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La mujer que merecía vivir el festival de la paz

Por: Ludys Ovalle Jácome
ludyma@hotmail.com

Hijos y amigos cercanos de Consuelo Araújo Noguera recuerdan a la aguerrida y soñadora Cacica.

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En el Cementerio Central, el más antiguo de Valledupar, reposan los restos de la exministra de Cultura y la principal gestora del Festival de la Leyenda Vallenata, Consuelo Araújo Noguera, más conocida como la Cacica.

A su tumba nunca le han faltado las trinitarias blancas y moradas. Con estas flores, ella decoró los jardines y los balcones de su casa, simbolizó su campaña a la Gobernación del Cesar en 1997, y adornó su cabellera oscura cada vez que se hacía sentir en la plaza pública. Las trinitarias también arroparon su cabeza cuando fue sepultada.

En la parte superior de la bóveda, hecha con granito, emerge una escultura -tallada en mármol blanco- de la Virgen María, de quien fue devota. Al parecer, fruto de su fe, recibió el milagro de la liberación de su hijo Rodolfo, secuestrado durante varios días.

Consuelo Araújo Noguera

A la tumba de la Cacica nunca le han faltado las trinitarias blancas y moradas. Foto:Ludys Ovalle

A su vez, en la parte inferior de la sepultura reza esta frase: “Aquí yace Consuelo Araújo Noguera, de pie como vivió su vida”, el epitafio profético con el que quiso ser honrada -un dato que solo conocía el entonces jefe de prensa de la Fundación de la Leyenda Vallenata, Juan Rincón-.

“Esa mañana en RCN, Juan Gossaín había estado hablando de los epitafios más famosos del mundo (…) Me dirigí a ella para que me hiciera el resumen del festival y al final de la entrevista se me ocurrió preguntarle: Doña Consuelo, ¿usted tiene listo su epitafio? En un arranque característico de ella, me arrebató la libreta que tenía y anotó esa frase. Conservé la hojita hasta el día de su muerte, se la mostré a sus familiares y le cumplieron su voluntad”.

En el Cementerio Central también se encuentran sepultadas otras personalidades del Cesar como el exgobernador de ese departamento Jorge Dangond Daza, y los compositores vallenatos Leandro Díaz, Rafael Escalona, Lorenzo Morales y Emiliano Zuleta Baquero. Sin embargo, los guardianes de este lugar afirman que la bóveda de Consuelo es la más visitada.

“A ella la visitan todo el año, llega gente de todas partes, especialmente durante el festival vallenato. Unos la recuerdan vestida de pilonera y se llenan de nostalgia”, dice el coordinador del cementerio, Humberto Martínez, quien custodia con sigilo la tumba de la Cacica.

Consuelo Araújo Noguera

Los guardianes del Cementerio Central afirman que la bóveda de Consuelo es la más visitada.

Este año se cumple la decimosexta conmemoración del asesinato de Consuelo, una víctima más del conflicto armado en Colombia.

Cuando la familia recibió el cadáver, Consuelo estaba vestida con un camuflaje, y tenía los pies inflamados por las llagas y el cabello empapado de barro y sangre. Su voz fue apagada en medio de la angustia y el dolor, luego de padecer seis días de viacrucis en la altitud de la Sierra Nevada. El 29 de septiembre del 2001, luego de someterla al secuestro y ante el acorralamiento del Ejército, el frente 59 de las Farc asesinó a la Cacica con tiros de fusil en la cabeza.

Consuelo dejó huella. Su compromiso con el folclor logró que la música de acordeón marcara un hito en la historia musical de Colombia.

Amorosa, soñadora y disciplinada

Consuelo hizo parte del ramillete de mujeres colombianas que inspiran. La escritora, incansable en la consolidación de sus sueños, nació el primero de agosto de 1940, en Valledupar. Fue la menor de los nueve hijos de Santander Araújo y Blanca Noguera, y vivió su infancia entre la poesía y la literatura.

A los 18 años​ contrajo matrimonio con Hernando Molina, de cuya unión nacieron Rodolfo, Hernando ‘Nandito’, Ricardo, María Mercedes y Andrés Alfredo. Tras su divorcio con Molina, contrajo matrimonio con Edgardo el ‘Ñaño’ Maya Villazón, con quien tuvo su sexto hijo, a quien llamaron Edgardo José.

En 1968 fundó, junto al maestro Rafael Escalona y el expresidente Alfonso López, el Festival de la Leyenda Vallenata.

