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¿Proteger o momificar al Vallenato?

Por: Rodolfo Quintero Romero

rodoquintero@yahoo.com

 “No hace falta defenderlo

a este folclor de la Sierra.

 Que ya está anclado en la tierra,

 como el sombrero de Alejo.”

 Carlos Vives

 El tango, la ranchera, la salsa y el porro son géneros musicales que en su momento conquistaron el gusto de millones de personas en sus países de origen y luego allende sus fronteras. Durante años estuvieron de moda, pero cuando nadie imaginaba que decaería su popularidad se vinieron a menos, desaparecieron o quedaron confinados al culto de reducidos círculos de amantes nostálgicos de una música que envejeció antes de que ellos perdieran la memoria de sus amores adolescentes.

En su momento fueron muy populares, tuvieron intérpretes, compositores y cantantes famosos; no obstante, terminaron  reemplazados por nuevos ritmos, en apariencia de inferior calidad,que hicieron las delicias de nuevas generaciones. Nadie hoy los tiene en cuenta.  Se agotaron por falta de flexibilidad y renovación. Mantuvieron el mismo formato “de la cuna hasta la tumba”, creyendo que allí estaba su fortaleza y no su debilidad.

En cambio, la música vallenata, con más de cien años de antigüedad, demasiados para una música folclórica, sigue viva y cautivando el gusto de millones de jóvenes. ¿Cómo explicar su vigencia? ¿Qué tiene el vallenato que no tuvieron los géneros antes mencionados? La respuesta es simple: innovación. Sí, innovación. Ese reinventarse, una y otra vez, que tanto fastidia a los puristas del folclor, ha sido el mejor seguro de vida del vallenato.

Tal vez la referencia escrita más antigua de la presencia en la costa Caribe del acordeón, la caja y la guacharaca se encuentre en el libro Indios y viajeros. Los viajes de Joseph de Brettes y Georges Sogler por el norte de Colombia, 1892-1896, compilados por Juan Camilo Niño. Allí el francés Joseph de Brettes describe las tormentosas noches de insomnio que vivió en Río Frío y Aracataca, el 14 y 15 de febrero de 1896, por culpa de una cumbiamba amenizada con nuestros tres instrumentos típicos.

Desde entonces el vallenato ha sido sometido a una permanente transformación. Por eso es tan difícil o casi imposible hablar del auténtico o tradicional al que hay que proteger o salvaguardar. ¿A cuál se refieren? ¿Al que se tocaba con acordeón moruno acompañado de una caja de dos parches y guacharaca de un metro de largo? ¿Al que se interpreta con concertina o con guitarras? Y, ¿De qué o de quién hay que protegerlo? Lo que debemos hacer, más bien, es redimirlo, liberarlo de sus mitos.

En sus inicios el acordeonero tocaba, componía, cantaba sus canciones y se esmeraba por construir su propia y singular rutina que permitía sin equívocos distinguirlo a la distancia. Eso ya no es relevante ni posible. El acordeón amenizó cumbiambas, “colitas”, parrandas, cumpleaños, bautizos, matrimonios y fiestas patronales. Por supuesto, como cualquier otro ritmo musical del Caribe, desde siempre animó bailes populares y francachelas de jóvenes adinerados.

El mito de que el vallenato no se bailaba es reciente. Lo inventó la imaginación febril de Gabriel García Márquez. No se hacía en las parrandas por ausencia de mujeres porque este era un rito de hombres, pero la música vallenata no se agotaba en ellas. Los mismos acordeoneros se encargaron de poner bailes en los pueblos donde llegaban de correduría. Acostumbraban cobrar por cada pieza tocada o bailada, mientras la dueña o dueño del local o prostíbulo vendía el ron u otros servicios…

La primera divulgación masiva de la música vallenata se hizo a través de guitarras y no de acordeones como podría esperarse; después estos llegaron a las casas de grabación y desde su tierna infancia sus intérpretes no han puesto reparo en acompañarlo con el cencerro, la timba, el bombardino, saxofón, clarinete, bajo eléctrico, batería, redoblante y sintetizadores, entre otros. Con el tiempo también aparecieron cantantes, coristas, fusiones, equipos de sonido y todo lo que consideraron ayudaba al éxito de sus grabaciones y presentaciones. Es decir, no ha habido modelos ni referentes rígidos. ¿A partir de qué criterio vamos, entonces, a definir lo que es o no tradicional?

