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La crisis de Venezuela

Mares de tinta se han vertido en el análisis de la Venezuela actual con el bacalao de crisis que amenaza con destruirla por completo.

Desde luego, la crisis venezolana, como todas las crisis institucionales, trae un acumulado de décadas, cada una abonándola y creciéndola. Para entender el presente es bueno recordar el pasado, que ineluctablemente el pasado acompaña e interfiere el presente.

Lo que hoy sucede en Venezuela ya le ha sucedido montones de veces. Tiranías que ejercieron el mando violentamente, impusieron leyes, conculcaron la libertad de expresión, expropiaron bienes, encarcelaron y asesinaron opositores: Cipriano Castro (1899-1908), Juan Vicente Gómez (1908-1935), Marcos Pérez Jiménez (1952-1958), y pare de contar. Todos ellos reformaron la constitución, sobre todo para permitir la reelección y, en todos los casos, el pueblo vivió una gran miseria, padeció enfermedades, sufrió humillaciones, vejaciones e irrespeto a la dignidad humana, soportando inenarrables periodos de asesinatos y represiones. Cualquier parecido con la actualidad es pura coincidencia.

Historia reciente. Hugo Chávez Frías, hombre carismático y populista, militarista y no humanista, se desboca a lomos de la bonanza petrolera y logra en Venezuela algo que parecía increíble: empobrecer a una nación riquísima, en sus ínfulas de libertador, para lo cual hubo de repartir a tutiplén esa bonanza entre los gobiernos americanos para arrodillarlos y comprometerlos con su causa, y entre su sanedrín, sobre todo los altos mandos militares, para lograr su sostenibilidad en el poder.

La muerte de Chávez, quién lo creyera, precipitó la crisis al permitir la llegada de Nicolás Maduro, hombre antipático sin ninguna virtud, cuyo único refugio – para acallar las protestas del hambre de Venezuela, hambre de comida, de medicina, inclusive, de papel higiénico – fueron las fuerzas armadas, las oficiales y las paraoficiales (los colectivos bolivarianos, armados por Chávez para imponerse a sangre y fuego).

Sin discurso, sin carisma, empobrecida la economía, perdido el apoyo incondicional de muchos de los gobiernos de América (Brasil, Ecuador, Perú, Argentina, etc.), cómo acallar las protestas, cada día más y más airadas, sino a través del aparato militar represivo.

Lo de Venezuela ya no es crisis simplemente de ética política, o de escasez de productos y de hambre, sino institucional, grado máximo de degeneración de un Estado con el rumbo perdido. Lógico, cada día escalan las medidas extremas: el encarcelamiento de los líderes de la oposición, el cercenamiento de los derechos fundamentales, la supresión de libertades, la expropiación de capitales, el relevo de funcionarios no obsecuentes, nada de eso es suficiente para refrenar la creciente ola de inconformidad popular…

Y para rematar, en el colmo del desespero, la ‘democracia’ en Venezuela recibe un golpe de gracia: la espuria elección de una Asamblea Nacional Constituyente unipartidista, violatoria de todas las previsiones constitucionales, y con la cual se pretende afianzar el poder absoluto.

Una ANC con poderes omnímodos para suprimir inclusive los contrapesos propios de toda democracia. Una ANC cuestionada y desmentida por la misma firma contratista organizadora de los escrutinios, denunciante de la manipulación de la operación escrutadora.

Pero si violento y encarnizado ha sido el régimen de Maduro y Diosdado Cabello, el poder militar tras bambalina, heroico ha sido el comportamiento del pueblo venezolano con sus movilizaciones por millares tomándose las calles y enfrentándose a la muerte. Ya se han inmolado casi dos centenares de personas, los heridos y detenidos se cuentan por miles y, aun así, el pueblo resiste en sus reclamos de democracia.

Por fortuna, la tenaz oposición popular de los venezolanos, enfrentada a la cruenta represión del gobierno de Maduro, ha logrado un respaldo significativo sinigual de la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo, bien americanos, bien europeos, muchos de ellos rompiendo relaciones internacionales con el régimen de Maduro y suprimiéndoles las visas a los más encumbrados miembros del mismo.

La recuperación de la democracia, paso necesario, no será fácil. Implica mayor escalada de las protestas y, consecuente, también mayor escalada de la represión habida cuenta que un sátrapa no renuncia de modo voluntario a su condición, temeroso de lo que le sobreviene, bien en judicialización, encarcelamiento o exilio…

La suerte está echada.

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