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El viaje del silencio: Colombia llega al país

Cansancio y mucho dolor marcaron el largo regreso del equipo tras la eliminación contra Inglaterra.

Callar. Esquivar miradas. Dormir para no pensar. Son casi 20 horas entre buses y aviones que suman mucho cansancio, exactamente eso que necesitaba la Selección Colombia para detener el cerebro y obligarlo a no regresar a la noche de Moscú, la del frío en el cuerpo y el alma, la de las lágrimas.

Y después, Carlos Bacca. El suyo fue un dolor distinto en el Spartak. Otra vez, otro fallo, un reproche que el cuerpo técnico insistía en marcarle que era injusto, porque agarrar el balón cuando al resto del grupo le quemaba habla de su valentía y su compromiso. Sólo se hace mártir quien se atreve a dar un paso al frente.

“Duele mucho porque se entregó todo y al final nos quedamos sin nada”, lamentaba Ospina ante la obligación de pasar por la zona de prensa.

“Duele pero es parte del fútbol, te vas tranquilo porque lo diste todo, pero te queda el sinsabor de que podíamos haber ganado nosotros”, masticaba El Tigre. “Ponerse la camiseta de la Selección es un honor y un privilegio y por eso la defendemos a muerte”, alentaba Aguilar. Y fueron al túnel solos, juntos pero con la derrota entre las manos.

Entonces se apagaron las luces de la cancha y lo que hubo en la privacidad fue un silencio seco que ninguna alerta de mensaje de WhatsApp – y fueron centenares- llegó a romper. Momento para unirse en la oración rutinaria de Falcao, no para excusarse ni lamentarse sino para enorgullecerse: agradecer la oportunidad de haber llegado a la segunda ronda del Mundial de Rusia, una gesta que hasta el campeón mundial actual anhelaría; hablar de la fortaleza futura y de la tranquilidad que sólo produce haber luchado con las propias armas hasta cuando la suerte dijo basta. Silencio.

Casi una hora entre el estadio y el aeropuerto de Moscú, una hora y media en el aire hasta Kazán, 45 minutos más en el bus de regreso a la concentración y una mañana de cansancio mental que dejó desierto el comedor a la hora del desayuno del miércoles y terminó siendo lugar de paso al almuerzo. Comer poco, más por pasar el tiempo hasta volver a abordar otro avión, esta vez por más de 16 horas hasta Bogotá.

Y entre tanto el cuerpo técnico, obsesivo y terco –por suerte- veía el partido hasta dos veces meses más para llenarse de argumentos contra el arbitraje y la sospecha de una enorme injusticia: cada pelota dividida, cada duda se resolvió en favor de los ingleses; la jugada de gol de Bacca que

se interrumpió de la manera más absurda; la falta a Barrios que acabó en el contrasentido de falta en su contra porque, dicen ellos, el juez se da cuenta que el agresor, Henderson, tiene amarilla y para evitarse la obvia segunda amarilla castiga a la víctima. Inaudito.

El silencio, la característica principal del resort que fue centro de operaciones de Colombia en los 22 días que duró la aventura en Rusia, se impuso de nuevo hasta la madrugada, cuando hubo que levantarse para tomar un vuelo más, este de regreso a casa, a las 4:30 a.m. hora local. Triste e inevitable itinerario, prematuro, siempre inexplicable.

Calla Colombia cuando deja de sonar la música del Pichi, que es la misma de su amigo Yerry. Fue nuestro turno de caer en la trampa –la de los británicos, los jueces, el clima, el destino, lo que fuera- y de regreso a casa miramos ahora el Mundial desde la acera de los eliminados. Al calor del trópico y de la gente, que no falla nunca, va a fundirse la tristeza de la selección nacional. A ver si por fin se quiebra la Ley del silencio.

Por: Jenny Gámez
Editora FUTBOLRED
Enviada especial a Rusia

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