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«La UPC se percibe desprestigiada, corrupta, politiqueada, carente de principios rectores…»

Las siguientes fueron las palabras de instalación y apertura del XV Diálogo de Ciudad – La UPC – a cargo de Dickson Quiroz.

Señores y señoras:

Las reglas de la cortesía se imponen. Aun siendo un lugar común, agradezco la nutrida presencia que hoy nos acompaña, una presencia calificada que acentúa mi convicción de la avidez y feracidad de los vallenatos para conocer y debatir los problemas de su ciudad.

Parecería un contrasentido que esa disponibilidad anímica y ciudadana no fuese correspondida por un accionar propositivo que entrañara más pertenencia con el territorio, más participación ciudadana, más interlocución válida. Y no me refiero al irrelevante susurreo o crítica sibilina, casi a las escondidas, que solemos hacer en los tertuliaderos o debajo de los palos de mango .

Vea aquí: Intervención o constituyente universitaria: dos posibles vías para recuperar la UPC

Y si, es un contrasentido la pervivencia de esa avidez y de ese inconformismo latente que uno siente bullir en el interior de los vallenatos vs. su pasividad, su aparente resignación, su déjame estar, condición que no le ha permitido al territorio superar el estado de abandono y atraso en que hoy está sumido.

Pero no siempre ha sido así. Aunque son contadas las excepciones, la historia nos muestra algunas conquistas épicas que demuestran que ese estado de pasividad no es connatural a la persona vallenata, ni a ninguna otra cualquiera sea su nacionalidad, que puede modificarse a condición de que lo eduquen y formen con nuevos paradigmas o a condición de que un liderazgo surgido sea capaz de concitar, convocar y conducir a una colectividad determinada a buen puerto. ¿Si no, cómo explicarnos la creación del departamento del Cesar?

Debo confesarles que siempre me conmuevo y me conturbo cuando a menudo me abstraigo y pienso en este discurrir, en el presente y probable futuro de nuestro territorio. Creo que lo mismo ha de ocurrirle a todos aquellos que se reputan analistas socio – políticos y económicos. Al visualizar la secuencia fotográfica de la región, de nuestro pueblo vallenato, veo muchas fortalezas endógenas, pero muchas desaprovechadas en el tiempo, y muchas debilitadas… Y siempre veo las manos temblorosas y el rostro anodino de mis conciudadanos, veo el mío propio, que no puede con la culpa por ser autor o cómplice de la deshumanización que depreda nuestras instituciones o permite sin inmutarse, inclusive disfrutándola, esa devastación… sobre todo de la ética, siempre la primera damnificada.

Si, sufro de pesadillas. Cómo no sobresaltarme al conocer los precarios indicadores socio-económicos – en pobreza monetaria y absoluta, en informalidad, en competitividad, en ingresos per cápita, en desempleo, que deslucen al departamento y a Valledupar. Cómo no alterarme al conocer el creciente y amenazante deterioro de nuestro medio ambiente y su recurso hídrico. Cómo no angustiarme al constatar esa orfandad de liderazgo que no procura procesos de unidad social para enfrentar ese individualismo que no solo pone zancadillas, mas también autoriza con su silencio los innumerables desmanes perpetrados contra la salud ética y política del territorio.     

En esa abstracción, cómo soslayar el papel misional de la educación en general, y de las universidades en particular, de todas, porque todas están llamadas a conformar esa red constructora de liderazgo y desarrollo, de suerte que todas tienen una dosis de responsabilidad en ese decrecer nuestro.

Por supuesto, la responsabilidad mayor es de la UPC, por ser pública, por su cobertura en población estudiantil, por su número de docentes, por la multiplicidad de programas académicos, por sus años de existencia (se aproxima a los 50). Por toda esa caracterización, resulta lapidario el imaginario colectivo respecto a la UPC: se percibe desprestigiada, corrupta, politiqueada, carente de principios rectores, desarraigada de su entorno, apóstata de su misión, rezagada entre sus pares.  

Lógico, en esas condiciones, no construido el vínculo de confianza con la sociedad, mal podría ser la UPC el bastión del desarrollo regional. Por su divorcio con el sector productivo. Por pervertir procesos democráticos. Por deconstruir ciudadanía. Por su desinterés con los procesos académicos. Por permanecer en la retaguardia en el proceso de transformación social…

No crean, amigos, que disfruto este recorrido tortuoso. No. Más bien lacera mis sentimientos y, lo esencial, va horadando las esperanzas de ver a un Cesar, a un País Vallenato floreciente, pujante, escalando posiciones de honor en la cimentación de capital social, luchando para residenciarse entre los primeros en el panorama regional y nacional, como en los viejos tiempos.

