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La generación del cincuentenario

Por: Camilo Andrés Quiroz Hinojosa*

camilo_quiroz5@hotmail.com

Cuando me asignaron el tema para el especial 50 AÑOS DEL CESAR, un fresco de conformidad recorrió mi ser. La tarea no parecía compleja. De inmediato empecé a invocar y relacionar a tantos y tantos talentos y prospectos paridos por el Cesar en la década del 80, muchos de los cuales se han untado de mundo, recorriéndolo. Además, era mi generación y la conocía a plenitud.

Con el correr de los días, dándole vueltas a la cuestión, caía en la cuenta que no se trataba de hacer un directorio telefónico biográfico… la propuesta tenía sus bemoles. Era más sustancial. Primero, porque la generación del cincuentenario es justamente la generación del futuro, la generación timonel del Cesar del mañana. Segundo, por sentir sobre mi generación, justamente por ser la del ‘futuro’, la mirada inquisidora, pero esperanzadora, de la ciudadanía…y esa responsabilidad pesa lo suyo. Tercero, porque el análisis debe contextualizarse, recordando que el pasado abraza el presente e influye en el futuro. Sin querer queriendo, casi un manual de sociología o historia patria.

Así las cosas, la cuestión es a otro precio.

Por efectos prácticos, mi retrospección empieza con la generación nacida en las décadas del 20/30 del siglo pasado y cuya influencia social, política y económica hace su agosto entre 1965 y 1980, aunque algunos de esos prohombres extendieran su vigencia hasta el presente siglo.

Me refiero con orgullo a la generación que hizo posible la secesión del Magdalena Grande, la generación del renacimiento, por cuyos talentos florecieron las artes en sus varias expresiones: la pintura, la picaresca y la poesía, el canto, la composición musical, la ejecución instrumental musical, la danza, la oratoria, la política, la literatura, la academia, el emprendimiento y, sobre todo, ese espíritu libertario colectivo que hizo posible el levantamiento de un pueblo por encima de sus miserias.

A riesgo de omitir a muchos, sobre todo del centro y sur del departamento, destacamos a Jaime Molina, Rafael Escalona, Gustavo Gutiérrez, Hugues Martínez, Alberto Fernández, Chema Maestre, Aníbal Martínez, Crispín Villazón, Alfonso Araujo, Pepe Castro, Julio Villazón, Fernando Matiz, Consuelo Araujo, María Uhia, Jacinto ‘Chicho’ Ruíz, Carlos A. Marulanda, entre otros, que hicieron posible esa lozanía integral del territorio, bien en las artes, bien en el liderazgo cívico, bien en la construcción asociativa de empresas y gremios.

Esos gladiadores hicieron posibles, además del departamento del Cesar, el Festival Vallenato, Café Mary, Los clubes sociales – Valledupar, del Comercio y Nuevas Juventudes -, el Hotel Sicarare, la Cámara de Comercio de Valledupar. Fue la época próspera de los cultivos de algodón y arroz. Fue la generación reconocida por la instancia nacional designándolos en ministerios (6), institutos descentralizados, contraloría general, embajadas, etc. El Cesar tenía presencia en la órbita nacional.

Tan prolífica esta generación que su influencia individual solo pudo ser doblegada por la muerte, en muchos casos ya octogenarios o nonagenarios. Aunque siempre permanece latente el interrogante: ¿la vigencia de muchos, ya octogenarios, sería acaso por defecto de la siguiente generación, anodinos para relevarlos?

La generación del limbo

El mérito no es llegar, sino sostenerse. Ese ímpetu arrollador con que nació el departamento, que muchos lo consideraron piloto en el país por estar a la vanguardia de sus pares, menguó a la vuelta de unos cuantos lustros.

Según lo documenta Jaime Bonet Morón (1) en su magistral artículo ‘50 años de cambio en la economía del Cesar’, publicado en esta misma edición de Enfoque Vallenato, el Cesar ha sido de altos y de bajos. Sus dos primeras décadas como departamento fueron de bonanza económica, atribuible sin duda a la siembra expansiva del algodón, siendo su PIB y su ingreso per cápita muy superior al promedio nacional.

