Atanquez: una aldea del pentagrama

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Por: Rodolfo Ortega Montero

Yo nací allí. Tuve esa gracia de Dios. Es una aldea nevadina de casitas de barro con cobijas de paja de cerro, apretujadas entre sí para arrebujarse del frío rasante de la Sierra, en un paraje de barrancos desiguales que hacen una milagrosa geometría de peligro, y que visto desde la lejanía dibuja una estampa de daguerrotipo retocada de intemperie.

Atanquez es su nombre. Tutaka, un mama kankuamoen una época de muchos años atrás, señaló con la punta de una vara las lindes de la nueva aldea, antes de sepultarse en un bohío de Ganazúmake, en las vecindades, para sumirse en las perpetuas elucubraciones de su mente asiática. Entonces había dicho: “Se llamará Tanki, (Colibrí) y existirá para siempre”.

También para siempre quedó esculpido en mis recuerdos más lejanos, el llanto de carrizos en los sones del chicote, disueltos en el luto de la noche que en notas de sentida quejumbre nacían de los canutos de la cañaboba de Genaro Montero y de Víctor Oñate, expandiendo su eco de fatalidades que destemplaban el alma porque eran al mismo tiempo una súplica, una queja y una oración.

La aldea también es cuna de los Mendiola, una familia que allí fundó fogón y techo desde la época en que la langosta había repelado los montes hace más de ciento cincuenta años. Jinete en una mula apareció por el lugar José Antonio, el primero de ellos, nombre que habría de replicarse varias veces en los vástagos que vinieron, como los José Arcadio de la estirpe de los Buendía.

Su semblante atezado con el color del café tostado denunciaba un ancestro de los hombres de azabache del litoral caribe. Llegó con afanes de compras y reventas de mercaderías que a lomo de recuas hacían tránsito desde Riohacha tramontando los desfiladeros de los contrafuertes serranos, por la vía de Dibulla, en la vieja ruta que desde la Colonia hacían los contrabandistas de tabaco y ron. Su fama de galanteador le acreció una prole habida en varias mujeres que le ocuparon su vida de varón. Quizá con las telas, vinos, estribos y zamarros de sus ventas, llegó enredada una guitarra, instrumento que sería el emblema de su descendencia. Él mismo, según me lo atestiguaron venerables ancianos de la aldea, era un virtuoso del violín.

El venero musical del apellido continuó en sus hijos. Alfredo y Chema pulsaron la guitarra con soltura y maestría, y la voz de aguacero desmedido de Gonzalo se sentía que flotaba sobre el lomo de los vientos hasta más allá de las quebraduras del paisaje. Él, con su hermano Juan Bautista, en su primera juventud,entre parrandas y serenatas por los pueblos de las provincias de Padilla y de Upar, se hicieron notarios con los arpegios de sus guitarras de algunos amores ausentes, de otros prohibidos o de la emoción oculta de los novios furtivos, del mensaje cariñoso del compadre, y de la sana picardía de los versos en el ámbito de la comarca vallenata. Después, cuando fundaron sus hogares en Atanquez y Patillal, ambos fueron señores en el uso pleno del vocablo, como anfitriones esplendidos de sus amigos, que muchos eran, con manteles servidos y el cobijo de un alero fraterno.

Otra hija, Rita Mendiola Acosta, eterna secretaria del Tribunal del Cesar, adornaba su gentil figura de dama fina con una guitarra que en Valledupar ejecutaba entre personas de señorío en los ágapes familiares.

Un nieto de aquel José Antonio, Alberto Fernández Mendiola, la voz prodigio que con otro atanquerogigante, Hugues Martínez Sarmiento, en un acto heroico de conquista llevaron como embajadores del vallenato en guitarra, desde esta tierra lejana y desconocida, separada del mundo por ríos de empuje, ciénagas desbordadas y montañas apretadas, hasta la aterida altiplanicie de los zipas. Sus voces y guitarras hicieron una cruzada valiente con los cantos de Bovea, Fontanilla y Escalona en las emisoras capitalinas, sus presentaciones de la Media Torta y aún escenarios más sofisticados con los pianistas Oriol Rangel y Jaime Llanos González. Ellos llevaron a la meseta calva de los muiscas, en el pentagrama de sus instrumentos, las voces de nuestros pescadores y bogas que sobre las ondas y ciénagas del país de Upar cantaban sus trovas de poesía dolorosa; las voces de los mestizos serranos recogiendo el fruto de los cafetales enrojecidos por los grumos de sangre de los crepúsculos murientes y las voces de arriería de nuestros vaqueros nacidos en el horizonte abierto de nuestras planadas cantando entre tropas de novillos a horcajadas de sus potros galoperos.

