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EL VALLENATO SE ESTÁ EXTINGUIENDO (SEGUNDA PARTE)

Foto: Referencia

Días atrás circuló por las redes sociales un video vergonzoso; se observaba como un par de reconocidos compositores del folclor vallenato, sin tener en cuenta que estaban en una tarima, discutían acaloradamente sobre la degradación de la música autóctona del Valle del Cacique Upar. El uno le gritaba al otro, en un arranque de arrogancia, que el vallenato existiría para siempre. La historia y la experiencia nos dicen que nada, en absoluto, nada es para siempre.

En el artículo anterior me atreví a afirmar que el vallenato se está extinguiendo tomando como argumento base la teoría de la evolución cultural, es decir, la aplicación de la teoría de la selección múltiple darwiniana a las ciencias sociales, en este caso a una manifestación cultural. Ahora, mi argumento se traslada a la preocupante y profunda crisis ético-moral de la sociedad.

Sí, estamos en crisis. Mario Vargas Llosa describió la situación de una manera clara y sencilla en un ensayo titulado La civilización del espectáculo, donde expone que en nuestra sociedad el valor supremo es el entretenimiento, aún por encima de la información, cayéndose en la banalización, en la frivolidad del arte, el periodismo o el sexo, llegándose al punto de anular el verdadero sentido de la palabra cultura.

Se habla de cultura vallenata pero, ¿Qué es cultura? Etimológicamente la palabra cultura comparte la misma raíz con el término cultivo: cultus, colere, que significa cuidado del campo. Esta metáfora agrícola fue utilizada por Cicerón al describir la manera como el alma filosófica se va cultivando para alcanzar su plenitud y hacerse única. Con el pasar del tiempo, el vocablo fue relacionándose con el concepto de civilización y, a medida que fueron surgiendo posiciones filosóficas, la expresión fue adquiriendo distintos significados.

T.S Eliot en su obra La idea de una sociedad cristiana: Notas para la definición de la cultura, plantea la necesidad de entender la cultura como una totalidad, a pesar de reconocer que el término se utiliza en tres sentidos, bien sea que se aplique a un individuo, un grupo o a la sociedad, y concluye definiéndola como “todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido”.

Debo aclarar, basándome en T.S. Eliot, que la cultura no es sinónimo de conocimiento, sino que, al ser una actitud espiritual que le orienta y le imprime carácter, aquella antecede y sostiene a este en una relación recíproca.

La cultura es entonces la identidad de un pueblo, aquello que lo hace único, irrepetible y original. Eso, precisamente, es el vallenato tradicional y es el fundamento de la preocupación de un grupo – en el cual me incluyo – que avizoran la inminente extinción del verdadero folclor vallenato.

Las letras y las artes se renuevan, pero no progresan, ellas no aniquilan su pasado, construyen sobre él, se alimentan de él y a la vez lo alimentan, de modo que a pesar de ser tan distintos y distantes un Velásquez está tan vivo como Picasso y Cervantes sigue siendo tan actual como Borges o Faulkner[1].

No está pasando lo mismo en el vallenato. Si hacemos un breve repaso por algunas canciones podremos encontrar todo un código moral que se ha disgregado por el interés desmesurado de dinero y fama. Ya no se exalta la responsabilidad de Poncho Cotes que regresaba de Manaure todos los lunes a cumplir con su misión docente. Los conflictos no se arreglan con música como otrora hicieran Emiliano y Moralito, hoy se arreglan con bala. Hoy se denigra de la dignidad de la mujer, enalteciendo a la que beba o insultándolas cuando son infieles, a diferencia de juglares como Calixto Ochoa cantándole a la compañerita que lo dejó, o el testimonio de Armando Zabaleta intentando comprar un amor.

A todo esto se le suma la carencia de líderes en el mundo actual, el flagelo de la payola que es como las brujas que muy poco creemos en ellas pero de que las hay las hay, y la estrategia de repetir y repetir una mentira para que se convierta en verdad.

Las situaciones son distintas, debemos aceptarlo. Hoy en día los compositores no van en burro, sino en camionetas de alta gama; los intérpretes no viven en fincas, sino en mansiones, pero la esencia del vallenato es humana, netamente humana, y las preguntas, los problemas y lo humano siempre serán igual, entonces, lo que le hace falta al vallenato moderno es humanización, de lo contrario será arrasado por el viento y desterrado de la memoria de los hombres, condenado a cien años de soledad, sin tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

[1] Mario Vargas Llosa, Breve discurso sobre la cultura. Revista Letras Libres. p. 45-48.  2010.

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