Su perseverancia, su valentía y su pasión por la defensa férrea de los intereses de la gente de su pueblo, la llevaron a escribir la columna ‘La carta vallenata’ en el diario ‘El Espectador’, donde laboró durante más de dos décadas.

Su delirio por las letras, la inspiración de su alma, la fantasía de la poesía vallenata y la mezcla de sus vivencias personales y las historias de la tierra que la vio crecer, la motivaron a escribir varios libros sobre la cultura vallenata. Entre las obras se destacan ‘Vallenatología, orígenes y fundamentos de la música vallenata’; ‘Escalona, el hombre y el mito’, ‘Lexicón del Valle de Upar, voces, modismos, giros, interjecciones, locuciones, dichos, refranes y coplas del habla popular vallenata’ y ‘Trilogía vallenata’. Además, dejó un libro de poemas, y dedicó obras a Diomedes Díaz y Leandro Díaz.

Su liderazgo innato y su capacidad extraordinaria de ejecución le permitieron ocupar varios espacios en el orden departamental y en el nacional. La Cacica era consciente de que debía evolucionar, así que se propuso metas y trabajó para lograrlas.

Consuelo Araújo Noguera

La entonces ministra de Cultura, Consuelo Araújo Noguera, participa en la celebración del primer aniversario del Museo de Arte Colonial. Foto:Archivo EL TIEMPO

“Consuelo tenía una vida productiva, prolífera. No sé en qué momento fue capaz de escribir tres libros sobre vallenatos, considerados la génesis del vallenato porque nadie había escrito en forma tan estructurada. Aparte de eso, escribía su columna semanal en el diario ‘El Espectador’, organizó durante 35 años ininterrumpidos el festival vallenato, dirigía su programa radial ‘La Cacica comenta’; era esposa, madre de seis hijos, abuela de 13 nietos. La única respuesta que encuentro es su disciplina férrea, su pasión y su amor por todo lo que hacía”, comenta su hijo Andrés.

Sus consejos, su sapiencia al decir las cosas cuando tenía que decirlas, su orientación a la familia en la toma de decisiones importantes, su temperamento fuerte, sus abrazos sin remilgos, su entrega absoluta en las causas que lideraba -como la creación del Cesar (la estrategia en la que, de la mano de un granel de dirigentes cesarenses, convirtió en cuartel general su casa colonial de la plaza Alfonso López, donde residió con su primer esposo)-, son las cualidades que más añoran sus hijos.

“Para nosotros y para las personas más cercanas, era una psicóloga empírica, de oráculo, a la que le consultaban decisiones trascendentales, tanto la misma comunidad como personajes influyentes, no solo de la región sino del país en general; al final terminaba haciéndolas suyas”, agrega el hijo.

La madre del Festival

“La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata no deja de mantenerme ligado a la memoria de Consuelo, a todo lo que soñó, pensó e imaginó que podría ser la música vallenata en el futuro; cuál era su valor, no solo el musical, sino también el histórico. Es una satisfacción muy grande para mí porque siempre imaginé estar en la sombra de mi madre. En el momento en que me tocó asumir como presidente de la fundación, lo primero que le pedí a mi Dios fue no ser inferior a ella, que me llevara a lo más cercano de lo que ella había planificado, porque el molde de Consuelo se rompió y por ahora no ha habido nada igual”, afirma su hijo Rodolfo.

Hoy la fundación acoge a 1.500 niños de estratos bajos en su escuela, especializada en talento vallenato. Además, la organización hace esfuerzos para continuar la construcción del parque de la Leyenda Vallenata.

La Cacica siempre tuvo el anhelo de hacer de Valledupar un destino turístico musical. “Fue la mujer más visionaria porque desde 1968, cuando creó el festival, ya visualizaba que el vallenato se tomaría al mundo y así ha sido, porque al festival le han nacido hijos. Vemos cómo a lo largo y ancho del país se realizan este tipo de festivales y también en el exterior, como en México y Estados Unidos”, afirma el periodista Juan Rincón.

En medio de los recuerdos matizados por las letras vallenatas, el acordeón, la caja, la guacharaca y las añoranzas de la infancia, Cecilia la Polla Monsalvo, evoca y revive con nostalgia el lazo eterno que la unió a Consuelo.

