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LA HUMANIZACIÓN ES EL CAMINO

Este año se ha visto marcado por sucesos que parecen sacados de un sueño surrealista o alguna película hollywodense. Algunos fanáticos apocalípticos dirán que es el comienzo del fin de una era interestelar; otros, que Nostradamus, o algún otro vidente, lo había predicho; y, por último, no faltará la viejita que afirme que en la Biblia está escrito, como está escrito que vendrán cosas peores. Explicaciones hay para todos los gustos.

Lo cierto es que hemos saltado, camaleónicamente, de emoción en emoción: de la sorpresa ante la victoria de Donald Trump a la preocupación por la inseguridad y el descuido en que se ha sumido la ciudad de Valledupar; de la tristeza por el siniestro aéreo donde no sólo murieron los jóvenes futbolistas brasileños sino también el cuerpo técnico, un grupo de periodistas y la tripulación de la nave, todos padres, hijos y hermanos, al desconcierto cuando se hizo público el salario de los honorables congresistas y la reforma tributaria; de la felicidad para algunos o la inconformidad para otros cuando se hizo pública la noticia de la refrendación del nuevo Acuerdo de Paz entre el gobierno y las FARC a la angustia del ¿Ahora qué?.

Con el pasar de los días el devenir vital continua, como si no hubiera pasado nada; olvidamos todas estas impresiones cuando, en realidad, deben ser una invitación a despertarnos y hacernos conscientes de lo efímera y frágil que es nuestra existencia. Anhelamos un mundo feliz, como bien lo describió Aldous Huxley en su obra maestra que lleva el mismo nombre. Anhelamos una revolución que transforme la miseria en prosperidad, la guerra en paz, la muerte en vida; pero, día a día, notamos que estamos alienados y la esperanza escasea, y que nos hemos sumergido en la oscuridad de un pesimismo total. Somos dignos hijos de nuestro tiempo. ¿Dignos hijos de nuestro tiempo? ¿Por qué?

Con la Revolución Industrial el hombre colocó sus esperanzas en los adelantos científicos. Después de las dos guerras mundiales, pero sobre todo luego de la bomba atómica, la especie humana cayó en una profunda crisis existencial pues la ciencia, que había remplazado a Dios, ahora se levantaba en su contra produciendo destrucción, dolor y muerte.

Aparecieron corrientes filosóficas pesimistas que, unidas a los medios masivos de comunicación, aún hoy, influyen en cada uno de nosotros sin que lo percibamos. Creemos y afirmamos, de manera inconsciente, que la historia universal está signada con la marca de la tragedia y que, hagamos lo que hagamos, nada puede cambiar.

Así como la paz no depende de un papel firmado con rúbricas hermosas sino de nuestra actitud particular ante los retos que plantea la relación con el otro, el mundo sólo cambiará cuando comprendamos que la verdadera revolución debe iniciarse en nuestro interior. Los valores éticos y morales que deben orientar nuestras relaciones sociales, hoy ausentes por completo, deben manar de nuestro interior, como de una fuente; esto solo es posible en la medida en que revitalicemos nuestra fe y reavivemos nuestra esperanza para lo que es necesario que encaminemos nuestros pasos por el sendero de la humanización. Hacernos más humanos, alcanzar la perfección que parece imposible a través de la sensibilización por las necesidades del otro, por la potencialización de la dimensión social.

Humanización y dimensión social. Dos aspectos que hemos olvidado en nuestra sociedad actual, que de manera permanente nos invita a cosificar a los demás, haciéndonos un número más, como cuando llegamos de Urgencia a una clínica y nos tratan de usuarios más no de pacientes; valorándonos por lo que tenemos y no por lo que somos realmente, personas.

El resultado de todo este panorama es que nos hemos convertido en consumistas de primera categoría. Consumimos todo el tiempo tecnología, noticias, comerciales, música, artefactos que no necesitamos, relaciones interpersonales, modos de vida; así, nos hemos convertido en acumuladores que se llenan de cosas intentando retener lo imposible de contener: el tiempo, la salud, el amor verdadero.

Solo es posible salir de este círculo vicioso pellizcándonos, sacudiéndonos del letargo peligroso de creer que todo está bien, aún lo malo, mientras no me toque a mí, actitud esta que es indiferencia pura; formando una conciencia recta, en especial en los relevos generacionales; y construyendo, entre todos, la civilización del amor de la que habló Pablo VI hace cincuenta años.

Que las fiestas de fin de año se conviertan en la ocasión oportuna para fortalecer nuestros lazos familiares y fraternos. Que podamos fijar nuestra mirada, al menos por un pequeño instante, en el Dios que se ha hecho hombre, y que Él pueda nacer también en el pesebre de nuestros corazones. Feliz Navidad y Próspero Año 2017.

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