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Un reto gratificante

Lo dicho. Sin una institucionalidad del sector privado es difícil, cuando no imposible, lograr el desarrollo territorial, que no baja del cielo, como la maná, sino del propio esfuerzo emprendedor y sostenido, organizado, articulado, de los sectores representativos de la colectividad.

Seguramente el mesianismo de algún ‘prohombre’ en una época determinada haga posible la concreción de una obra grande con la cual se satisface parcialmente una necesidad básica. Y otro, en la misma o en diversa época, podría aportar su grano de arena y lograr otra obra de impacto positivo. Pero eso no es suficiente para generar desarrollo. Ni es definitivamente escuela educadora.

A menos, claro está, que ese evidente liderazgo individual sea efectivo para hacer la más importante de las macro obras: capital social, que resulta del contagio a otros potenciales líderes, ávidos de que alguien los concientice y reclute en rededor de un liderazgo colectivo, éste si capaz de dar grandes batallas en el jalonamiento del desarrollo territorial.

Los grandes logros en la historia se han dado así. Un visionario le inocula su visión emprendedora a otros tantos con quienes conforma un ejército (no importa de cuántos soldados), o una élite, para el caso igual, dirigiéndolos, orientándolos, cohesionándolos, convenciéndolos que unidos si es posible conquistar metas trascendentes. Ese es el hándicap para avanzar hacía otra meta y otra y otra…

Valledupar y el Cesar están en plena efervescencia, ansiosos de que alguien asuma el liderazgo de convocarlos para volver por sus fueros e impulsar proyectos que los encauce por la senda del desarrollo.

Es más: está demorado o reprimido ese estartazo, ese arrancón, corriéndose el riesgo de perder estos momentos de ‘efervescencia y calor’. Hubo épocas florecidas, no cabe duda, que mostraban al Cesar como el departamento piloto de Colombia y a Valledupar como la sorpresa caribe. Luego todo se vino abajo: la economía con la recesión del algodón; la moral y la competitividad, con la bonanza marimbera y el monstruo de la violencia; se hizo la oscuridad… pero se ve luz al final del túnel.

El momento ha de ser de optimismo, sin embargo. A juicio de los cándidos, se requiere unos buenos aguaceros para que la semilla de la asociatividad, sembrada con paciencia, una y otra vez, sin desmayar, empiece a germinar. La conformación del Comité Intergremial del Cesar es una prueba al canto a condición de que rompa el círculo vicioso de dar vueltas sobre su propio eje sin atreverse a ampliar su radio de acción con otros muchos sectores y actores prestos a integrarse y colaborar en una causa que es de todos.

La importancia de conformarse como comité no está tanto en la formalidad, sino en la implícita nueva cultura asociativa de cada asociado traducida en la frase ‘la unión hace la fuerza’. No es mero retoricismo; por creerlo y asumirlo así han abortado los anteriores ejercicios similares – se mueren de susto en el intento – dejando mayor frustración en la colectividad.

Grande es el reto pero gratificante en la perspectiva de ser gestor de nuevos paradigmas colectivos,  determinantes en el desarrollo territorial. La tarea es ardua, denodada, muchas veces frustrantes por la reticencia natural a superar el enquistado individualismo, enemigo principal a doblegar. En eso no se puede desmayar.

Por supuesto, lo primero es blindarse internamente. Ponerse de acuerdo sobre puntos esenciales. Madurar y definir por consensos unas reglas claras de juego y una hoja de ruta. Aunque cada miembro tenga su propia opinión sobre lo humano y lo divino, ya integrado deberá morigerarse en el entendido que habla colectivamente.

Como se trata de crear conciencia de unidad, de asociación, cada gremio, para ser consecuente, debe propiciar su cultura asociativa, garantizándose que el desempeño de sus representantes esté a la altura de la misión grupal que le encomienden.

Como intergremial, hay que ganar posicionamiento, reconocimiento, gobernabilidad. Sensibilidad para apropiarse de buenas causas (¿quién hace seguimiento al ‘I encuentro de talentos cesarenses’?). Lo ideal sería retroalimentarse con otros sectores y actores con presencia en el territorio (veedurías ciudadanas. Observatorios. Centros de pensamiento. Investigadores). Hacer presencia mancomunada. El intergremial se nutre de ellos y ellos de este. Solo el trabajo en común une y cohesiona.

En territorios como el nuestro – frágiles en empresas, en gremios, en academia, en veedurías – la institucionalidad pública – por disponer del poder y la autoridad – debería fomentar la institucionalidad privada, no para cooptarla, sino como contrapeso necesario para un buen gobierno. La interlocución privada apoyaría los buenos proyectos, pero también advertiría sobre los non sanctus.

La mejor de las suertes para el intergremial, que el camino es largo y pedregoso.

enfoquevallenato@gmail.com

 

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