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EL VALLENATO SE ESTÁ EXTINGUIENDO (PRIMERA PARTE)

En poco más de cincuenta años la música vallenata alcanzó el renombre y la importancia que jamás imaginó. Luego de estar confinado entre los límites de la Provincia de Padilla; de ser despreciado por las familias más encopetadas de la comarca; de vivir relegado en los potreros, lejos de las casas decentes; de ser usado por peones patirrajaos que aprendieron a tocar de oídas un extraño instrumento, el acordeón, para entretenerse en sus ratos de ocio y borracheras, el vallenato pasó a amenizar eventos significativos en los más selectos salones y clubes sociales del planeta tierra, al punto de ser reconocido como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO.

En alguna ocasión, Gabo describió su obra magna, Cien años de soledad, como un vallenato de 365 páginas. No salía de su asombro ante la capacidad narrativa de los compositores vallenatos -especialmente Escalona, por quien sentía una especial admiración – que podían meter toda una cantidad de argumentos e historias en siete u ocho líneas. El vallenato no era más que la narración cantada de vivencias reales sucedidas a personas comunes y, al mismo tiempo, esto era lo que tenía de extraordinario.

Año nuevo me alcanzó sumido en esta meditación profunda y seria, impuesta como una camisa de fuerza por el ambiente plagado de música que se desintegra en el tiempo y el aire como una pompa de jabón; sin darme cuenta caí en el lodazal de una pregunta incómoda, ¿Dónde está la narrativa en el vallenato actual?

Para comprenderlo debemos tener claro que existen dos campos donde la música raizal del Valle del Cacique Upar se mueve como en su ambiente natural. Estos campos son distintos entre sí, pero muchas veces se fusionan y se confunden: el folclor y el mercado. Lastimosamente, éste arropa a aquel, convirtiéndolo en un producto más dentro de una larga lista de productos, es decir, el mercado mercantiliza el folclor impulsando una música que, en nuestro caso, muchos se empeñan en llamar vallenato, pero en realidad no es más que un sincretismo melódico carente del poder de la palabra, náufrago en el mar del consumismo.

¿A qué se debe todo esto?

Explicación y respuestas hay para todos los gustos. Están quienes afirman que esta situación es normal, que el ambiente en que los compositores e intérpretes de hoy viven, ha cambiado y que es imposible que traten la misma temática que hace cincuenta años.

Del otro lado del ring están quienes culpan a la falta de imaginación e inspiración, como lo escribió Daniel Samper Pizano en una columna titulada El vallenato se está suicidando, publicada en marzo de 2013. De igual manera, no falta el compositor que cantando diga que el pseudo-vallenato posmoderno es, más bien, exceso de talento, que es una evolución.

Desde mi oficio como filósofo podría afirmar, corriendo el riesgo del escarnio público, que el vallenato no está evolucionando, sino que se está extinguiendo. El tema es interesante pues entraríamos a tratar la teoría de la evolución cultural, esto es, el estudio de la transformación de la cultura con el transcurrir del tiempo desde la perspectiva de las tesis evolucionistas aplicadas a las ciencias sociales, en este caso la música.

La evolución biológica apunta a que los seres vivos se fueron adaptando al medio ambiente, haciéndose cada vez más fuertes y eliminando a los más débiles, es lo que se llama selección natural. Si observamos bien, el vallenato no se está adaptando, al contrario, está siendo eliminado, absorbido por ritmos más agresivos como el reggeaton, el rock o el pop. El sonido del acordeón es utilizado por estos ritmos y, en el afán de vender, los intérpretes y compositores dicen que es vallenato. No podemos desconocer que el acordeón gusta y vende, y al final eso es lo que cuenta para ellos.

Otra razón, y quizá la más preocupante, es una profunda crisis ético-moral de la sociedad…

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