor, y porque Alba Leonor y Rosa María, sus hijas, lo esperan en casa. Yo vengo ya, sentenció Máximo. Sin embargo, un amigo suyo, Rafael Ortiz, y varias docenas de cervezas se atravesaron en su camino. Pasaron tres días para el retorno. Al llegar a casa, Doralba, sin odio, ni sarcasmo, ni reclamos, ni ofensas, le dice que siempre confió en que regresaría temprano. Ese acto de bondad suprema, que es la capacidad de sentir empatía por el sufrimiento ajeno, partió en mil pedazos el corazón de Máximo. Había nacido la pieza inmortal “La mujer conforme”, que en 1975 grabó una dupla inusual, Jorge Oñate y Emilianito Zuleta, en el larga duración La parranda y la mujer… “que te llevaré al pueblo para que cambies de situación, te colmaré de amor, lo haré a cambio de tu sufrimiento. Ay hombe, te daré una vida sabrosa, tu felicidad será doble. Porque la mujer conforme, se merece muchas cosas…”

Máximo Movil empezó a ser reconocido en el universo musical de la provincia. Tanto por sus letras y melodías con sello propio, como por sus malos tragos. El kiosco parrandero de Joseíto Parodi en San Juan, era como su patria chica, donde se sentía como local. En una de esas parrandas interminables hubo un osado que, en medio de los tragos, logró ganarle la piquería con buenos versos. Máximo, airado y ofendido, correteó al pobre muchacho con una escopeta, que gracias a la Divina Providencia nunca dio en el blanco. La historia conocería al joven y hábil corredor como Diomedes Díaz.

Máximo Movil, Amilcar Calderon y Emiliano Zuleta Baquero
Máximo Movil, Amilcar Calderon y Emiliano Zuleta Baquero

El doctor también era diestro en el arte de corretear y cortejar mujeres, con una predilección especial por las muchachas que doblaba en edad. Su gran vocación médica contrastaba con sus conflictos sentimentales, resumidos en tres matrimonios y seis hijos, lo que terminó reflejándose en el descenso de su popularidad. Máximo también terminó olvidado, a pesar de sus múltiples parejas y veintidós retoños. El destino cruzaría en un punto, la vida de un médico famoso con un compositor provinciano.

Todo comenzó como siempre empiezan las buenas historias, por una mujer. Esther Gil dejó a Máximo. No es clara la razón, pero tampoco es difícil intuir que había un desgaste promovido por el licor y las ausencias del juglar. Las mujeres de provincia, todo el tiempo perdonan, hasta que se cansan de perdonar. Intentó convencerla por mucho tiempo y por todos los medios para que volvieran a formar un hogar, pero la decisión ya estaba tomada. Lo natural hubiera sido aprovechar la coyuntura para componerle un canto a la reconciliación, exaltar sus virtudes de mujer de hogar o asegurarle que su comportamiento cambiaría.

Pero Máximo es de un talante diferente. No usa su inspiración para prometer lo que no va a cumplir, y fiel a su autenticidad poética, compone un canto que describe el dolor que se siente cuando ya no se es correspondido. Un dolor tan intenso que solamente podía aliviarse con el perdón de su amada, o cambiándose de corazón, porque el que tenía ya había aguantado suficiente. De casualidad, por esos días escucha una noticia que sacudió a la opinión pública mundial: la realización del primer trasplante de corazón exitoso en la historia. No era cualquier cosa. Se abrían las puertas a la posibilidad de vivir con el corazón de otra persona. ¿Cambiarían los sentimientos del receptor del órgano?, ¿Sería más enamoradizo o se tornaría frívolo?, ¿Aliviaría las penas de un enamorado no correspondido? Las discusiones éticas daban lugar a un sinnúmero de especulaciones, que aún hoy en día no están del todo resueltas.

No obstante, el canto se quedó en la intimidad de Máximo, pero cumplió su objetivo: apaciguar la pena. Unos meses después, recibe la visita en San Juan del Cesar de un acordeonero que empieza a coger fama local. Se citan en el restaurante de Petra Gámez. Máximo empieza a cantar una a una sus composiciones inéditas, esperando que alguna motive a su invitado. Pero nada. Desesperado y sin muchas opciones más que ofrecer, decide cantarle aquella canción que le compuso a Esther Gil, donde nombra al doctor, en la que abre su corazón. Al instante, el acordeonero le dice tajante que esa es la que se lleva, y que el cantante que tiene, a pesar de ser desconocido, tiene el sentimiento justo para trasmitir lo que el compositor relata. En 1977, Emilio Oviedo, el comandante, con ese olfato musical natur

al que siempre lo ha caracterizado, puso de primera en la lista a la canción “Aunque sufriendo te olvido”, en el disco titulado Recordaciones, dando inicio así a la vida musical de un grande en el canto vallenato: Alberto Beto Zabaleta… “Ay cómo haré para olvidar, esos ratos tan legal que pasé contigo. Cómo haré pa´ convencer a este corazón tan fiel que ya lo olvidaron”.

Fue un éxito total. No sólo en la región caribe, sino en el interior del país. Tanto, que cuando el reconocido doctor Sudafricano Christiaan Barnard llegó a colombia, alguien le dijo que era tan famoso, que lo nombraban en un canto vallenato; como si él supiera qué era eso de vallenato, o como si su fama mundial ya no estuviera asegurada por haber sido el primer cirujano en realizar con éxito un trasplante cardíaco, el 3 de diciembre de 1967.

Máximo llegó a Bucaramanga de mañanita, a cumplir la cita estipulada con el doctor… con tres días de retraso. En su mundo de analfabeta, la puntualidad era menos estricta de lo que Barnard, estudiado en prestigiosas universidades, hubiera imaginado. Con su elegancia natural, el doctor le dejó por escrito el mensaje que quería decirle en persona: que le hubiera gustado conocerlo, y que “..la próxima vez que se vuelva a enamorar, no diga o repita que el corazón se enamora, que el corazón es sólo una bomba que mueve sangre de un lado para otro. Que en ese caso busque un psiquiatra».

Lo que sí llegó a su debido tiempo, y sin esperarlo, fue el reencuentro de Esther Gil y Máximo Movil. Y es que de tanto escuchar la canción, Esther lo perdonó definitivamente, y terminaron viviendo juntos hasta el final de sus vidas.

Por su parte, Máximo y Christiaan nunca se conocieron. Nunca volvieron a tener una mañana memorable como todas las que vivieron en sus años de fama. Más aún, nunca intuyeron que con el tiempo, compartirían rasgos que la vejez no perdona ni a músicos ni a médicos: la artritis y el olvido.

¡Máximo vive en sus canciones!