“El cariño, el afecto y la comprensión que nos tuvimos sigue palpable día a día y se vuelve perenne con cada pensamiento de abril. Nosotras tuvimos una amistad desde niñas, nos unió más la parte del folclor, cuando ella me invitó a ser su secretaria -al ser nombrada directora de la oficina de Turismo en Valledupar, en 1971-. Tuvimos una vida muy unida porque nos veíamos permanentemente, además de que teníamos un parentesco: mi papá y ella eran primos, y vivíamos juntas, la casa de ella quedaba al lado de la mía. Su presencia nos hace falta a sus amigos, a su familia y a Valledupar porque ella era líder y defensora ante las instancias políticas locales, regionales y nacionales”.

A esta marea de reminiscencias se suma el compositor Gustavo Gutiérrez Cabello, quien muchas veces le ayudó a timonear las riendas del festival vallenato. “Fue una mujer extraordinaria. El parque de la Leyenda Vallenata fue su iniciativa y se construyó gracias a ella. Fuimos muy cercanos porque era parienta de mi papá y conmigo fue siempre muy especial, tanto que me nombró vicepresidente del festival durante 18 años. Era una mujer de principios y de coraje. Siempre he dicho que el parque de la Leyenda estaría terminado si siguiera viva, es una construcción que se diseñó para 40.000 personas y hoy apenas puede entrar la mitad”.

Estaría satisfecha con el fin del horror

Para esta época, la Cacica tendría 77 años. Como mujer de ideas liberales y de izquierda -en el buen sentido de la palabra-, comprometida con las causas sociales y defensora de los derechos humanos, Consuelo estaría satisfecha con el fin de la página de horror y violencia que ha vivido el país.

“De las cosas que aprendí de ella es que decía que no hay dolor más grande en la vida que el dolor de las madres al enterrar a sus hijos, que era preferible lo contrario porque es la ley de vida. Ella estaría satisfecha con el fin de tantas tragedias y de que se hubiese parado este derrame de sangre. Sin embargo, como víctima que vivió esta violencia, creo que también hubiese alzado su voz para que no se le hubieran dado tantas concesiones a una guerrilla que sido completamente cínica, deshumanizada e insensible ante el dolor de los colombianos. El mejor ejemplo es su caso. Han transcurrido 16 años de su vil asesinato y ni ‘Iván Márquez’, ‘Timochenko’, ‘Joaquín Gómez’, ni Imelda Daza, quien la conoció y fue compañera de ella en algunas causas sociales (representante de Voces de Paz), han tenido el pudor de decir que en el caso de Consuelo ‘cometimos un error imperdonable’, sencillamente porque no lo sienten”, argumenta sin titubeo su hijo Andrés.

Estaría satisfecha con el fin de tantas tragedias (…) Creo que hubiese alzado su voz para que no se le hubieran dado tantas concesiones a una guerrilla…

La familia de Consuelo ha mitigado su dolor perdonando. “No nos podemos quedar como en ‘El coronel no tiene quien le escriba’, de Gabriel García Márquez; esperando una carta en la que las Farc reconozcan que la muerte de Consuelo fue un error histórico… Porque era una mujer, una mujer indefensa, una mujer aguerrida pero pacifista por naturaleza”, asegura Andrés.

Y agrega: “He diferenciado el tema del perdón. Unas personas son los ejecutores materiales, he perdonado a las personas que la retuvieron porque ellos, los autores materiales, no sabían lo que hacían, no dimensionaron la persona tan grande que estaba con ellos. Las Farc se han valido de la ignorancia de estos campesinos para reclutarlos de manera forzosa y hacerles un adoctrinamiento, un lavado de cerebro, les han metido en sus cabezas ideologías de odios y guerras. Frente a las personas que eran cúpulas del poder de las Farc, sí creo que siguen en deuda con nosotros, los hijos”, sostiene.

He perdonado a las personas que la retuvieron (…) Frente a las personas que eran cúpulas del poder de las Farc, sí creo que siguen en deuda con nosotros, los hijos

Como víctimas y colombianos, los hijos de Consuelo celebran que se haya parado la máquina de guerra de las Farc. “Nuestros hijos tienen derecho a vivir en una patria sin violencia (…) Creo que ha sido un proceso correcto. Yo, que estudié Justicia transicional, entiendo que ningún proceso iba a dejar satisfecho a todo el mundo, pero con todas sus imperfecciones es un proceso de paz que ayudará a contrarrestar que los más débiles de la cadena social e inequitativa de este país sean los que sigan poniendo los muertos, que me parece inicuo e inequitativo”, concluye Andrés.

Especial para El Tiempo desde Valledupar

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