En los años siguientes, en contraste, la economía del Cesar colapsa, viniéndose abajo todos los indicadores económicos. Claro, el monocultivo del algodón se derrumbó estrepitosamente. Y curiosamente, para esas calendas (años 70/80) no hubo ningún Chapulín que sacara la cara por el departamento. Es decir, la generación siguiente a la ‘renacentista’ – la que nació en la década del 50/60 –  brilló por su ausencia, dejando al Cesar en el limbo.

Es la época más oscura, y la más tenebrosa, de nuestra historia departamental. Oscura, porque la economía legal entró en crisis. Oscura, porque apareció la ‘bonanza marimbera’ que vendió la ‘virtud’ del facilismo y el dinero rápido. Oscura, por la aparición de los grupos armados ilegales – Guerrilla, paramilitares y delincuentes comunes amparados en los anteriores. Oscura, porque la corrupción hizo subienda en ese desorden, resurgiendo con fuerza la politiquería, la compra de votos, en fin, la pesca en río revuelto…

 

Quedan unos interrogantes: ¿Esa época fue oscura porque nadie resplandecía, o nadie resplandecía porque fue oscura? ¿Por qué no surgieron nuevos talentos interesados en ganarse el relevo político? A propósito: lástima la poca residualidad de los jefes políticos creadores del departamento. No formaron relevos ¿Cómo explicar el fenómeno deficitario, cuando sus pares de otros departamentos si fueron prolíficos al respecto?

En los albores de la década de los 80 pareció revivir esa generación. Y ahí fue Troya. A muchos los decapitaron: Milciades Cantillo Costa, René y Benjamín Costa Gutiérrez, José Francisco Ramírez, los hermanos Stipper, Luis Fernando Rincón, y miles más. Otros muchos fueron judicializados por enredos con la parapolítica o con la administración: Álvaro Araujo (padre e hijo), Álvaro Morón, Mauricio Pimiento, Jorge Castro P., Hernando Molina, Ricardo Chajin, Miguel Durán G., el bojote Urbina, Ricardo Palmera, Rodrigo Tovar. Otros se exilaron, Imelda Daza, y pare de contar.

Con razón los cesarenses aún no cesan de lamentar su orfandad, sin nadie que hablara o pujara por el territorio en las instancias nacionales. El Cesar no se reponía de tanta estigmatización.

Sin embargo, esa generación si tuvo y tiene guardianes de la heredad. Y no pocos e importantes, solo que su órbita de influencia no ha sido precisamente la de la política. Tenemos Arzobispo, Pablo Salas Anteliz. Algunos han brillado en las altas Cortes de justicia: Jaime Araujo Rentería, Olga Valle, Haroldo Quiroz, Rocío Araujo y Giovanny Rodríguez. En los órganos de control, Edgardo Maya V. Muchos en la cátedra. Unos pocos han logrado reconocimientos como profesionales de diversas disciplinas.

Sobresaliente, sin duda, el palco de honor ganado por la música vallenata, cuya diáspora nacional e internacional empezó en los albores del 60, consolidándose durante toda la mitad del siglo pasado, en lo cual jugó papel fundamental la Fundación de la Leyenda Vallenata.

También sobresale, como no, la dinámica evolutiva de otras expresiones del arte, contrariando la creencia arraigada de que la música vallenata, absorbente como es, las castraba. Antes del 70, contados con los dedos de las manos los escritores, los poetas, los escultores, los cuenteros, etc.; hoy se cuentan por cientos, afortunadamente.

La generación del 80 hereda mucha desolación, pero también, precisamente por lo mismo, muchas oportunidades, dependiendo de cómo mire el vaso, si medio lleno o medio vacío.

La del cincuentenario

La generación del pos-limbo, o, en el peor de los casos, la segunda generación del limbo. La denominación que se adquiera con el paso de los años será de responsabilidad exclusiva de nosotros, treintones y cuarentones.

Es cierto. Para esta época ya no quedan grandes terratenientes, prósperos ganaderos ni políticos de renombre. No hay compositores empíricos, ni improvisadores innatos. Hasta la poesía costumbrista desapareció. Si este ha de ser el rasero para medir la prosperidad del departamento, la conclusión será obvia: el Cesar agoniza.

