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FIDEL, SIEMPRE FIDEL

Gestor del bien o del mal, según el prisma con que se le mire, hay que reconocer que muchas reformas sociopolíticas en ascenso en América y, especialmente en Colombia, se deben sin duda al impulso que le dio la revolución cubana.

 

Eran los años cincuenta cuando Cuba semejaba un burdel de los gringos; su moneda tenía el mismo valor del dólar, se podía ir y venir a Miami en instantes y muchos cubanos fueron engendros ocasionales de esa vecindad.

El sargento Batista – de quien se dijo tenia ancestro Momposino – mandaba a sus anchas, como lo hacía Trujillo en República Dominicana, Pérez Jiménez en Venezuela, Rojas Pinilla en Colombia, los Somoza en Nicaragua, Stroessner en Paraguay, José Domingo Perón se imponía en Argentina. Todos lucían uniformes llamativos, acompañándose de ruidosas motocicletas y sirenas por donde quiera andaban, de modo que Latinoamérica se movía aterrorizada por estos hombres caracterizados por sus grandes orgias.

Contrastaban con esa situación los movimientos estudiantiles radicalizados en busca de la democracia representativa y en cómo dar al traste con esas autocracias. Todo comenzó en la legendaria Universidad de la Habana. Allí, un joven de la facultad de derecho, Fidel Castro Ruz – hijo extramatrimonial de un hacendado español de la caña, lector incansable de textos políticos, de duro carácter, viajante a cuanto congreso estudiantil se realizara en América, orador delirante y dialectico – encaminaría el destino de los pueblos latinos.

Con motivo de la conferencia panamericana de 1948, en Bogotá, que dio origen a la Organización de Estados Americanos (OEA), Castro se presenta como delegado estudiantil impugnando ese encuentro protocolizador de la política de los Estados Unidos que ratificaba la doctrina Monroe: “América para los americanos”.

Castro aparece, fusil en mano, en la toma de la estación cuarta de policía del barrio Las Cruces, de Bogotá, razón para que se insinuara una participación suya en el asesinato de Gaitán, con quien tenía para ese día nefasto una cita agendada para las horas de la tarde.

Utópicamente asalta el cuartel Moncada, en los años 50, con resultados negativos ya que contaba con pocas armas y solo algunos seguidores. Juzgado por un consejo de guerra, asume su defensa con un alegato conocido como: “La historia me absolverá”, donde predica que a un hombre se le puede encarcelar o asesinar, pero jamás sus ideas.

Luego de una amnistía otorgada por Batista, aparece en Méjico con el Che Guevara y otros. A bordo del “Granma”, barco de poco calado, preparan la invasión a Cuba, donde son recibidos a bala por el ejército batistiano. Algunos fallecen y los restantes constituyeron la primera guerrilla en América, irradiando su concepción política innovadora desde la Sierra Maestra, incitando la rebelión en muchos países latinoamericanos.

Fue un primero de enero de 1959 cuando la guerrilla castrista entra a la Habana. A partir de entonces, los estudiantes, intelectuales y sindicatos del continente no tardaron en simpatizar con el nuevo gobierno que no obedecía a los viejos esquemas, inspirándose en el marxismo.

Castro era el ejemplo y el bloqueo que decretó Norteamérica, lo radicalizó. Ya en los años sesenta Castro era Castro y nadie más.

En Colombia se había instaurado el Frente Nacional (1957), que acordó la paridad de los partidos Liberal y Conservador, alternantes del gobierno en un periodo de dieciséis años, repartidos en cuatro cada uno, con igualdad burocrática.

La expectativa política cubana movió a lo más selecto de la intelectualidad colombiana, liberales progresistas, asociaciones, sindicatos, escritores y estudiantes que no veían con buenos ojos el Frente Nacional, atribuido a la oligarquía según la acusación que hacia el periódico ‘La Calle’, dirigido por Alfonso López Michelsen y Jorge Zalamea.

López, escogido a ultranza, dirigiría lo que se llamó el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), fue confeso admirador de la revolución cubana, con sus expropiaciones propagadas por la revista Bohemia, el diario estudiantil Juventud Rebelde y la Radio Habana, que difundían cada paso hacia el socialismo.

