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El vallenato, nuestro patrimonio espiritual y económico

Por: Alberto Murgas Peñalosa*

Turismo es la actividad que parece haberse convertido en la tabla de salvación para muchos países, regiones, pueblos y atajos del mundo que, por una razón u otra, nunca han tenido fuentes de trabajo o han disminuido sus rendimientos por cualquier causa.

En este espacio geográfico – en los últimos tiempos llamado El País Vallenato, antes Valle del Cacique Upar, después Valle del Magdalena grande y hoy, Valle de los Reyes – sin proponérselo nuestros juglares, aquellos hombres ingeniosos que tuvieron la capacidad de recoger las vivencias cotidianas, de plasmar en las hojas del viento sus amores, fantasías y realidades, los mismos que soportaron el desprecio de las élites sociales por el sólo hecho de mostrar con orgullo un acordeón en el pecho, nuestros juglares, digo, fueron los propios que comenzaron a despejar la brecha de la industria cultural que tiene en estos momentos en expectativa al país musical, empresarial, mediático, saltimbanqui, informal, político…  todos estos no ven la hora de llegar al destino turístico cultural más apetecido de los últimos tiempos, Valledupar y su maravilloso entorno natural, el que prodiga en sus sabanas, ríos, corregimientos, aldeas y en sus abundantes musas, la excitación para la inspiración de sus compositores.

Estamos próximos al inicio del evento musical más importante de Colombia, fecha en la cual se derrumba el mito urbano existente en esta ciudad, según el cual durante el resto del año turistas y visitantes, por diversos motivos, no hallan un espacio de encuentro que reactive la amistad: es nostalgia el Café la bolsa.

Pero hay asomos y perspectivas de iniciativas privadas donde se puedan compartir experiencias, historias y, además, se puedan satisfacer las necesidades anímicas de escuchar una voluptuosa Puya o un apesadumbrado Son.

A nuestros gobernantes, amantes y protagonistas de esta emprendedora cultura regional, les llegó la hora de soltar las riendas de este caballo sonoro, para que jinetes bien entrenados y capacitados garanticen siempre la reactivación de este hipódromo festero, el cual, además de mágico, literario y musical, está nimbado por las manos del creador del universo para que sea un punto de encuentro de la gente del mismo. Nos causa sorpresa que, a estos dirigentes, el desconocimiento y la falta de entrega cultural, más no de folclor, los tenga dando palos de ciegos por doquier.

Está demostrado que desde el año 1944, cuando se une el Acordeón y la Guitarra fonográficamente para expresar nuestros pensamientos y sentimientos, se produjo un cambio mental en los habitantes del sur de la Sierra Nevada.

Aquellos pioneros nutridos de poesía campesina y música nativa comenzaron a despojarse del temor ancestral, característico de los marginados; estos elementos intangibles (canto y música) que nos proveyó la naturaleza, fueron definitivos para hablar con propiedad de nuestras tradiciones regionales y del sello distintivo del hombre nacido en el gran Valle del Upar, pero fue el desprendimiento político del otrora Magdalena Grande lo que nos quitó las ataduras del complejo de ser vallenato y, asimismo, nos dio la oportunidad de convertir este término, antes estigmático, en orgullo regional; estas faenas originaron un cambio de vida y de actitud emocional en los habitantes provincianos, dando como resultado la consagración de nuestra identidad territorial.

Con el correr del tiempo descubrimos que nuestro género musical llamaba la atención de los disqueros, evidenciándose en la comercialización de nuestros estremecimientos poéticos por el vuelo de una mariposa, por la creciente de un río, por el infortunio de un contrabandista y hasta por la sonrisa de una sabana; esta virtud permitió el reconocimiento nacional, motivando a los colombianos a que nos miraran como destino de costumbres musicales.

Lógico, caímos en la cuenta que somos industriales de la cultura, lo que simultáneamente también develó nuestras debilidades en el tejido empresarial para administrar nuestro patrimonio económico y espiritual al no tener mente de emprendedores para explotar la mina de oro musical que brotaba de este fructífero suelo; tuvo que llegar el promotor de la fábrica de las ilusiones, esto es, las multinacionales del disco, para que coadyuvaran en el posicionamiento de los protagonistas de la música más representativa de Colombia.