Juan Francisco Mendiola, nieto de aquel José Antonio fundador de la progenie, fue el consagrado maestro de la guitarra que con su perpetua sonrisa de paz adiestraba a la muchachada de ese entonces en el arte musical, y amenizaba con sus composiciones los cumpleaños, las bodas y bautizos en las mil parrandas en los patios inundados con las claves de los pentagramas en un jubiloso bullicio que se disolvía con los soplos de aire entre el milagro de aluminio bruñido de los amaneceres serranos.

Es imposible hacer el quite en estos emotivos renglones, al gesto de gallardo amigo de mi compadre Tono Mendiola Acosta. Fue en Atanquez, una noche en que, con el acompañamiento de Jaime Ruíz Londoño, un antioqueño y condiscípulo universitario que me enseñó a pulsar la guitarra, Tono repitió “Zunilda”, una canción vallenata que tanto le gustaba a Mary, mi esposa. Cuando satisfizo la petición de ella varias veces, repentinamente me dijo: “CompadreRodo, en esta mochila cargo mi pistola. Le pido una disculpa para ir a mi casa y dejarla pues es un irrespeto departir armado con usted”.

Hijos de este compadre Tono, son Pacho Mendiola, cantante de ámbito popular en una época aún no lejana, y José Gabriel quien acompasaba una caja retumbante en el conjunto Los Cañaguateros con la batuta de Pedro García y el acordeón de Florentino Montero, desgranando el cancionero de las planadas y montañas del Valle de Euparí, en las cuatro direcciones de la rosa de los vientos del paisaje andino. Jhon Mendiola, de la última generación, hijo de Pacho, es un cantante y compositor con futuro prometido.

Tampoco puedo reprimir la nostalgia al rememorar que cuando regresaba al Atanquez de mis ancestros durante las vacaciones de mi Universidad Nacional, en las que, después del reverente saludo a los abuelos patriarcales, me iba a casa de los Mendiola Carrillo, los ahora famosos Kankuis de Colombia, cuando, extendida la noticia de mi llegada al pueblo, encontraba a Cali, a Julio y a William Corzo (también éste de raigambre Mendiola), niños aún, como al padre de los primeros, el gran Juan Francisco, dando temple a sus guitarras para entonar conmigo las canciones de ese ayer. Con ellos, en esas azules tardes de golondrinas no perdíamos el hechizo de escuchar también el milagro sonoro en el violín de Gilberto Arlant, las maracas briosas de Juanchito Sarmiento y Tobías Gutiérrez el Sazo.

Algunas veces, en los días de diciembre, Pedro García, otro pionero de nuestra música en la fría capital de Colombia, porque allá se abrió a codazos un espacio artístico, anudado a su gente de este pueblo no resistía la dulce tiranía con que nos llama la tierra nativa, y con su mechón de pelo rebelde sobre la fontanela, llenaba el espacio con su voz fragosa y el bullanguero acordeón de Julio Bil y los retumbos de una caja golpeteada por Cosita el de Sara Elodia, llevando mensajes de regocijo por haber vuelto al solar de sus mayores.

Todos los días, con los primeros atisbos del alba me despertaba el ronroneo del acordeón de mi abuelo Agustín Montero, con sus ochentas años a cuestas y sus dedos entorpecidos de vejez, quien recordaba en sus melodías la luminosa mañana de un remoto pasado, cuando en compañía de Abraham Maestre y la caja de Pedro Batata, con la puya la “Culebra Cascabel”, derrotaron en una animosa piqueria al legendario Francisco el Hombre en el patio de Pascualita Arias.

Aún ahora, en ocasiones de ocio, Tito Mendiola, mi primo (nieto de aquel remoto José Antonio Mendiola Arregocés) me sorprende con los petardos de su bombo que enciende la sangre, llevando la música de “colita” a mi casa de campo de La Mina, con las notas subidas de un acordeón, redoblante y maracas, en un contagioso desenfreno que hace trizas mi entorno de silencio.

Alguna buena nombradía en el universo de la música, ostenta en las pampas argentinas y en los pliegues serranos de Chile, su hijo Carlos Andrés, desmenuzando arpegios de su famosa guitarra como compositor de buena línea y de consagrado artista.

Quiera Dios que cuando estas historias sean leyendas, nuestros hijos y los nietos de nuestros nietos sigan en el deleite del ángel travieso que dentro del alma llevamos, ese querubín íntimo, provocador de sentimientos encontrados que invitan a la plegaria y al pecado, al resentimiento y a la reconciliación, a la alegría por el presente vivido y a la tristeza por los días que ya se fueron, para que los caramillos tribales, las guitarras y las acordeones de mi aldea sigan disolviendo en la tinta clara de las noches de luna, las serenatas galantes frente a la ventana de la dama soñada o en la alegría de las parrandas entre lasfriolentas cenizas de sus madrugadas, para que las notas y arpegios, hechos de evocaciones, nostalgias y suspiros, vibren siempre y vivan más allá de todos los ecos, más allá de todos los caminos y más allá de todos los siglos venideros.