En 1968 llegó el Festival Vallenato. Si bien sirvió en sus inicios para promover y divulgar el folclor, también dio origen a normas arbitrarias que definieron qué era y qué no la música autóctona. Surgieron folclorólogos que decidieron que, a la manera del concilio de Nicea con los evangelios, solo había cuatro ritmos vallenatos: puya, merengue, paseo y son; que debían interpretarse con caja, guacharaca y acordeón e incluso determinaron que este último solo podría ser aquel con teclado de tres hileras. Si antaño los músicos adoptaban los nuevos modelos de acordeón que salían al mercado, ¿por qué no podían seguir haciéndolo con los más recientes?

Si los aires vallenatos surgieron poco a poco y no simultáneamente, ¿por qué no podrían aparecer nuevos ritmos en el futuro? Porque congelaron por decreto su evolución. Lo hicieron, tal vez, con el propósito de preservar el folclor o, quizás, para poner en desventaja a músicos de otras regiones. Se sabe, por ejemplo, que en nombre de la tradición se estigmatizó a los intérpretes de la escuela sabanera, renovación que, en su momento, a juicio de García Márquez: “fue lo mejor que le pudo pasar al Vallenato”.

Por fortuna, nuestros músicos y compositores ignoraron esos cánones de pureza y formaron conjuntos musicales modernos e innovadores dando origen a lo que hoy se conoce como el “vallenato comercial”. El de las grabaciones, las casetas, los conciertos. El que bailamos y cantamos; con el que nos enamoramos y emborrachamos; el que generó millones de fans y volvió famosa a Valledupar. El mismo que con su éxito ha convertido el concurso de acordeones en un museo o en una muestra retro de la cultura vallenata.

El que acabó también con las parrandas, salas cunas de nuestras mejores canciones, que ahora intentan revivir de manera artificial, a sabiendas de que ni a los muchachos les seduce emborracharse en torno a un conjunto típico ni las muchachas están dispuestas a participar en rituales machistas donde ellas no pintan para nada. Prefieren “parrandear” en los conciertos. No porque el vallenato esté en crisis sino porque los hábitos y las costumbres cambian. Lo nuevo, guste o no, siempre emerge con su impertinencia renovadora.

El vallenato vive porque está en ebullición. No solo por la dinámica del mercado sino porque los músicos, como artistas que son, cultivan un espíritu liberal, creativo y abierto. Hay críticos que matizan y dicen que: “hay que innovar, pero sin perder la esencia”, y suena bien, pero no se ponen de acuerdo en qué consiste dicha “esencia” y es muy fácil con esta excusa maniatarlo, ponerle un corsé y momificarlo. La parroquial mentalidad conservadora siempre descalificará a los herejes apelando al mito de un vallenato tradicional inexistente. Olvidan que lo que hoy es escándalo y heterodoxia mañana suele convertirse en un clásico.

Nuestros jóvenes músicos están haciendo un vallenato tan puro y legítimo como el que les precedió. Interpretan el sentir y el lenguaje de una población urbana que interactúa con otros ritmos modernos gracias a la tecnología y la globalización. Antes se componía pensando en la región, hoy en el país y en un público internacional. No esperemos, entonces, que hagan canciones enfocados en la parroquia ni que respeten los cuatro ritmos del vallenato como si este fuera inmutable.

Exijámosles, en cambio, más poesía y calidad literaria en la letra de sus canciones; superar el machismo, el romanticismo cursi, la apología pueblerina al consumo de alcohol; y abandonar los fatigantes saludos en las grabaciones. Pidámosles más preocupación por lo que ocurre en su entorno y, sobre todo, tomar distancia de los grupos ilegales. Es esta falta de modernidad el verdadero y mayor enemigo del vallenato de hoy y de mañana.

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