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García Márquez, tras los pasos de Bruges Carmona

Por: Ciro A. Quiroz Otero

De figura simétrica y estatura media. Entre mestizo y mulato. Pelo pasudo y amonado, boca grande, risa estruendosa y nariz alargada.

Antonio Bruges Carmona era alegre, anecdotista, folclorólogo, escritor y abogado, así me lo describen quienes lo conocieron, entre ellos don Pablo Trespalacios, afín suyo. Lo admiraba su gente; describía con mucha gracia sus costumbres, ahondando en la idiosincrasia colombiana, desde el nacimiento del río Magdalena, allá en el Huila, para descubrir literariamente sus riberas.

Sin disciplina antropológica, que no la tuvo, simplemente intuía los fenómenos por el aroma de los bosques, el lenguaje de los pájaros, la lectura de los efectos de la luna llena y las estaciones y las creencias de las tribus negras e indígenas que visitaba. Bruges era polifacético y esto de la literatura criolla forjó en su mente un estilo desde cuando escribió su primer artículo para El Tiempo, en 1934: ‘La Costa Atlántica’, un esbozo regional, cultural, con visos sociológicos ligados a su economía.

De la mano de Eduardo Santos y muy cerca de Plinio Mendoza Neira, se consagró en la revista Sábado. Fue allí mismo como la intelectualidad colombiana conoció a Bruges, ese hombre hecho de retazos étnicos indefinidos con un poquito de cada raza sin precisar proporciones que vertía en sus escritos las semblanzas de las etnias, su forma y significación.

Nació el 7 de enero de 1911, en Guamal, Magdalena; por razones laborales, su madre, Salvadora Carmona, se desplazó a Santana con su hijo único, donde transcurre su pubertad. Los oríllanos del Magdalena tuvieron el privilegio de que sus hijos estudiaran en el colegio Pinillos, de Mompox, de donde Bruges egresó y luego fue Rector.

Su llegada a Bogotá se debió a su amigo y paisano Carlos Delgado Nieto, ‘el poeta’, quien lo sonsacó de aquel medio. A partir de entonces, la pluma de Bruges no se detuvo; había descubierto que la amplia región que va desde la orilla del río hasta la alta guajira (el apellido Bruges se origina allá) tomando como partida el brazo de Mompox, era generador de una corriente musical de ancestros desconocidos que todos llamaban “Merengue o Cumbiamba” que venía escuchándose regionalmente desde 1856.

Publica entonces: ‘Baile Cantado’, ‘Baile de Gaita’ y ‘Paseo’, refiriéndose a otras melodías afines, desconocidas e ignoradas en las ciudades del litoral; de 1934 en adelante escribe ‘La Psicología del compadre’, ‘Las brujas de Tacamocho’, ‘La semana Santa de Mompox’, ‘Las danzas y las culturas’, destacando siempre el merengue y su papel en la costa atlántica.

Su texto ‘Los milagros del enviado’ es de un alto e imaginativo valor literario. Ese personaje mítico del sincretismo que llega a Guamal, fingiendo comunicarse directamente con Dios, sin intermediarios, que curaba a los enfermos en un instante a la luz del día, que pronosticaba el futuro de los pueblos del rio con frases de dudosa reflexión – “Chimichagua, perecerá en sus aguas”; “Chiriguaná, Ná”; “El Paso, paso por él”; “El Banco, se convertirá en barranco”; “Guamal, ni bien ni mal” y, “Entre más alambre, más hambre” – frases que la gente obnubilada acogía sin pensar. Así, con su lenguaje incongruente, condicionó el miedo de los criollos que lo seguían sin que el enviado cobrara un solo centavo por sus hechuras.

El enviado vestía con túnica larga, cinturada por un cordón marfil; protegían sus pies unas sandalias de pescador, llevando en su pectoral un inerme cristo de madera de rústica confección, garante de su andar catequista; barba y pelo largo buscando parecido con el mártir del calvario. Descubriéndose después que su nombre nada tenía de metafísico ni bíblico, llamado Esteban Ramírez, posiblemente de ascendencia antioqueña por su perfil y su barbiluenga.

