ABSTENCION AL 56%

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Airlen Durán Acosta

Según datos de la Registraduría Nacional, las elecciones legislativas de este año registraron un nivel de abstencionismo del 56%. Lo que quiere decir que de los 32.8 millones de colombianos convocados sólo participaron 14.3 millones de personas.

La anterior cifra nos lleva necesariamente a preguntarnos por esos 18.4 millones de colombianos que dejaron de votar. Nos lleva a pensar así mismo que fueron 18.4 millones de colombianos los que se suman de un modo u otro a los 1.4 millones de votos nulos y a los 842.615 votos no marcados. Esto significa que estamos frente a 20.7 millones de ciudadanos que son un enigma para el país y el mundo: 20.7 millones de personas con cuya voz no se contó. Llama la atención.

Llama la atención sobre todo porque para todos aquellos que sueñan con un país democrático, educado y en paz, estar frente a 20.7 millones de personas que pueden generar un cambio es todo un reto.

La Misión de Veeduría Electoral de la Organización de Estados Americanos (MVE/OEA) recomendó a las autoridades colombianas que estudiaran los altos niveles de abstención en los comicios. Bien valdría la pena hacer una investigación, desde luego, pero mientras los resultados de la misma llegan, las dudas flotan de este lado, del lado de quienes están preocupados por su país y quieren generar estrategias que produzcan un cambio.

La reacción inmediata sería pensar que existe un 56% de colombianos a los que no les importa lo que pase con su país. Un 56% que hastiado le dice a un corrupto establecimiento “puede quedarse con todo este país”: con sus 1.878 especies de pájaros, sus 733 especies de anfibios y sus 155 especies de colibrís. Con las 150 especies de corales y las 18.300 especies de plantas endémicas. Con las estrellas de mar, los erizos y los arrecifes. Con sus páramos, sus 4.500 micro cuencas y sus 1.200 ríos. Con sus 1.600 lagos y 1.900 ciénagas. Con sus esmeraldas, el banano, el aceite de palma, el carbón, el café, los claveles y el caucho. Con todas sus fronteras (incluyendo las de Venezuela y Bolivia). Con el petróleo y las minas de oro. Con todo el patrimonio histórico de Cartagena, Ciudad Perdida y San Agustín. Con el Carnaval de Barranquilla, Pasto y la Feria de Cali. Con los 2.900 Km de Mar Caribe y los 1.300 km del Pacífico. Con todo.

Las dudas flotan mientras una corrupta clase política se queda con todo y un silencio abismal nos separa aún cuando la histeria de las redes sociales y los medios de comunicación producen altísimos decibeles de ruido.

Se abren muchas posibilidades que podríamos alistar en un largo inventario: decir, por ejemplo, que la abstención es resultado de la falta de confianza en la clase política de un sector que no espera nada del Estado. Pero, ante todo, ese largo silencio del 56% que no votó parece gritar una verdad innombrable e inasible para todos que rebasa aún los más delicados dictámenes de nuestra historia reciente.

Lo lamentable es que una sociedad cuya configuración física, política y social comunica la poca importancia que tienen las personas – en el país, ha recibido a la vuelta de unos años la respuesta final e inevitable, el mismo trato, el grito silencioso de la abstinencia con el que los ciudadanos le dicen a su país que ya no les importa.

Las reformas urgen. Los resultados de las elecciones deben ser analizados para que se haga una reforma Constitucional que instituya el voto obligatorio, impida que los congresistas perduren más de ocho años y exija a los políticos dar cuentas al iniciar y terminar su período.

De lo contrario, seguiremos siendo un país donde la suma de votos perdidos y blancos iguala la votación del partido que más votos obtuvo; una ‘democracia representativa’ en la que realmente no se tiene sino un Congreso integrado mayoritariamente por corruptos, elegidos por una minoría.

 

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