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“Ni después de muerto callan a Diomedes”

Por:  Gabriel Angulo Ospino

g.e.a.o@hotmail.com

Una dama caminaba desprevenidamente por la calle y de repente el alto volumen de los parlantes de un carro que pasaba por allí la despertó de su ensimismamiento y espetó su pensamiento, sin conocerme y mirándome sin intención de armar corrillo: “Ni después de muerto callan a Diomedes”.

Eran los días del Festival y el Valle era un hervidero de gentes salidas de todas partes con ansias de untarse de ese ritmo tan pegajoso que es el vallenato y del cual ya existen varias vertientes a nivel nacional e internacional.

Hacía días que yo pensaba que debía escribir algo positivo sobre el Cacique de la Junta, pero con tanta prensa escribiendo sobre lo mismo pensé que ni siquiera una carta de opinión de las que publican en un rinconcito de un periódico la tendrían en cuenta.

El título de este artículo no pretende ser la condensación de lo que representa Diomedes Díaz en el ideario costeño de la música popular y por qué no de la universal.

Es una idea que flota en el éter y parece que de forma sutil se mete en tus oídos y no sabes por qué en tus cavilaciones más profundas está la música del extinto pero no desaparecido cantautor de música vallenata.

Cientos de veces hemos asistido a las ceremonias de último adiós a seres extraordinarios de la vida intelectual y académica, política, artística y el manido lema “se fue pero vivirá en nuestros corazones “no es sino paporreta del momento.

Quien lo vive es quien lo goza, reza el lema del carnaval de Barranquilla y hay que estar cerca de un  barranquillero en sangre y amistad para entender que llevan el carnaval en su ADN,  y que me perdonen los científicos por semejante aseveración tan desmesurada, pero lo mismo podemos decir de los vallenatos raizales cuya sangre no corre sino que se acompasa con los golpes de la caja, el rasca-rasca de la guacharaca complementado por el melodioso acordeón.

Con el avivamiento de sus primeros éxitos musicales debido a la todavía cercana partida, que el imaginó, como sería en reiteradas ocasiones en entrevistas, además de la emisión de su vida novelada por una cadena televisiva, fue más fuerte el sentir a Diomedes en este próximo pasado festival de la leyenda vallenata que en el anterior cuando se le rindió homenaje.

Hubo romerías de turistas y curiosos de todos lados a los sitios donde vivió su primera infancia y parte de su juventud, también como a los sitios que ya de grande en el folclor llenó con su estilo y con su música y como si el mundo de Macondo fuera infinito y tuviese una ventana al más allá, su tumba se vio más visitada que la de santo milagroso.

Para los cultores del folclor del Valle como se le llama cariñosamente, lo que sucedió y sigue sucediendo no es otra cosa que la veneración de un pueblo a su ídolo musical, pero para el ciudadano de a pie que va por la acera desprevenido y se encuentra con un automóvil que con los parlantes a todo volumen esparce las notas del Cacique, que fueron grabadas hace treinta años y que suenan como si hubiera sido ayer, me atrevo a aseverar “al Cacique ni después de muerto lo callan”

 

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