Usted esta aquí
Inicio > En Actualidad > De Macondo a la tierra del olvido

De Macondo a la tierra del olvido

Por: Carlos Luis Liñán

carlolitres@gmail.com

Cuentan que llegó a Valledupar, contagiado de la fiebre del vallenato, después del éxito obtenido con la novela Escalona. Todavía le decían ‘el Gallito’. Se acercó a lo más granado del folclor, la Sapiencia Suma, buscando el apoyo para una idea que le daba vueltas en la cabeza: fusionar la música del acordeón con ritmos foráneos y modernos. Las críticas no se hicieron esperar. Se burlaron de sus pantalones cortos, de su pelo largo y sus chanclas; lo señalaron porque esa idea colocaba en peligro al vallenato tradicional que debía preservarse; lo tildaron de loco y vaticinaron que fracasaría. Él se limitó a escuchar en silencio y, con extraordinario poder de decisión, continuó.

Un par de años más tarde, ‘El Gallito’ regresó a Valledupar para  una presentación en el Festival Vallenato. Empezaba a ser reconocido por su nombre de pila, Carlos Vives. Ya contaba con un grupo de locos, que lo estaban tanto o más que él,  que creyeron y apostaron. Egidio Cuadrado, Mayte Montero, Teto Ocampo, el Papa Pastor, Carlos Huertas Jr. Aquel día, ya en el bus y después del show, le gritaron: “Oye, Carlos Vives, ¡el vallenato no te pertenece!” Escuchó en silencio, y parándose firme asumió el riesgo que corren quienes perseveran: ver como sus sueños se hacen realidad.

Hoy Carlos Vives es sinónimo de colombianidad, algo que, guardando las proporciones, solo había sido logrado por Gabriel García Márquez. Es que, comparando la obra musical del samario con la literatura de Gabito, podemos encontrar ciertas afinidades, puntos de convergencias que van más allá del Caribe y los vallenatos.

  1. ESCALONA: UN CANTO A LA VIDA

Antes de 1950, Valledupar era una aldea más, de las muchas que había en el Magdalena Grande. El vallenato no existía, era solo la ‘música de acordeón’ que escuchaba la clase baja, los ‘patirrajá’. Hasta que, como una teofanía, apareció alguien que subió de estatus este tipo de manifestación artística. Siendo capaz de relacionarse con los juglares más humildes, demostrándoles su admiración y respeto, sin dejar de codearse, al mismo tiempo, con la crema y la nata de la sociedad, de la cual venía y a la cual pertenecía, Rafael Calixto Escalona Martínez derribó las barreras y abrió las fronteras al vallenato.

Los cantos de Escalona se regaron como pólvora, hasta llegar a oídos de un joven redactor de El Universal, un desertor de la facultad de Derecho de la Universidad Nacional, Gabriel García Márquez, quien se enamoró de inmediato de la música de acordeón y empezó a frecuentar la región, donde nacían esas canciones tan bonitas, bajo cualquier pretexto, desde vender libros hasta tomar ron.

Escalona y Gabo no llegan a conocerse sino hasta 1950, cuando el futuro nobel era reportero de El Heraldo. Fue desde este periódico donde Gabito, sobre los lomos de ‘la Jirafa’, empezó a construir toda una literatura alrededor del vallenato que culminó con ‘Cien años de Soledad’ que, según su autor, no es otra cosa más que un vallenato de 350 páginas.

A principios de 1990, Carlos Vives también se ve influenciado por Escalona. Ya había escuchado sus canciones, se las sabía de memoria porque su papá Luis Aurelio Vives Echeverría era un parrandero empedernido y amante del vallenato, pero poca atención le había prestado quizá por ese espíritu rebelde que impulsa a los hijos a llevarle la contraria a los padres.  El caso es que, gracias a la televisión, Vives empieza a caminar por la senda de los vallenatos de Escalona y alcanza el éxito. Esta vía lo condujo a grabar los ‘Clásicos de la Provincia’ y, de nuevo, logra el éxito.

  1. EL REALISMO MÁGICO Y EL ROCK DE MI PUEBLO

Gabo se inventó un género literario totalmente nuevo, el realismo mágico, que partía de la realidad, exagerándola y conjugando las dos caras de la moneda verdad-mentira. Por su parte, Carlos Vives fue capaz de generar un sonido y crear un género musical, tan extraño y original que aún no han podido rotularlo: no es rock, no es vallenato, no es pop, no es tropipop; él simplemente lo llama: ‘el rock de mi pueblo’.

Un dato curioso: el símbolo de Macondo son sus mariposas amarillas y en la portada del álbum ‘Déjame Entrar’ (2011), Vives aparece sosteniendo un ramo de rosas… ¡amarillas!

  1. UN VALLENATO ENTRE EL MISISIPI Y LUISIANA…

El estado norteamericano del Misisipi es rico culturalmente por varias razones. Igual que su vecino Luisiana. Ambos fueron el asentamiento de tres tribus de nativos americanos, los chickasaw, los choctaw y los Natchez. Españoles y franceses llegaron a la zona alrededor de 1541, pero después el territorio se anexionó a Reino Unido. Esta fue la zona de concentración de la mano de obra negra que provenía como esclavos del África a trabajar en los grandes algodonales y debido a la multiculturalidad fue esta la cuna de unas expresiones originales como el cajún, el blues y el jazz que dieron paso al zydeco y al rock and roll.

En este ambiente y en este escenario, a orillas del inmenso río Misisipi, nació William Faulkner, ganador del premio Nobel de Literatura en  1949. Faulkner fue el primero en inventar un lugar donde cualquier cosa podía suceder, un condado ficticio, el marco perfecto para sus novelas, Yoknatawpha, una tierra dividida entre el realismo y la pesadilla de lo nunca ocurrido, entre la autobiografía y lo fantástico.

Inspirado por el norteamericano, Gabo creó su propio lugar, un pueblo ficticio ubicado en algún lugar del Caribe colombiano y donde también suceden las historias más fantásticas e inverosímiles: Macondo.  No sé si por influencia indirecta o premeditación, Carlos Vives hizo lo suyo y en varias de sus canciones menciona a ‘la tierra del olvido’ como un lugar mágico, sagrado, casi que inalcanzable.

Gabo habló de su relación con Faulkner en ‘El olor de la guayaba’, una conversación amena y familiar que sostuvo con Plinio Apuleyo Mendoza y donde prácticamente desnuda su alma. Vives deja entrever este influjo faulkneriano  en su admiración por el Zydeco, el blues y el rock. En la canción ‘Décimas’, incluida en su álbum ‘Déjame Entrar’ (2011), compara Barranquilla con New Orleans.

En Vives encontramos elementos que son recurrentes en la literatura de Gabo: el tren y el río Magdalena, la magia, el anhelo por el pasado que ya no es, los abuelos, la admiración por los juglares y el vallenato, el respeto y el orgullo que se siente por lo propio, demostrando así que  el vallenato y las historias del caribe colombiano están escritas en un lenguaje universal.

Deja un comentario

Top