Para ello, reitero, la universidad es fundamental. Sin ella, no hay norte, no hay futuro. Nos preguntamos: ¿nuestra UPC forja los líderes que necesita el territorio, les inocula el bichito de la rebeldía, de la innovación, de la afirmación de carácter, en fin, de la buena ciudadanía, o por el contrario, reproduce y acrecienta el statu quo que nos mantiene adormitados y atrasados? ¿Es la UPC el reflejo de nuestra sociedad, o nuestra sociedad el reflejo de la UPC? Que Dios nos libre de esa fotografía, en cualquiera de sus versiones.

Señores: si la universidad es motor de cambio, si es constructor de liderazgo, si la UPC es reflejo de nuestra sociedad, o al revés, si todo eso es verdad, nuestra colectividad y nuestra universidad necesitan un revolcón, una revolución, un tsunami que le mueva hasta los tuétanos… nos hemos quedado esperando el estartazo  de la universidad, por antonomasia constructora de liderazgo, el principal instrumento de cambio de una sociedad. Esa es la misión de la universidad, crear, reproducir o difundir ciencia,  construir liderazgo, construir ciudadanía, ciudadanos conscientes y empoderados de sus derechos y sus deberes… 

Para desconsuelo nuestro, por fuera de los muros upecistas se percibe más bien a una comunidad universitaria conforme, solazada con el statu quo vigente. Que acepta, sin mayores remilgos, que el cuerpo rectoral de la universidad sea movido al vaivén de los mezquinos y politiqueros intereses particulares. Que consiente que su autonomía universitaria, esa que dicen proteger, sea mancillada por la presencia actuante y determinante de grupos politiqueros que se nutren de la universidad y luego sojuzgada por los negociantes que la gobiernan. Que admite que sus representantes internos en el Consejo Superior Universitario no representen a su estamento sino al amo de turno, que los quita y pone a su acomodo. Que admite que el Consejo Superior Universitario, la máxima instancia del claustro, en una voltereta acaso desde el propio vientre nazca y permanezca alienado y dependiente de su subalterno, el rector, su jefe evidente.

Y ahí surge una inquietud, nada nueva por cierto, pero cada día más lacerante. Ante semejante caos, enraizado por los años de prácticas deleznables, ¿es capaz la UPC de auto reformarse, de reencausarse por los caminos de la ética y la ciencia, de darse procedimientos no laxos, sino dignos para merecer el respeto de la sociedad? Déjenme recordarles que el respeto debe merecerse. Y que no baja del cielo, debe ganarse.

¿Será capaz la UPC de auto reformarse, o es necesario, tal cual piensan muchos, una intervención pro tempore y con objetivos concretos? Así como el cuerpo humano tiene defensas propias capaces de repeler ataques infecciosos, en algunos casos requieren procedimientos ultra y extraordinarios, una extirpación o una radioterapia, p.ej.

El cuerpo social también se defiende con la democracia, pero algunas veces la propia democracia exige e impone mano dura para sofocar ataques superiores a sus propias defensas ordinarias. Parece ser el caso de la UPC, ya hecha trizas por una infección cancerígena que ha invadido todos sus órganos esenciales. Y las células malignas, en vez de detenerse, se reproducen exponencialmente. Los argumentos son válidos: Las soluciones siempre corresponden a la gravedad del problema. ¿Qué hacer?

Es justificable nuestra alarma, pues la percepción incubada en el imaginario colectivo en vez de orgullo, nos llena de vergüenza, de afrenta; lo mal ranqueada que está la UPC en el contexto académico da la dimensión de la postración del Cesar.

No podemos permanecer en ese estado de hibernación…  en otras áreas, tal vez, pero no respecto a la UPC, que ha de ser el bastión para el tan anhelado y necesario despegue como nueva sociedad.

Pretendo con este diálogo, por lo menos sembrar un granito de arena en pos de una sacudida vital – ¡ya es hora, por Dios! – para defender una institución que, además de preciada, debe ser una institución imprescindible, esencial, en el desarrollo de nuestro territorio.

Con esta reflexión doy por instalado el presente diálogo, rogándole al Señor nos ilumine en este ejercicio.

Muchas gracias.

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