Bruges, después de la rectoría en Pinillo, en 1941, regresa a Bogotá, dedicándose por entero a escribir sobre la condición de la región caribeña. Habiendo estudiado Derecho en la Universidad Libre, se graduó en 1942. Al año siguiente fue de los fundadores de la Comisión Nacional del Folclor, con Enrique Pérez Arbeláez, a quien Chiriguaná mucho debe.

En 1952, para la revista del Folclore, Vol.1, Pérez escribió la versión del credo al revés que tituló: “ORACIÓN DEL CONJURO DE CONJURAR PAUTO”, diciendo que estas invocaciones – son muchas y por el mismo estilo – tienen un marcado sabor de “angustias de esclavo fugitivo o de cristiano cautivo por la morería. El máximo maleficio es el credo al revés, cuando un enemigo se le reza: No creo en Dios, etc. No creo en esto y en lo otro”, leyenda recogida en la región Magdalenense.

Otras motivaciones llegan a la mente de Bruges – “La Hora de Latinoamérica”, “Noción del Porro”, “Vida y pasión del porro”, “Defensa del porro”- cuando la palabra vallenato era apenas un gentilicio sin transición a la música. “En camino del Quindío” hace la descripción de las costumbres regionales y sigue con “Noticias de los juglares”, destacando como se animan las cumbiambas y merengues.

Ya entonces ha ocupado los siguientes cargos: Profesor de la Universidad Libre, Inspector del Trabajo, Diputado de la Asamblea del Magdalena, Inspector Nacional de Educación y Juez Civil de Bogotá, para luego ser Secretario del recién fundado Ministerio de Agricultura y desde allí crea la revista Horizontes.

El 11 de Julio de 1956 muere Bruges en un accidente de aviación en el Tablón de Támara, en Casanare. Tenía 45 años. El instituto de relaciones culturales Colombo-israelí, a su muerte, instituyó tres premios periodísticos, con los nombres de: Baldomero Sanín Cano, Luis Eduardo Nieto Caballero y Antonio Bruges Carmona.

Fue tanta la influencia literaria de ‘Toño Bruges’, como se le conocía, que en enero de 1986, al realizarse en la Habana el Simposio Mundial de Agentes de Educación, estuvo allí por Colombia Simón Benítez Villamizar, remoto secretario de Educación del departamento del Magdalena, amigo y paisano de García Márquez, con quien compartió habitación en el hotel Habana Libre. El Nobel le autografió a su amigo “El amor en los tiempos del Cólera”, con esta dedicatoria: “Para Simón, el de Santana del Tigre (se refiere a Bruges), con un gran abrazo de Cataquero”, recordando como Bruges publicó, en 1940, vida y muerte de Pedro Nolasco Padilla (tal vez Martínez), “Biografía sintética de un acordeonero que hizo pacto con el diablo, lo cual le permitió adquirir fuerzas, poderes y riquezas que recuerdan algunas escenas de los funerales de la Mamá grande…”.

Dice Benítez Villamizar que García Márquez le confesó que “…su estilo se transformó debido a las columnas y crónicas de Bruges Carmona, con quien compartía labores en El Tiempo, en Bogotá. Sobre todo le impactó una crónica que tituló ‘Las Brujas de Tacamocho’. Fue en ese momento que comprendí (le confesó García Márquez) que si uno escribía plano, si uno no les imprimía a sus escritos esa pícara fantasía que manejaba magistralmente Bruges Carmona, a quien yo llamaba el “tigre Bruges”, no pasaba nada en la emoción del lector. Debo confesar que el verdadero iniciador en Colombia de lo que hoy llamamos ‘realismo mágico’ es él, pero si salgo a decir eso ahora me desmitifico para la gente y a esta hora no tendría ningún sentido”.

Bruges, casado con Ana Cleotilde Trespalacios Blanco, de El Paso, solía visitar al pueblo sobre el que escribió algunas crónicas.

Muchos han escrito sobre Bruges, entre ellos Jacques Gilard (traductor oficial al francés de las obras de Gabriel García Márquez), que escribió “Literatura colombiana, 1940. Un texto precursor de Brugés Carmona”, que hace alusión a su vida y obra.

*Editado

 

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