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La interculturalidad, un reto al modelo educativo del siglo XXI

Intentar definir el concepto cultura es complejo, problemático y difícil. Etimológicamente la palabra cultura comparte la misma raíz con el término cultivo: cultus, colere, que significa cuidado del campo. Esta metáfora agrícola fue utilizada por Cicerón al describir la manera como el alma filosófica se va cultivando para alcanzar su plenitud y hacerse única. Con el pasar del tiempo, el vocablo fue relacionándose con el concepto de civilización y, a medida que fueron surgiendo posiciones filosóficas, la expresión fue adquiriendo distintos significados (LIÑAN, 2017).

T.S Eliot, en su obra La idea de una sociedad cristiana: Notas para la definición de la cultura, plantea la necesidad de entender la cultura como una totalidad, a pesar de reconocer que el término se utiliza en tres sentidos bien sea que se aplique a un individuo, un grupo o a la sociedad, y concluye definiéndola como “todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido”.

Debo aclarar, basándome en T.S. Eliot, que la cultura no es sinónimo de conocimiento, sino que, al ser una actitud espiritual que le orienta y le imprime carácter, aquella antecede y sostiene a este en una relación recíproca. La cultura es entonces la identidad de un pueblo, aquello que lo hace único, irrepetible y original, su idiosincrasia.

Vargas Llosa, en su célebre “Civilización del Espectáculo”, manifestó que “las letras y las artes se renuevan, pero no progresan; ellas no aniquilan su pasado, construyen sobre él, se alimentan de él y a la vez lo alimentan, de modo que, a pesar de ser tan distintos y distantes, un Velásquez está tan vivo como Picasso y Cervantes sigue siendo tan actual como Borges o Faulkner”.

A toda esta intrincada tarea se suma la también compleja realidad del enmarañado presente. Estamos inmersos en el mundo de las imágenes y los medios de comunicación masivos que, con su velocidad e inmediatez, han desdibujado las fronteras y han permitido que la globalización trascienda todos los ámbitos.

La globalización salvaje permite que culturas tan diametralmente opuestas entre sí puedan entrar en contacto y esto, a su vez, acentúa los problemas ligados a la dimensión social del ser humano, los conflictos originados en la multiculturalidad. Bien lo expresa Savater: “Hoy el problema no es acceder a la información, sino poseer el espíritu crítico para discernir cuál información es válida y cuál es basura”.

Este conflicto con su discreto choque cultural se traslada a nuestras aulas de clases. Los jóvenes se ven enfrentados, a veces sin notarlo, a distintas ofertas culturales que, de manera agresiva y silenciosa, se van asentando como alguna vez los bárbaros dentro del Imperio Romano. 

En este punto, debe aparecer la asignatura de Filosofía como quehacer contextual. Es la filosofía el instrumento mediante el cual el docente debe ayudar a sus jóvenes estudiantes en la consecución de un espíritu crítico que les permita dialogar con las distintas culturas y sus distintas propuestas, es decir, que les permita entablar un diálogo intercultural sin perder la idiosincrasia.

El ser humano es un ser histórico, ubicado en el tiempo y el espacio, que va descubriendo y desarrollando su identidad a través del tiempo, por tal razón, la cultura es algo que se va construyendo en un contexto determinado. Los retos de nuestra actualidad como país exigen fortalecer la interculturalidad para hallar en el otro aquello que nos podría unir y no enfrascarnos en eso que nos divide. Empezar a ver al otro, con sus diferencias, como alguien que puede enriquecerme con su distinto punto de vista y no como el enemigo a quien debo aplastar e imponer mi forma de concebir el mundo y mi cultura.

La necesidad del diálogo intercultural es un imperativo ético como alternativa para reparar la injusticia cometida y enrumbar la historia por caminos de convivencia solidaria, donde los ideales de justicia y humanidad empiecen a dejar de ser una utopía.

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