Usted esta aquí
Inicio > En Actualidad > El reencuentro que nunca se dio

El reencuentro que nunca se dio

Fabio Alejandro Olivella Cicero

Grupo de pensamiento Tardes de Folclor

Leopoldo Dante Tévez se enamoró irremediablemente del vallenato. Tanto así, que puso como condición a los directivos de la CBS, que no se iba de Colombia a continuar su gira internacional hasta no grabar un larga duración de la música de Francisco El Hombre. Esa época será recordada como una de las más prolíficas de nuestro folclor, en la que brillaban con luz propia varios acordeoneros de trayectoria y otros tantos más jóvenes, que a la postre cambiarían de tajo la historia del vallenato. No obstante, los escogidos para acompañar en el acordeón al argentino fueron dos acordeoneros atípicos dentro de la estela musical provinciana: un tal Gustavo Gutiérrez, y un tal Andrés Eliécer Gil.

El primero, el Flaco de Oro, hoy una leyenda viva y perenne del folclor vallenato. El segundo, el Turco Gil, patriarca sin reino ni ralea, un prohombre de nobleza e hidalguía característico de los caballeros de gesta, y de los nacidos en Villanueva, donde se codeó desde niño con los vecinos de los barrios El Cafetal y San Luis: los Calderón, los Zuleta, los Murgas, los Cuadrados, los Romero…

El destino quiso que Andrés Eliécer llegara y se fuera de este mundo un sábado nublado de octubre de 1948, porque más nunca lo llamarían así. Pedro Gil, su abuelo paterno, quedó atónito cuando lo vio por primera vez, al percatarse de que era blanco, gordo y colorao. De allí su sentencia macondiana: Caramba, este pelao parece un turco. En sus propias palabras, él mismo dice que “nació como el gallinazo que primero es blanco y se vuelve negro”. A mi parecer, nunca ha dejado de ser esa ave rapaz; y de eso puede dar fe su última hija, la decimonovena, que la tuvo sexagenario, en el vientre de una veinteañera y, como si fuera poco, vasectomizado.

Sin embargo, contrario a los juglares de su época, el acordeón no fue su primer amor. Es más, ya el instrumento sabía de antemano que con el turco su enamoramiento debía ser pausado y maduro, sin los afanes del gallinazo. En un entorno familiar netamente musical, el pequeño desayunaba, almorzaba y comía melodías que salían de la trompeta de su padre Juan Manuel ‘Juancho’ Gil, o del saxofón y la percusión de su tío materno Reyes Torres, inmortalizado por Escalona en el merengue El Villanuevero, cuando quiso tapar la falta de no bautizarle un hijo. Fue en esta primera infancia que ocurrió algo mágico, único en la historia del vallenato: el Turco empezó a aprender teoría musical.

Esto tampoco es casualidad. En la casa de los Gil desfilaban maestros como Buitrago, Lemus o Edrulfo Polo, protagonistas de la música tropical del caribe colombiano, y con conocimientos técnicos de los secretos del pentagrama. De esta época viene el gusto del Turco Gil por los ritmos caribeños, que terminaría fusionando con el paseo vallenato a finales de los setenta, para dar forma a un género musical único y original, que a los oídos de la audiencia tenía un deje ‘aturcao’, llamándolo finalmente el Paturky: paseo del turco. Un buen ejemplo: La gustadera, de Alberto Murgas, grabada en 1977 por el Binomio de Oro.

Quince años antes, en la Villanueva de principio de los sesentas, los patios de las casas eran compartidos. Las cercas, los linderos entre los vecinos, no existían. Las parrandas podían comenzar en la propiedad de un compadre y terminar cerca de la olla del sancocho de otro. Esa familiaridad entre paisanos hacía posible que, en la mañana, después de fiestas y jolgorios, apareciera en patio ajeno un borracho durmiendo o un instrumento musical olvidado por su dueño.

En una de esas coincidencias maravillosas, en un amanecer villanuevero de su adolescencia, y con el eterno palo de almendro como cómplice, el Turco vio un acordeón de una sola hilera de botones que descansaba sobre un viejo baúl de madera. Era el acordeón, nada más y nada menos, del viejo Emiliano Zuleta; la felicidad inicial del curioso muchacho se tornó en desilusión al comprobar, ya con sus conocimientos musicales, que el instrumento diatónico sólo contaba con 7 notas de las 12 requeridas para ser catalogado como completo: “Era como si al abecedario le faltara el 40% de las palabras”.

Sin embargo, ese encuentro inicial marcó la vida del Turco. Diez años después, ya con el bagaje del conocimiento de la armonía gracias a las enseñanzas del maestro Antonio María Peñaloza, el mismo del legendario Te olvidé, se toparía con el recién llegado acordeón 5 letras de tres hileras, con el cual el mundo conocería al Rey del Disonante. Fue el adiós definitivo a la trompeta.

En su afán de diseccionar la armonía del acordeón, el Turco se obsesionó por encontrar los sonidos que llamaran la atención del oído desprevenido y del entrenado. Pitos que generaran tensión melódica pero que armonizaran con la secuencia musical. En teoría musical se denomina al sonido que no guarda consonancia armónica con los demás sonidos de un conjunto, como un disonante. Con esto, terminó digitando tonos menores con una facilidad atrevida y exótica, los cuales se basan mucho en disonantes, en un género musical en donde predominan las escalas mayores, por lo que supo darle utilidad a los pitos más superiores del teclado diestro del acordeón, que siempre fueron tachados de inservibles. Tanto, que muchos músicos reconocidos le mandaban a quitar esos pitos al acordeón. En palabras famosas del propio Luis Enrique Martínez: “Estos acordeones de ahora vienen con unos piticos maricas”.