Pero no.  Es bien sabido que la riqueza de los pueblos no está determinada por sus recursos naturales ni por su posición geoestratégica, sino por su conocimiento y su capital social. Es la tesis de Andrés Oppenheimer en su libro “Basta ya de historias”, y también la defiende Fernando Herrera en su impecable artículo titulado “Capital social”, publicado en esta misma edición.

¿Están formándose los cesarenses para incursionar con éxito en esta “la era del conocimiento”? ¿Cuenta el departamento con profesionales de altas calidades académicas como para soñar con un futuro mejor? ¿Está siendo útil este conocimiento para el progreso del departamento?

A principios de este semestre, en un foro sobre la región caribe organizado por la ANDI, coincidían el barranquillero Adolfo Meisel y el cartagenero Bruce Mac Master en atribuirles el escaso liderazgo político de los costeños a su rezago, en plena era del conocimiento, para acceder su gente a programas de doctorado y maestría; la Región Caribe estaba muy por debajo del promedio nacional. Las becas ofrecidas por diversas entidades para estudios de doctorados y maestrías en universidades de gran prestigio a nivel internacional se desaprovechan en la región caribe. Para peor, el departamento del Cesar es de los que menos las aprovechan.

Con esta preocupación latente me di a la tarea de indagar por aquellos cesarenses del ‘cincuentenario’ que han logrado permear las mejores universidades del mundo (Harvard, LSE, New York, Columbia, Tilburg, Illinois, Konstanz, etc.) aprobando con distinciones sus programas de Doctorado y Maestría.

A riesgo de omitir a muchos, menciono algunos: Jonathan Malagón González, Jaime Bonet Morón, Eduardo Orozco Ospino, Juan Miguel Villa, Diana Quintero Cuello, Inés Orozco Hinojosa, Andrés Molina Araujo, Luis A. Rodríguez Ospino, Juliana Oyaga Paba, William Mario Fuentes Lacouture. La mayoría de ellos, sino todos, hoy trabajan con el sector privado. Por fortuna, la lista es solo una muestra de lo que tenemos y no representa la totalidad de esta población.

Pero también encuentro, de esta generación del cincuentenario, otro grupo de cesarenses con ascendencia a nivel nacional, bien por dirigir algún ente estatal, bien por hablarle al oído a personajes influyentes (presidente, ex presidentes, ministros, contralor, procurador, etc.). Aquí encontramos a Enrique Riveira Bornacelly, Silvana Habib Daza, Hernando Quintero Maya, Daniel Palacios Martínez, Martín Pimiento, Juan Manuel Daza Iguarán, Mauricio Gutiérrez Dangond, Raquel Sorza Ocaña, entre otros que se escapan.

Si. El departamento tiene jóvenes talentosos en diversas disciplinas, con especializaciones, maestrías y doctorados, jóvenes untados de mundo que han experimentado de primera mano los grandes desafíos a superar. Jóvenes apetecidos en todos los sectores – público, privado, académico, etc. – pero, ¡qué paradoja!, ignorados en su territorio.

¿A cuántos de esos talentos se les ha tocado la puerta para aprovechar sus conocimientos y experiencias? Hilando con suspicacia, ¿son considerados esos talentos una amenaza para el actual statu quo? ¿Habrá espacio político en el Cesar para el imperio del conocimiento, en perjuicio del imperio del dinero y la politiquería?

Si, el departamento padece una especie de diáspora que reduce hasta su mínima expresión los lazos de unidad entre esos talentos y el territorio. Y he ahí el principal reto. Tejer redes para conocer y reconocer tales talentos, redes que faciliten la participación de esas personas en los procesos de construcción y fortalecimiento de la sociedad civil, la llamada a orientar y vigilar el comportamiento de las instituciones locales.

Lo dicho. Tenemos pasado que honrar, presente que superar y futuro por construir.

¡Buen viento y buena mar!

* Abogado (U. Externado). Maestría en Ciencia Política (U. de Pompeu Fabra, España). Maestría en Gobierno y Justicia Transicional (U. de Konstanz, Alemania).  

 

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