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Se buscan conciliadores

Sabio el refranero popular: “En la boca del horno se quema el pan”. Justo lo ocurrido, hace pocos días, con los retazos sobrevivientes de una iniciativa legal conocida eufemísticamente como Ley Anticorrupción.

Pese a su previa mutilación grave (le habían cercenado un poco más de la mitad de su cuerpo), el país sobre todo nacional, para contraponerlo al político, abrigaba la ilusión cándida de que los pedazos sobrantes, ya superados los correspondientes debates en Senado y Cámara de Representantes, verían finalmente el humo blanco. Pero no. En la boca del horno se quemó el pan cuando apenas faltaba la ‘sesión de costura’ o conciliación de las pocas diferencias existentes en sendos textos aprobados en Senado y Cámara.

Sencillamente se acudió al más fácil de los expedientes, pero también el más descarado e impúdico, para abortar la iniciativa: “No se encontraron los conciliadores designados…hubo descoordinación…” (¿?), fueron los argumentos cínicos de los presidentes de ambas Cámaras. Presuroso, Alejandro Chacón, el presidente de la Cámara baja, procedió a cerrar la sesión de ese día, con lo cual hundió o sentenció la Ley Anticorrupción a dormir el sueño de los justos.

Apenas previsible la reacción e inconformidad ciudadana. Hoy por hoy, la más grande epidemia que padece y devasta al país es la metástasis del cáncer de la corrupción. Un descomunal porcentaje de su presupuesto anual, repetido el ejercicio año tras año, se va al hoyo voraz y creciente de los bolsillos particulares, en especial de los personajes almibarados que manejan las riendas del Estado, en cualquiera de sus ramas, porque no hay excepciones. Por ello la metástasis.

Por supuesto, todo el país es damnificado de esta depredación, y no solo por inocular una pervertida desinhibición ética y moral para procurar movilidad social a través de un enriquecimiento ilícito y sin importar si cuesta sangre y fuego. Además, es damnificado también, y sobremanera los sectores marginados, por arrebatarles billonarios recursos que bien podrían mitigar sus tantas necesidades básicas insatisfechas.

Es tan agresivo el cáncer que, en una manifestación sin precedente, más de 11 millones de personas votaron el pasado agosto en la consulta anticorrupción sometida a consideración plebiscitaria. Fue un mandato popular sin equívocos, lo que trasmitió la percepción, a la postre falsa percepción, de que sería obligante para el país, incluido ejecutivo y congreso de la República.

Pero en la viña del Señor la verdad monda y lironda nos da mentís. Los menos interesados en aprobar un estatuto anticorrupción, cuchillo para su garganta, son justamente quienes detentan el poder; lógico, por ser ellos los que se enriquecen con las prácticas perversas de expoliación. Y no son unos cuantos congresistas, los son todos, que la mayoría se hacen los pendejos – tiran la piedra y esconden la mano – cuando se trata de arrasar la tierra.

Igual predicamento debe endilgársele al poder ejecutivo. No quiso darse la pela para sacar adelante el proyecto. Primero, fue tardío su llamado de urgencia y, segundo, no lo apadrinó ni un poquito en su recorrido por el congreso. Prefirieron, ejecutivo y legislativo, lavarse las manos echándole la culpa a una simple falla formal de coordinación que evitó la conciliación, cuando la realidad, así debe inferirse, es vergonzosa: era premeditado el tiro de gracia a propinarle a la ley anticorrupción, por su proclividad al delito.

Tarde o temprano, sería su raciocinio, cualquiera de ellos, congresista o funcionario, metería no la pata, sino las manos a las arcas del Estado, en cuya eventualidad necesitaría la comodidad de su mansión o palacete para reírse del país mientras ‘paga’ su condena y se apresta a seguir contratando con el Estado.

La historia es terca al mostrarnos repetidamente los hechos. El país se está matando hace décadas o centenas por bobadas salvables, superables. El país se lo roban con descaro hace muchísimos años, pero muy pocas reformas de fondo – judicial, política – han logrado vadear los arroyitos – congreso o Cortes – para enderezar el camino. Ni la voluntad popular, expresada de modo mayoritaria y contundente, es respetada; siempre un escollo se atraviesa en el camino del paraíso, en los buenos propósitos.

La terquedad de la historia también resalta la bobería ciudadana, que, elección tras elección, abraza alborozado una cualquiera de las causas electorales perversas, a sabiendas que por ese rato mercenario de alborozo pasará el resto de su vida rumiando la mala leche de este país, de ese país que, con las mismas taras incrementadas, le heredarán a sus hijos… exponiéndolos a la incertidumbre de un futuro más convulso aún.

 

 

 

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