Luego de muchos viajes perdidos a Medellín y otros tantos a Cartagena, finalmente graba sus tres primeros sencillos de 78rpm con el Pibe Rivera, que luego de ser cajero, incursiona como vocalista. Por esa época, cerca de la residencia del Turco se muda una familia proveniente del Carmen, Norte de Santander. La hija de los cachacos, una joven saporrita bien proporcionada, de cabello castaño claro peinado con esmero y que descolgaba en ondulaciones simétricas hasta sus caderas, no pasó desapercibida para el Turco, quien una y otra vez le insistía en formalizar una unión, pero los padres nunca vieron con buenos ojos esa relación sentimental. De allí nació el tema La Cachaquita, de autoría del turco Gil, éxito de su primer long play completo, grabado con codiscos, Medellín (1970), a dúo con el cantante Gabriel Chamorro, titulado ‘Que me toquen un paseo’.

A partir de allí graba un total de 22 producciones con diferentes cantantes, siempre con un sello de calidad propio que llamó la atención de los colegas más versados en melodía, como Alfredo Gutiérrez, para quien “el Turco se adelantó 30 años a la música vallenata”. Dentro de todos sus compañeros de fórmula estuvo William Dangond, padre de un muchacho que sería referente del vallenato del siglo XXI, y que bautizaron con el nombre de Silvestre.

Como si el acordeón no fuera suficiente, faltaba el punto de inflexión que marcaría por siempre la vida del Turco Gil. Se dio por la unión de dos factores fundamentales en su personalidad: el don de gente y la capacidad de enseñar. No es sólo que el maestro dominara la temática musical como un verdadero virtuoso, cosa atípica en el medio vallenato de finales de los años setenta. Era su capacidad de transmitir valores, y educar con el ejemplo, lo que permitió que desde 1979 empezara a recibir aprendices que gustaban tanto de su metodología pedagógica como de su trato y paciencia. Al respecto el turco dice que “no conoce la paciencia porque esa es una virtud que necesitan las personas que hacen algo en contra de su voluntad”.

Hasta hoy, la academia ha formado más de 4.000 acordeoneros, entre los que se destacan reyes en todas las categorías del festival vallenato. Hasta el gran Emilianito Zuleta, o figuras de primer orden del género vallenato como Juan Mario de la Espriella, se han acercado a la academia para nutrirse de la sabia del Turco. No obstante, este enamorado eterno de Colombia, soltero empedernido y a la orden, nunca menciona una estadística mucho más elocuente que la que habla de los niños y jóvenes de escasos recursos a los que las melodías del vallenato han sacado de la pobreza mental, que es la peor, o de los vicios.

En su trasegar por el mundo con los Niños del Vallenato, el Turco Gil ha andado la seca y la meca, de oriente a occidente, y con personajes tan disímiles como Clinton y Chávez. Con el primero existe una admiración mutua tan cercana que el ex presidente estadounidense lo colocó de referente en uno de sus libros, como ejemplo de superación en zonas de conflicto armado. Y con el segundo hubo cuatro encuentros en los que la empatía llegó al punto de decir que “el presidente Chávez fue mi llave”. Estamos hablando del hijo de Luisa Torres, señora de hogar, el que se derrite por la comida de monte, ese mismo que se codea con uno de los hombres más influyentes del mundo occidental y, al mismo tiempo, era amigo personal de la figura política más importante que ha dado la izquierda socialista en los últimos años.

Ese es el Turco Gil. Un guajiro que transpira elegancia y gallardía. De rasgos típicos de las personas predominantemente auditivas. De caminar rítmico y pausado, que se ajusta perfectamente a su vestimenta casi siempre monocromática. No es muy expresivo con los brazos, aunque es frecuente que se presione suavemente la nariz con el pulgar y el dedo índice cuando conversa. De memoria prodigiosa, recuerda con beneplácito sus momentos vividos con Héctor Zuleta, el único de sus amigos que le ha llevado serenata; ‘qué sería del vallenato si Héctor estuviera vivo’, dice. Su única infidelidad es a Santo Tomás, patrono de Villanueva, porque el Turco se declara fiel seguidor de Santo Eccehomo; nunca sale sin hacer una oración de rodillas, y lee la biblia con frecuencia. La vista se le ha ido perdiendo progresivamente por culpa del glaucoma, o más bien de la EPS que desde hace siete años no le autoriza la brimonidina ni el travoprost que utiliza para bajar la presión ocular.

Hace 1 año, el creador, intérprete, prohombre, arreglista, director, maestro, gallinazo y patriarca Andrés el turco Gil, recibió una llamada. Del otro lado de la línea, una voz profunda, nítida e intensa lo saludaba. Era Leopoldo Dante Tévez, más conocido como Leo Dan, cantante y compositor argentino, estrella de primerísimo nivel de la cultura latinoamericana, que rememoró con el Turco aquel año de 1980 cuando grabaron un disco completo titulado Vallenato, del que destacaron las 3 composiciones del argentino, y la versión sui géneris de La Brasilera, de Escalona. Fue una conversación cargada de nostalgia; luego de elogios mutuos, quedaron de verse. Finalmente, los achaques propios de la edad, o la excusa de los achaques propios de la edad, no permitieron el reencuentro. Larga vida, Maestro de maestros.

 

Con especial aprecio y admiración a mi maestro el Turco Gil.

Deja un comentario

Top