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Intelectuales sí, politiqueros no

Por: Carlos Luis Liñán

carlolitres@gmail.com

En el año 533, en un intento de reconstruir el Imperio Romano debilitado ya por las invasiones bárbaras, Justiniano publica su obra legislativa buscando construir un Derecho acorde a las exigencias de la época e integrando, al mismo tiempo, los elementos de la cultura clásica. Es en este código, conocido en la Edad Media como Corpus Iuris Civilis, donde aparece por primera vez la palabra universitas como noción de agrupación, gremio, comunidad, asociación o sociedad.

Estas universitatis eran el mecanismo y el modelo de organización utilizado por quienes ejercían algún oficio para defender sus intereses. Así coexistían la universitas de carniceros, la de los orfebres, la de los artesanos, la de los escultores, etcétera.

De igual manera, durante el medioevo aparecen escuelas o colegios que recibían su nombre del lugar donde se hallaban adscritas. Tenemos así: las Escuelas Catedralicias por estar relacionadas con una catedral; las Escuelas Monacales o Monásticas por su relación con los monasterios; y las Escuelas Palatinas por su relación con los palacios. Como dato curioso cabe resaltar que fueron los benedictinos quienes organizaron el primer programa curricular en las escuelas monásticas donde se educaba a quienes deseaban ingresar a la orden.

Poco a poco, estas escuelas fueron adquiriendo independencia y empezaron a organizarse con el fin de defender sus intereses de las autoridades de la época. Para hacerlo utilizaron el modelo de los diversos oficios, el modelo de la universitas. Es así como aparece la Universitas Magistrorum et Scholarium que integró a maestros y estudiantes.

Aunque no se sabe a ciencia cierta cuál fue la primera de estas organizaciones en fundarse, algunos académicos afirman que la Universidad de Bolonia-Italia fue la primera en ser instituida cuando el emperador Federico I Barbarroja le otorga una protección especial a través de la Constitución de Habitas entre 1155 y 1158. La Universidad de Bolonia fue una organización laica que recibió el beneplácito del emperador cuando este comprendió el valor económico de la academia y le brindó su apoyo frente a la autoridad eclesiástica.

París es el más antiguo studium general después de Bolonia y nació en el claustro de la Catedral de Notre Dame y fue luego impulsado por los reyes Capetos.

Posteriormente la iniciativa fue replicada en distintos lugares: Cambridge (1209), Palencia (1212), Salamanca (1218), Montpellier (1220), Padua (1222), Nápoles (1224). Y así, las universitatis alcanzaron autonomía, es decir, lograron gobernarse mediante autoridades propias e independientes de los poderes preestablecidos a través de regentes, decanos y rectores. La Habitas es venerada como símbolo de la libertad académica.

Con el Gran Cisma (1378-1417) que disminuyó el poder papal al mismo tiempo en que aumentaba el de los príncipes seculares, las universidades se fortalecieron tanto que en 1500 existían setenta en toda Europa, pero no fue sino hasta el siglo XV cuando la palabra universitas adquirió el significado que posee hoy.

En América, la Fundación de las universidades inicia en 1538 con la Real Pontificia Universidad de San Marcos, en Perú. Mientras en Colombia, la primera universidad fundada fue la Universidad Santo Tomás, que data de 1580.

En sus orígenes, las universidades enseñaban gramática, retórica y dialéctica -escribir, hablar y pensar—como preparación para acceder a una eventual formación de mayor nivel que consistía en Teología, Medicina o Derecho. La Ciencia de Dios gozaba de mayor reconocimiento social mientras la Medicina y el Derecho permitían realizar actividades más lucrativas, aunque su prestigio era menor.

La Universidad es un invento medieval que ha llegado hasta nosotros y, a pesar de que ha tenido que reinventarse, sobre todo a partir de la fragmentación y especialización del saber, sus principios esenciales de libertad académica, independencia y autonomía se mantienen, aunque la politiquería y la corrupción intenten desdibujarlos.

Es importante que la academia rodee a la Universidad Popular del Cesar y, de manera firme, la proteja del riesgo de convertirse en todo aquello que no es: fortín político, fábrica de profesionales-obreros o el trofeo que alimenta el ego y los bolsillos de los corruptos.

La UPC necesita intelectuales, no politiqueros.

 

 

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