Los Nativos del Valle, emotivos por naturaleza, reconocidos como excelentes anfitriones, estamos ad-porta de abrir nuevamente todas las entradas que se desplegarán totalmente a partir del 26 de abril para que entren, con su séquito, los aspirantes a Rey, a confundirse con malabaristas, académicos, turistas, organizadores de espectáculos, banqueros, fabricantes de licores, artistas nacionales y extranjeros, hoteleros, cantautores, fabricantes de acordeones, vendedores ambulantes, transportadores, artesanos, políticos y politiqueros, medios de comunicación y hasta con los encantadores de serpientes.

Es de conocimiento público que muchos colombianos ahorran durante el año de su trabajo para venir al Festival Vallenato; se imaginan en esta ocasión especial, cuando los organizadores se han desplazado a las ciudades más importantes y al exterior a promover este congreso folclórico donde una vez más se coronará a los mejores concursantes.

Valledupar es el único lugar del mundo donde durante seis días y sus 24 horas, unos vienen y otros van y donde La Vida no es un sueño, sino una Parranda eterna. Si lográsemos generar Turismo Musical permanente, ganaríamos posicionando a Valledupar como una nueva razón para viajar.

Si el Festival Vallenato genera emociones, empresa y prestigio, guardando las proporciones, nuestras autoridades, especialmente las turísticas, deberían estudiar la posibilidad de concretar estas sugerencias y, además, aprovechar un país de abundantes puentes festivos. En los últimos tiempos vemos con asombro cómo nos llega gente de toda Colombia, motivada por el boom de las Bio­-novelas, que recuerdan amores, desamores y las desgracias de luminarias de la farándula vallenata, pero por fortuna, también encuentran una exuberante naturaleza que les colma de regocijo.

No es descabellado pensar que, si a México van a escuchar Rancheras; a La Habana, Son Cubano; a Buenos Aires, Tango; a Río de Janeiro, Samba; a Jamaica, Reggae; por qué no pueden venir a Valledupar a sentir El Vallenato.

Operadores turísticos de La Guajira y del interior del país, teniendo en cuenta algunos contextos de expectativas, han comenzado a satisfacer las necesidades de extranjeros que vienen en busca de Macondo.

El ícono universal de la literatura colombiana es Gabriel García Márquez y la imagen internacional de la música es Carlos Vives, ambos nutridos hasta los tuétanos por los juglares y compositores vallenatos: el mismo Gabo lo expresó, “Cien Años De Soledad es un Vallenato de 360 páginas y creo que mis influencias son extraliterarias. Creo que más que cualquier otro libro, lo que me abrió los ojos fue la música, los cantos vallenatos”.

Carlos Vives, conjeturo yo, soñará diario y principalmente con Rafael Escalona y Emiliano Zuleta Baquero; el uno le proyectó su talento a nivel nacional como actor y cantante y el otro lo secundó para que se glorificara internacionalmente con La Gota Fría.

Es necesario que todos los inmersos en esta actividad turística, seamos estudiosos de la obra de estos dos personajes; preguntémonos cuál fue la estrategia que los enalteció; si estamos en el mundo mágico del Vallenato, no nos queda difícil entenderlos y retransmitir sus vivencias. En el Museo del Acordeón, donde el suscrito es el director, exhibiremos Cien Años De Soledad en los distintos idiomas donde ha sido traducida esta obra cumbre. Respecto a Carlos Vives, en el mismo lugar el homenaje es permanente por la proyección que hacemos regularmente de un maravilloso encuentro musical con los indígenas Arhuacos de la Sierra Nevada.

Es imperativo que nuestros gobernantes o entidades análogas, en aras de posicionar durante los doce meses o en fechas especiales el destino vallenato, elaboren un plan de desarrollo turístico que provoque el conocimiento de los atractivos culturales y naturales existentes; implementen la infraestructura y determinen la capacitación al recurso humano afín con esta actividad universal, que genera trabajo, esparcimiento y dividendos a todos los estratos sociales.

Si esto ocurriese: ¡Aleluya! BIENVENIDOS.

* Compositor y director del Museo del Acordeón.

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