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Por la dignidad del congreso

Es inevitable abordar, desde toda instancia editorial, el tema político, que a pocos días de la elección del Congreso, y a pocos meses de la elección del presidente de la República, copa justificadamente toda la atención ciudadana.

Por supuesto que las dos elecciones se cruzan de modo inevitable, y más en esta ocasión por la pareja  correlación de fuerzas entre al menos cuatro de los partidos políticos en contienda, todos con posibilidades en la actualidad de pasar a la segunda vuelta. Aquel partido que logre relegar a sus contendientes en el número de congresistas elegidos, seguramente incidirá en el imaginario popular persuadiéndolo de que su candidato será la mejor opción presidencial.

Sin embargo, a esa circunstancia secundaria no puede reducirse la importancia de las elecciones parlamentarias. Entre otras cosas, porque se aceptaría de manera palmaria, o más bien se corroboraría, que el congreso de Colombia es una instancia apenas formal de la democracia pero sin ninguna razón sustancial para existir.

De modo inequívoco, el congreso ha perdido su norte, y con él, su dignidad, su honorabilidad, así algunos de sus miembros la conserven; estos pocos solos no alcanzan a lustrar la institucionalidad parlamentaria. Y no se trata exclusivamente de las decenas de congresistas enredados en la manigua judicial, que desde luego evidencian la crisis no solo del congreso, mas también del país en general.

Se trata, en lo fundamental, de su crisis misional. De su poca capacidad de hacer control político, entre otras cosas porque poquísimos de sus miembros tienen la formación para generar debates y aportarle luces a un entorno harto sombrío. Son poquísimas las golondrinas con el carácter para proponer, estudiar y aprobar las reformas fundamentales que encaucen correctamente al país. Son poquísimos los idóneos para rechazar mermeladas y denunciar componendas concubinarias entre las ramas del poder público.

El país todo padece, vive una honda crisis. Desde luego, el congreso no se sustrae a tal crisis porque el congreso es parte del país. Pero siendo el congreso la representación democrática de un pueblo, que cree elegir a lo más granado de su conglomerado, al menos se espera que honre el mandato popular en vez de menoscabarlo, y si así lo hiciere, como reza el ritual sacramental, que Dios, la patria y el pueblo los premie, pero si no…

Y es por la delgadez de esta cabuya, por la debilidad – actual, que no siempre ha sido así y no siempre lo será – de un pueblo mandante, sin capacidad de reacción, soporífero, arrodillado, que el congresista mandatario, o el presidente mandatario, hacen ocha y panocha con ese mandato, prevalidos de la inocuidad del control social,  político o judicial.

La oportunidad la pintan calva y al perro no pueden caparlo dos o más veces. Es el momento del pueblo, el momento de elegir nuestros representantes, el momento de hacer control político, el momento de exigir a nuestros mandatarios (congresistas y presidente) rendición rigurosa de cuentas para evaluar su desempeño y, conforme, elegir, reelegir o rechazar. Es la hora de acordarse de que ponemos en manos de los congresistas la suerte del país y el futuro de las nuevas generaciones. Ahora no puede haber titubeos.

Ha de votarse a conciencia; ello es un derecho y un deber. La primera consideración a tener en cuenta es el comportamiento ético/moral del candidato, de dónde viene y qué intereses defiende; la segunda, su eficiencia, qué ha hecho y qué no ha hecho. Las otras consideraciones – paisanaje, vecindad, compadrazgo, compra de votos, ofrecimiento de puestos – son inocuas; suelen ensuciarle la cara al departamento y al país, y frustrar la vocación democrática ciudadana.

El país se hunde a ciencia y paciencia de todos. Es más: lo hundimos nosotros, el pueblo, más que los mismos congresistas y ejecutivos corruptos que se han enriquecidos a costa de las inversiones sociales. Al fin y al cabo, ellos están en el congreso o en la presidencia es por la voluntad nuestra. Si no le reprochamos lo que hacen, estamos aceptando lo que hacen. Si seguimos eligiéndolos, estamos extendiéndole un aval para que sigan en sus fechorías.

Y se hunde también el país por cuenta de la polarización política, otra forma de corrupción, al imponer la mezquindad y el odio personalista por encima de los intereses del país. Una cosa es el debate, intenso si se quiere, pero desarrollado con civilidad, aceptándose aciertos y errores, y otra muy distinta el doloso fundamentalismo solo para sacar provecho político-electoral.

Porque es mentira que todos quieren la paz, la decencia, la transparencia…muchos se alimentan del desorden.

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