De las bases estudiantiles colombianas, reestructuradas en 1962 y después de una sonada huelga, nace la Federación Universitaria Nacional, aliada a la Unión Sindical Obrera (USO) en sus luchas. Ya politizadas, dos años después dan nacimiento a los movimientos armados. Surgen las FARC en el Pato, Guayabero, Marquetalia y Rio chiquito (como se gritaba en las manifestaciones públicas en Bogotá, impulsadas por el partido comunista y viejos guerrilleros liberales). Por otro lado, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) se inicia con la toma de Cimacota, Santander.

La efigie de Fidel aparecía, en cada encuentro, donde se escuchaba de fondo: “La segunda declaración de la Habana”, en su voz, a tal punto que podía recitarse casi de memoria, a pesar de su extensión. Las Juventudes del movimiento revolucionario liberal (J.M.R.L.) activan esa lucha armada, ya camino a la subversión, en los predios de la Universidades Nacional, Santander, Libre y otras.

En ese contexto, los jóvenes dirigentes Jaime Arenas, Víctor Medina Morón, Ricardo Lara Parada, Félix Vega, Lesbia Ramos, Miguel Pimienta Cotes, Ulises Casas, los hermanos Vásquez Castaño, Guillermo Puyana y José Manuel Martínez Quiroz, fundan el ELN bajo la égida de Fidel Castro y la revolución china. Vinieron instructores milicianos de la isla y otros fueron a entrenarse allí para la naciente guerrilla. En el curso de la lucha, algunos de los combatientes fueron heridos de gravedad, requiriéndose sacarlos del país de manera clandestina, misión encargada entonces a Joaquín Ezequiel García Mayorga, de Guamal, Magdalena. Fue entonces cuando se realizó el primer secuestro aéreo en el mundo.

Tuve la oportunidad de conocer a Castro cuando vino a Bogotá para la posesión del presidente Belisario Antonio Betancur, algo inesperado para mí. Una llamada telefónica me informó que estaba entre los invitados a la suite del hotel Tequendama, sugiriéndoseme que podría llevar conmigo tres personas más. Embargado por la emoción, no atinaba a quién llevar y fue una sugerencia de mi esposa Lilia (Q.E.P.D.), la que me sacó del apuro: Aquí estoy yo y nuestros hijos Yasser y Juan. Pudimos saludarlo antes de iniciarse la reunión, mis ojos se aguaron en ese instante, pues su nombre e imagen siempre se destacó en la vida universitaria.

Comenzó diciendo: “¿Cuántos de ustedes, activistas revolucionarios, son padres hoy día? ¿Pero cuántos son leales a sus ideas de jóvenes?”. Su voz era electrizante y ronca, profunda como en sus discursos, y con humor a flor de labios. Contó entonces los episodios sucedidos el 9 de abril cuando, siendo universitario, se entremezcló con la multitud delirante de ese día; solo él portaba un fusil y diecisiete cartuchos, entregados por un policía en la toma de la estación mencionada. Un grupo lo seguía gritando: “¡Dispara, dispara!”, cosa que no hizo. Y nos hizo reír a carcajadas cuando dijo: “Todos me daban ordenes, pero nadie me pedía el fusil”.

Fue una hora y media aproximadamente, donde siguió con su exposición mientras todos los asistentes seguíamos boquiabiertos. Al final exclamó: “Yo no recuerdo nada personalmente de lo que he contado, porque a mí me lo contó Arturo Alape (autor del libro El Bogotazo)”. Todos reímos a carcajadas. Se despidió justificándose en los compromisos que tenía. Nosotros, mis hijos y mi mujer, salimos embelesados. Y de regreso a casa rememoré mis años de universidad, repasé su influencia en latinoamericana y cuánto quisimos imitarlo, y ser como él, de personalidad decidida, radiante y dispuesta a todo en cuanto se cree.

Y si algo demostró es que E.E.U.U. no es todopoderoso; superando atentados, invasiones, bloqueos, todo eso lo encaró a tan solo 90 millas de distancia del país del Norte. Gestor del bien o del mal, según el prisma con que se le mire, hay que reconocer que muchas reformas sociopolíticas en ascenso en América y, especialmente en Colombia, se deben sin duda al impulso que le dio la revolución cubana en cabeza de Fidel Alejandro Castro Ruz.

Podemos decir ahora: Fidel, siempre Fidel.

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