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…Y lo hicieron posible mujeres cesarenses

Por: María Mercedes Molina Araújo

mariamercedes.molina@hotmail.com

“¿Pudo ser la mujer en algún momento ella misma?

Influencias trascendentales marcaron su ruta de modo ineludible. Su forma psicológica está llena de cicatrices deformativas. Dos mil años de Historia han modificado profundamente su ser; y, por último, la asimilación de cultura de carácter exclusivamente varonil influirá todavía en ella, posiblemente durante siglos, velando su esencia íntima.”  “La mujer jurista habría mantenido otro concepto de la justicia, la científica habría dado otro empleo a la ciencia; la industria, el comercio, el Estado y la Religión habrían tomado indudablemente formas diferentes bajo una hipotética influencia directa de la mujer”.                                                                                            

La secreta guerra de los sexos.

Muy agradecida por la invitación que me hiciera la revista Enfoque Vallenato a participar con este artículo, para la edición “50 Años del Cesar”.

Y, pensando en esta invitación, miro retrospectivamente el desarrollo de nuestro departamento para encontrarme que los estudios sobre las mujeres constituyen una nueva área de conocimiento que ha incorporado al saber y a la investigación nuevas perspectivas de análisis, nuevas preguntas e hipótesis de trabajo; contribuyendo, además, a crear un pensamiento crítico de gran proyección e influencia social.

La historia y evolución del Cesar, nos lleva a encontramos con las representaciones de muchas mujeres, con multiformes caras y figuras, precursoras de leyendas y del mágico mundo vallenato.

Tendría unos pocos años de vida, todavía sin uso de razón, cuando el 21 de diciembre de 1967, tras haber pertenecido al Magdalena grande, se creó por Ley 25 del 21 de junio de 1967 el Departamento del Cesar con su capital Valledupar. Crecí al lado de mí departamento y, juntamente conmigo, crecieron varias generaciones de mujeres capaces, audaces, valientes, inteligentes, genuinas, glamorosas e intrépidas. Muchas de ellas han vivido marginadas por causa de un machismo imperante, producto de un matriarcado aún más machista que ellos mismos.

Hoy recuerdo a estas mujeres, las cuales, a través de sus ejemplos de vida, han dejado una huella indeleble en la historia de este departamento. Creadoras de sueños; forjadoras de caminos, gestoras de cultura, empresarias, amas de casa. Ellas, artífices de nuestra historia. Estoy pensando en María Concepción Loperena que, antes de la creación del departamento, marcó el destino de esta región, liderando el acto independentista pronunciando el acta de independencia de la ciudad de Valledupar el 4 de febrero de 1813, a las 10 de la mañana. Defensora de la campaña libertadora, sirve de inspiración a las generaciones venideras del Valle del Cacique Upar.

Mujeres como doña Rosario Pumarejo de López, Paulina Mejía de Castro Monsalvo, gobernadora del Cesar; Olga Riaño de Valle Meza, María Uhía de Meza, líder social, activista política; Rosita Dávila de Cuello, Leticia Pupo, Leonor Baute de Araujo, Elisa Castro de Dangond, Lucila Barrera de Pimiento y todas las Saras, Claras, Fidelias, Lourdes, Josefinas, mujeres de esta tierra cesarense que participaron feroz y activamente en la concepción y parto de la naciente región cesarense; hoy les estamos reconociendo su grandioso aporte.

También, mis recuerdos vuelan hacia otra valiente y aguerrida mujer, Consuelo Araújo Noguera, apasionada líder social, gestora cultural, fundadora del Festival de la Leyenda Vallenata, escritora, periodista, vehemente defensora y visionaria de la música y cultura Vallenata. Una mujer ordinaria con una determinación extraordinaria. Se embarazó de un sueño musical y parió una realidad, trazando el camino de una gestión cultural que más tarde se convertiría en el motor del género musical más importante de Colombia, el Vallenato.

Myriam Pupo, amiga incondicional que, desde las trincheras de su casa, apoyó y defendió proyectos culturales y sociales en beneficio del Cesar. Sofi Cotes creadora y directora del ballet vallenato. María Inés Castro de Ariza, líder cívica y gobernadora del departamento; María Clara Quintero de Daza, empresaria, única mujer en ocupar el cargo de alcaldesa de Valledupar. Ellas nos enseñan que todos tenemos un propósito y una misión en la vida con un claro sentido de destino.

