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Señales

Por: Fabio Alejandro Olivella Cicero

Hay veces que aparecen respuestas donde menos las esperamos, Sophía. Para ello, debes mantenerte alerta a las señales: un olor que te llame la atención, un número que se repita durante el día, un color que desajusta tus gustos tradicionales, unas palabras que sorprenden tu corazón. Son sutiles, aunque siempre directas. Estamos tan cerca de nuestras respuestas trascendentales, esas que nos quitan el sueño, que cuando las descubrimos, Sophía, nos parece ilógico que las pasáramos por alto tanto tiempo. Otras señales son contundentes, y siempre cambian nuestra vida para bien.

Algo así le pasó a Nicolás. A los 10 años quedó huérfano de padre, y su vida tuvo un movimiento drástico. Fue demoledor, nunca más volvería a jugar con sus hermanas. A la mayor la casaron con un joven pudiente, y a la menor la internaron en un convento. Nicolás terminó viviendo con su tío Lucas, y se volvió un niño retraído y silencioso, aunque su curiosidad siguió intacta. Tuvo la gran fortuna de no perder jamás el don propio de la niñez, el mismo que desaparece de adultos cuando nos ajustamos a las convenciones sociales: la capacidad de dejarse sorprender. Desde la ventana más alta de la casa de su tío, pasaba largas horas observando todo a su alrededor: la gente caminando en su afán diario, las figuras cambiantes de las nubes en el cielo, el pausado recorrido del sol. Entendió por sí solo algo que leería tiempo después como el principio de la vibración: nada descansa, todo se mueve, todo vibra.

Una de mis señales favoritas, Sophía, es Orión, la constelación más famosa del cielo. Fue hace poco que entendí cuál es el mensaje que siempre ha tenido para mí. Recuerda, belleza de ojos envolventes, que para cada uno es un mensaje particular. Ubicarla en una noche despejada se logra identificando las tres estrellas casi alineadas que conforman su cinturón. Las mismas que los egipcios copiaron para ubicar sus tres pirámides más imponentes en el valle de Guiza; las mismas estrellas que la tradición cristiana denomina las tres marías.

Para los griegos, Orión fue conocido como el cazador más importante de su mitología, siempre acompañado de perros fieles y dotado de una puntería infalible. En un episodio de soberbia, se jacta de ser el mejor del mundo, abatiendo cuanto animal se cruce por su camino. La Madre Tierra, preocupada por sus hijos cuadrúpedos, y con el equilibrio que siempre la ha caracterizado, le envió un escorpión que termina con su vida. En su honor, Zeus decide volverlo constelación, y lo ubica en el cielo justo por encima de sus dos fieles perros de caza, canis menor y canis mayor, y un poco más alejado de la constelación del escorpión… para que no lo vuelva a picar.

Nicolás se obsesionó con el movimiento. Tal vez por eso no tuvo familia y, motivado por su tío, hizo una larga carrera eclesiástica y académica. Alejado de la vida social, pudo adentrarse en el mundo de las matemáticas y la astronomía que le permitieron descubrir que la realidad es muy diferente a la que perciben nuestros sentidos.

Entiende esto, Sophía, dulzura de mis dulzuras, su realidad seguía siendo la misma de siempre, igual a la de cualquier ser humano. Pero su comprensión de la realidad era diferente. Veía en los amaneceres y atardeceres, en el cambio de las estaciones, en el movimiento de las constelaciones nocturnas una armonía diferente. Tanto era el cambio que generaría su descubrimiento, que duró 25 años en publicarlo por miedo al reproche público, al famoso qué dirán. En una de sus frases célebres expresaría: “no estoy tan enamorado de mis propias opiniones, que ignore lo que los demás puedan pensar acerca de ellas”

Cuando Nicolás finalmente entendió que lo contrario al amor no es el odio, sino el miedo, tuvo el valor de publicar su obra maestra. Sí, Sophía, uno de los mayores actos de amar es compartir, y es precisamente el miedo lo que bloquea y antagoniza cualquier forma de amor.

En 1543, semanas antes de morir, Nicolás Copérnico reveló en su libro “Sobre las revoluciones de las esferas celestes”, que el sol era el centro del sistema solar y que la tierra se movía en el cielo como un planeta más. Las señales que recibió y entendió desde su niñez no sólo cambiaron su vida, sino que transformaron para siempre nuestra percepción del mundo que nos rodea.

Aún, a nuestro entendimiento de la realidad le falta mucho para estar completo. ¿Te sorprende escuchar eso, Sophía? Pues créelo. Por suerte, las señales siempre están allí para darnos pistas, indicios.

Hace poco, en medio de una noche despejada en los llanos del Vichada, volví a deleitarme con Orión. En sitios sin contaminación lumínica es fácil alcanzar a ver su brazo empuñando el arco que dirige la flecha hacia las pléyades, un conjunto de siete estrellas que menciona Job en el capítulo 9 de la biblia. Y volví a ver el cinturón de tres estrellas que observo desde niño, cuando me montaba al techo de la casa de mis abuelos. A pesar de haberlo visto miles de veces, en distintas geografías, sólo hasta esa noche pude ver claramente la razón de mi fascinación por Orión. Mi vida invariablemente ha estado regida por tres marías: María Esther, María Esperanza y María Consuelo; mi abuela, mi madre y mi tía. Reafirmé que nada es casualidad, y que la vibración siempre es perfecta.

 

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