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La inteligencia y nuestras emociones

¿Cuántos de sus compañeros de colegio o universidad que sacaron el mejor promedio en la clase, hoy en día son personas que otros admiran o que han logrado cambios positivos para la sociedad y para sus propias vidas?

La verdad es que esa pregunta se la han hecho diferentes investigadores sociales y las respuestas es que no muchos. Algunos todavía creen que el coeficiente intelectual y la capacidad de sacar buenos puntajes están directamente relacionados con el éxito en la vida; lo cierto es que además de que estos indicadores pueden predecir en un porcentaje muy bajo el éxito profesional, no determinan realmente si alguien  obtendrá un buen puesto o construirá una gran empresa y, mucho menos, predicen el éxito en otros aspectos fundamentales como las relaciones en pareja, la capacidad de afrontar los problemas o el hecho de alcanzar momentos de felicidad.

Para estos últimos desafíos, existe un tipo de inteligencia mucho más importante y efectiva: la inteligencia emocional.  Este concepto se popularizó en los noventa, cuando el Profesor de la Universidad de Harvard, el Dr. Daniel Goleman, psicólogo con doctorado en psicología, publicó su libro ‘Inteligencia Emocional’ (la segunda parte de la obra fue titulada ‘Inteligencia Social’), el cual lo llevó a ser reconocido a nivel mundial.

Esta inteligencia tiene que ver con nuestra capacidad de relacionarnos con los demás, de motivarnos, de superar nuestras frustraciones, de controlar nuestros impulsos, entre otros. Goleman expone cuatro dimensiones que articulan la inteligencia emocional: la autoconciencia, la automotivación, la empatía, y nuestra habilidad para relacionarnos.

La auto-conciencia es nuestra capacidad de entender lo que sentimos, ser coherentes con nuestros principios y valores. La auto-motivación hace referencia a cómo trabajamos hacia nuestras metas, cómo nos recuperamos de los fracasos y cómo manejamos el estrés. La empatía es nuestra capacidad de ponernos en los zapatos del otro y actuar de acuerdo a ello y, finalmente. nuestra capacidad para relacionarnos tiene que ver con nuestra manera de comunicarnos, la conexión que logramos con los demás y los acuerdos que logramos hacer.

A diferencia del coeficiente intelectual, muy complicado de cambiar, la inteligencia emocional la podemos desarrollar a través de nuestras vidas; definitivamente, es algo que debemos hacer y que debemos trabajar en nuestros hijos desde pequeños. Existen diferentes métodos para mejorar en esta área, desde talleres de autoconocimiento hasta escribir todas las noches cómo nos sentimos durante el día y qué fue lo que nos hizo sentir así. Lo importante es ser conscientes de que podemos ser cada día mejores y que si desarrollamos este tipo de inteligencia, nuestras vidas van a ser mejores.

Como médico debo relacionarme constantemente con los pacientes y sus familias y, por lo tanto, es crucial desenvolverme en las cuatro dimensiones que explica el Dr. Goleman. No puedo decir que desarrollar la inteligencia emocional nos da todas las respuestas; finalmente somos seres humanos y siempre habrá momentos en los que nos sentimos desenfocados, angustiados, y que puede no ser fácil encontrar un sentido para seguir adelante.

Lo que sí puedo decir es que uno de los regalos más lindos que tenemos en este mundo es la posibilidad de reinventarnos. Reinventarnos significa superar etapas; significa hacer cambios en nuestro día a día, pero también en la forma como vemos el mundo; he aquí la piedra angular en la generación de autoconciencia: si podemos cambiar la forma como vemos el mundo y de como interpretamos los acontecimientos, no importa qué cosas nos pasen, por malas que parezcan, porque vamos a poder verlas desde una perspectiva positiva. Esto ultimo solo es posible lograrlo si trabajamos nuestra inteligencia emocional.

Todo lo anterior puede parecer utópico, puede sonar a cuento de hadas, pero el ejemplo más claro de esto, además de mi propia historia, fue la narración que pude oír en un foro de victimas de una enfermera a la que le desaparecieron un hijo, le asesinaron a otro, le mataron al esposo y, en un acto de autocontrol, perdón, no sé qué otros adjetivos utilizar, ayudó a cuidar las heridas de algunos de los perpetradores. Como ella dice, “superó lo insuperable, perdono lo imperdonable”. Ciertamente, si algunas personas con estas situaciones han salido adelante, estoy seguro que todos nosotros también podemos hacerlo.

Si todo el sistema educativo, desde preescolar y jardín, le dieran más importancia a la inteligencia emocional, muchas veces subvalorada, estoy seguro que tendríamos un país mejor; por el momento, empecemos por nosotros mismos.

Rafael Valle-Oñate

Rafael Valle-Mercado

 

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