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Nafer, músico innato

Por: Ciro Alfonso Quiroz Otero

Voy de la mano de mis recuerdos intentando formar imágenes de la juventud cuando ya ha transcurrido la mayor parte de mi vida. Evoco los sueños no realizados y concluyo que poco queda pendiente como para aferrarme a la esperanza; solo el debate de la nostalgia llega a mi rescate.

Mi pueblo, El Paso, del cual sabía apenas que era muy antiguo, que allí empezó para la América entera la ganadería con Alonso Luis de Lugo. Y que allá habían llegado los primeros africanos: altos, sólidos y contadores de historias, que revivían su pasado en tonadas alusivas a lo que acontecía y, en ocasiones, con su carga de humor o de sátiras musicales con el pito, el tambor y la guacharaca, instrumentos que servían para expresar sus alegrías y sus frustraciones.

En lo laboral fueron pastores, bogas y socoladores; las familias permanecieron intactas en sus organizaciones sociales y en sus variadas tradiciones. La oralidad fue su único canal para contar el pasado, a la par del repentismo en mentes que sobresalían como las más inteligentes del grupo, todos predispuestos para un tipo de poesía criolla o cantos de versos fijos con sus responsos que aún perviven en algunos linajes del pueblo. Suficiente para mantener la coherencia y la sumisión a un pasado con su presente, cuyas expresiones culturales se manifiestan a través de la música que se transmite de unos a otros dentro de la supervivencia y la autoctonía que palpita en las descendencias como el primer día.

Serían las tonadas de vaquería, de los bogas, los verseadores de las zafras o socolas, llevadas todas a los rudimentarios instrumentos que prolongaron sus vestigios vivientes en la raza, donde hubo dispersiones, primero concentrándose, después en otro tipo de versiones, todas con una misma raíz.

Por esto, tomo como ejemplo específicamente a la familia Durán, que como otras siguen constituyendo las raíces de un pasado que se muestra en la actualidad. En el caso de los Durán, les precede cuatro o cinco generaciones en las que ha perdurado su proyección artística, de la cual se ha ocupado con frecuencia la literatura e investigadores sociales de todo orden.

En mi caso, sirvió de patrón para mi libro Vallenato, hombre y canto, escrito en 1983, que ha servido de cabeza de proceso para los actuales estudiosos. Me detendré en uno de ellos, Nafer, hermano de Alejandro y Luis Felipe; dentro de su música fue mi cantor de cuna, determinándome a entender las cosas de la sociología, cantadas en el terruño donde las únicas opciones laborales y del arte las constituían las riñas de gallo, los vaqueros briosos y famosos y los acordeoneros, de quienes se ocupaban también la fama, a la par de un buen trompeador, comparables con las piquerias o riñas de acordeoneros entre sí.

En mi juventud, fue para mí un espectáculo las cumbias o cumbiambas donde Nafer contendía con otros acordeoneros. Lo admirábamos dentro del conglomerado y los espacios regionales para la música, cuando esta actividad folclórica empezó a conocerse y difundirse. Nafer era nuestro preferido por la brillantez de sus notas, por la rutina o audacia en el canto, por la armonía y las historias referentes a los sucesos regionales.

Desde niño supimos de su vida musical temprana y también de su poca habilidad musical inicial para cantar, hasta cuando en una reyerta distante Samuel Martínez, otro acordeonero, refiriéndose a él como un posible adversario dado que todo el mundo hablaba que podría superarlo a futuro, se anticipó aprovechando una supuesta timidez de Nafer, y le cantó:

El músico que toca y no canta

no debe salir a la calle

porque es una vergüenza que pasa

si se encuentra con el negro Samue.

Hasta allí llegó la mudez musical de Nafer, que contestó:

Sal de la loma yo te lo aconsejo

para esas ciudades que ahora son modernas

o si no tengo que hacerte un potrero

con mucho pasto para que te mantengas

Desde entonces, cantó y respondió Nafer a todo el que se le atravesaba.

Sus hermanos, ya famosos en la región Caribe, primeros en grabar discos, ya de vuelta a El Paso se fueron nuevamente a Barranquilla con él. Tocaban solo lo que ellos componían, merengues incisivos y retadores que los músicos modernos han popularizado como La Grabadora, La Zoológica; y en el género romántico, el bello paseo: Sin ti, que tantos músicos actuales han grabado.

Hay más. Aprobado el proyecto del largometraje ‘Tiempo para morir’, de Gabriel García Márquez, el acordeonero escogido fue Nafer Durán. Su música fue base para que la sinfónica de la Habana inspirara su banda sonora.

La fama de Nafer lo ubica hoy como el ultimo juglar de una era irrepetible y el ultimo que compone, toca, improvisa y se envuelve en piquería, con su acordeón, con el que sea y con tanta maestría que Consuelo Araujo Noguera lo definió como “El mejor componedor de melodías”, porque Nafer es improvisador nato y único sabio del tono menor. Hay que verlo, sobre todo, como culebrea cuando se trata de parranda, incluso hoy a sus casi 90 años, y que aun dispone sus conocimientos y los secretos de su acordeón enseñando a niños que lo admiran.

Son muchos los premios que obtuvo, primero en Noches de Colombia, cuando existía Colcultura. Rey Vallenato dos veces, pero la segunda vez desplazado a un segundo puesto por ser ‘demasiado campesino’, según el jurado del momento. Declarado fuera de concurso una tercera vez, no existiendo esta calidad en el reglamento, ya que, siendo jurado García Márquez, detectó que entre los tres finalistas se encontraba Rojas Buendía, apellido connotado en su novela.

Lo anterior es apenas una reminiscencia porque Nafer ha ganado concursos en todo el país y concurre aun a cuanto festival lo inviten como representante auténtico del folclor vallenato, contándose sus muchos viajes al exterior. La gente se pregunta, y quienes conocemos de su trayectoria y autenticidad nos extrañamos, por la marginalidad que ha tenido para con él, el Festival de la Leyenda de los acordeones.

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