También, hago memoria de mujeres que no puedo dejar de mencionar, que se han destacado en el ámbito nacional por ocupar altos cargos: en el Consejo de Estado, Olga Valle de De La Hoz y Rocío Araujo Oñate. María Consuelo Araújo Castro, en la Secretaria de Integración Social de Bogotá y en los ministerios de cultura y relaciones públicas. En la academia, Gelka Gutiérrez, actual directora de la Universidad del Área Andina. En el sector agroindustrial, Doris Castro de Villazón. En la música Vallenata, machista por excelencia, cantantes, intérpretes, compositoras y gestoras culturales como Sandra Arregocés que se lanzan en búsqueda de sus sueños con el festival de mujeres “Evafe”, dispuestas a morir en el intento, esgrimiendo una determinación apabullante, braceando fuerte, seguras que lo pueden lograr. ¡Y lo lograrán!

Callar frente al desconocimiento de la gestión de la mujer cesarense sería un error imperdonable. Las estadísticas muestran que, en cinco décadas de historia, solo el seis por ciento de los líderes que han comandado los destinos del Cesar han sido mujeres. De 34 gobernadores, solo una dirigió los destinos por tres años y otra por un año. Ni que decir de la Alcaldía de nuestra capital, que ha tenido una única mujer alcalde.

Ante esta realidad, no sé a quién cuestionar, a los hombres por excluyentes o a las mujeres de esta tierra por haberse contentado con tan poco, por no permitirse desear más, buscar más, lograr más. Diferentes variables, como conflictos sociales, estilo de vida, crecimiento poblacional, estructuras económicas, movimientos urbanos y rurales, entre otros, podrían ser las causas.

Asimismo, la educación tiene una causa determinante en la vida laboral de la mujer cesarense; educación que estaba regida por la política educativa y la ideología de género. Por un lado, iban las exigencias de la educación religiosa y, por otro, los moldes de vida hechos por la cultura patriarcal y machista que comprometían a la sociedad en general. Estos factores culturales, ligados a la condición de ser mujer, las obligaban a estar en una constante opresión y discriminación en la vida cotidiana que afectaba directamente sus aspiraciones educativas y truncaba las oportunidades de trabajar como ser libre.

Hasta hace poco tiempo, el hecho de ser mujer les endosaba la condición de inferioridad e inhabilidad. En la Nueva Historia de Colombia, Velásquez cita: “El derecho a ejercer y desarrollar sus facultades intelectuales y materiales, se le conculcaba al prohibírsele la administración de sus bienes y la posibilidad de contraer obligaciones económicas. Además de la segregación existente en materia educativa, que le impedía acceder al ejercicio de profesiones liberales”.

Los prejuicios culturales de esta sociedad cesarense fueron predominantes, la mujer fue objeto de discriminación laboral remunerada y, de igual manera, marginada de las instituciones escolares. Esta sociedad sostenía que ellas habían nacido para estar en el hogar, en actividades domésticas, a la crianza y a la educación de los hijos.

Este panorama de suaves tonos grises comienza a cambiar con la creación del departamento. Un hermoso colorido de libertad toma la región y se entra en un despertar pausado, el cual fue dinamizado gracias a las políticas estatales que impulsaban la siembra del algodón, arroz, café, y que trajo como consecuencia gran parte de las migraciones, engendrando necesidades que fueron transformadas en avances. Aquí, la educación, en especial la femenina, empieza a superar las aprensiones impuestas por nuestra sociedad machista y de esta manera los papeles laborales de las mujeres se fortalecen con mejores oportunidades, levantando la mirada hacia el progreso de la ciudad.

De esta manera, podemos decir que las mujeres han aportado de manera significativa al progreso de la región, partiendo de su rol de reproductoras de la fuerza de trabajo, la crianza y mantenimiento de los hijos, las labores domésticas, sus trabajos como recolectoras y jornaleras de fincas productoras de la comarca;  hasta asumir sus papeles como profesoras, secretarias, alumnas, artistas, ejecutivas, políticas, gobernantes, visionarias, capaces de romper y dejar atrás los esquemas tradicionales, costumbristas y religiosos, impuestos por la sociedad.

Mi cordial invitación para todas las mujeres: continuemos marchando con el orgullo intacto y la frente en alto. Saquemos adelante nuestra región, aportemos lo que tenemos y hagamos de nuestro entorno un mejor lugar donde vivir. Dejémosle a nuestros hijos y nietos una región mejor que la que nosotros encontramos. ¡Dios nos ayude!

Un abrazo de mujer y muchas bendiciones…

 

     

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