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La ruta de las cascadas

Por: Jacobo Solano Cerchiaro

Twitter: @JACOBOSOLANOC

Un recorrido que me sorprendió por los múltiples elementos que reúne pese a ser un trayecto tan corto; parte desde Valledupar, pasando por la temible cárcel La Tramacúa, hasta llegar al corregimiento de La Mesa, donde se cruza hacía la derecha (se atraviesa la plaza donde se asientan el colegio y la iglesia) para tomar la vía El Palmar, no pavimentada pero transitable en camperos.

Escuchaba hablar de la Ruta de las Cascadas y siempre llamó mi atención. Quería ir, pero la violencia que ha desangrado este país me frenaba; al principio, la guerrilla se apoderó del lugar. Luego los paramilitares tiñeron de sangre las hermosas corrientes de agua, en las estribaciones de La Sierra Nevada de Santa Marta, el sistema montañoso litoral más alto del planeta: un sistema aislado de Los Andes que se eleva abruptamente desde las costas del Mar Caribe hasta alcanzar una altura de 5.775 metros en sus picos nevados, los más altos de Colombia, una zona de exuberante belleza.

Ya había recorrido otros impactantes parajes de la Sierra, como Maruamake, el Parque Tayrona, Pueblito, Nabusimake, Palomino y el pozo de Las Paredes, en Sabana Crespo. A pesar de ello, algo me decía que en La Mesa había algo especial reservado para mí. Luego de varios infructuosos intentos para llegar, incluso en alguna ocasión terminé en el paso donde asesinaron a aquel temible verdugo rotulado con el alias de ‘39’, entre más me perdía, más ansiaba lograrlo, se asentaba mi curiosidad de trasegar esos estrechos caminos, acompañado del canto de aves exóticas y el encuentro con indígenas que bajan en busca de provisiones.

Por fin lo logré. La soñada Ruta de las Cascadas se dejó ver con sus caídas de agua, puras, imponentes y misteriosas. El río Azúcar Buena presenta accidentes geográficos que marcan un desnivel y crean cascadas que forman ensenadas y se convierten en espectaculares rincones, inexplorados atractivos turísticos, máxime ahora, tan de moda el turismo ecológico y sostenible.

La primera cascada ha sido recientemente bautizada como la de La Olla, un tobogán de piedra de aproximadamente 2,5 metros en un ambiente de frondosos árboles de roble que dejan colar los rayos del sol, imprescindibles para completar el paisaje, algo verdaderamente extraordinario; culmina en una ensenada de 3 metros de profundidad, aguas cristalinas que proporcionan un ambiente primaveral único, para completar una puesta escénica natural única, un recóndito tesoro que vale la pena conocer. Solo es necesario recorrer, desde la plaza de La Mesa, 5 kilómetros.

Unos kilómetros más arriba (3, aproximadamente, antigua finca de ‘Pepe’ Fuentes) está la joya de la corona, La Cascada de El Espíritu, un sitio mágico que solo se muestra cuando estás muy cerca, luego de pasar una finca llena de árboles de aguacates y naranjos, no sin antes cancelar 5.000 pesos a una nativa que vive en una casita de barro. Se trata de una imponente caída de agua de aproximadamente 14 metros, un increíble espectáculo natural que asemeja un paraíso escondido del Amazonas o el Putumayo, en medio de un espeso bosque subtropical donde revolotean nubes de mariposas morfo azul. El nombre de la cascada obedece a la creencia indígena de que en ella se limpia el espíritu con las aguas más puras del Universo.

La Ruta de las Cascadas es un producto turístico inexplotado. Ojalá los gobiernos departamental y municipal creen condiciones para incentivar el turismo controlado en esta zona y, de paso, generar recursos para la gente que la habita, tan azotada por la violencia y que apenas empiezan a experimentar lo que significa vivir en paz.

 

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