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Fútbol: Deporte, política, negocio

Por: Carlos Luis Liñán

Hay tres temas prohibidos en una conversación: fútbol, política y religión. Amistades se han roto, enemistades han nacido y hasta vidas se han truncado por la violencia que pueden generar los apasionados, desmedidos e irracionales puntos de vista que no son más que fanatismo. Que si Pelé o Maradona, que si la derecha o la izquierda, que si católico o protestante… sin embargo, el deporte rey continúa suscitando emociones y sentimientos de todo tipo, haciendo aflorar lo mejor y lo peor de quienes somos sus fans.

Y es que ser fan, simpatizante, aficionado o admirador de algo o alguien no es malo; malo es cuando perdemos el equilibrio y empezamos a pensar que el mundo es blanco o negro y no multicolor, que nuestra devoción es la verdad absoluta y, lo peor, que quien no está conmigo está contra mí.

Si analizamos los conflictos contemporáneos podemos encontrar en sus raíces algo de la polarización que produce el fanatismo: la II guerra mundial, la guerra del islam contra el Occidente, las guerras de pandillas o barras bravas futboleras, la violencia en Colombia, aunque haya mutado a narcotráfico y se haya convertido en un negocio donde pocos ganan y todos perdemos.

Después de las presidenciales, en el país existen altos grados de polarización que se notan sobre todo en las redes sociales que amplifican las voces más diversas, nuestros pensamientos más profundos y nuestras tendencias más reprimidas tal vez porque nos permiten llamar la atención sin ser vistos. En época política somos analistas y en época de fútbol somos técnicos; nunca falta quien aproveche la impersonalidad para expresar opiniones o ideas que siembran odio y terror. ++++

Hace pocos días alguien escribió en Twitter: “Los mamertos son de lo peor, son una plaga”. Sentí escalofríos por dos razones: la primera, porque se ha convertido en moda llamar ‘mamertos’ a todos aquellos que no son políticamente correctos y se atreven a pensar distinto en voz alta; la segunda, porque a las plagas se eliminan. Gracias a Dios por el mundial que nos permitió hacernos los de la vista gorda durante más de treinta días.

Terminado el mundial todos volvemos a la cruda realidad. Lo confieso, el último mes dejé de leer y me dediqué a ver fútbol, lloré de emoción con el gol de Falcao y caí en la tristeza cuando los ingleses nos eliminaron, y me alegré mucho cuando Croacia clasificó a la gran final, aunque después, como en una montaña rusa, volví a estar en la sima cuando el gol de Mbappé sellaba la victoria francesa.

Durante ese último partido hubo un detalle que atrajo mi atención: el grupo de aficionados que saltaron a la cancha, disfrazados de policías. Me llevé una gran sorpresa cuando me enteré que no eran hombres, sino mujeres, las chicas de Pussy Riot, que no intentaban quemar tiempo para que ganara el equipo de sus afectos si no llamar la atención para protestar contra el gobierno ruso y pedir la liberación de los presos políticos. Los policías verdaderos actuaron con rapidez y el espectáculo continuó: nadie supo nada.

La imagen quedó en mi retina y empecé a consultar, a investigar, pero sobre todo a reflexionar: el fútbol es una industria de entretenimiento, un espectáculo que aglutina masas, una nueva religión que nos permite evadirnos de los problemas ocasionados la mayoría de las veces por la política que también aglutina masas para convertirse en espectáculo. El fútbol es una guerra ritual donde al final los enemigos se abrazan e intercambian las camisetas; la política es un juego peligroso donde está en juego el poder que todo lo puede y que desencadena guerras reales, conflictos y antagonismos. Ambos apelan a la naturaleza social del ser humano y se fortalecen con los medios masivos de comunicación.

Fútbol y política muchas veces van de la mano: cuenta una leyenda que el tirano Franco usó dineros públicos para que el Real Madrid fichara a Di Stefano en la década del cincuenta; en 1985,  en Colombia, durante la toma del Palacio de Justicia, se interrumpió la trasmisión de lo que sucedía en el lugar de los hechos y se trasmitió un partido de fútbol; durante el mundial de 1986, en el partido de Argentina contra Inglaterra afloraron sentimientos nacionalistas producto del conflicto de las Malvinas; en la edición rusa de este año, durante los partidos que jugó la selección Croata se entonó en las tribunas [y en los vestuarios] el canto nacionalista  ‘Bojna Čavoglave’ que tiene visos fascistas.

Justo unos días antes de iniciar el Mundial me topé, casi que por casualidad, con un artículo soberbio escrito por el gran Martín Caparrós titulado “La fábrica de ficciones”, donde cataloga el fútbol como una ficción gloriosa compuesta por infinidades de ficciones y cuya única finalidad, seguramente y ya esto lo afirmo yo, es divertirnos mientras algunos se llenan los bolsillos. Mientras tanto, que el balón siga rodando y nosotros sigamos gritando, sufriendo y disfrutándolo, aunque a nuestro alrededor el mundo se caiga.

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