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Evolución de la sexualidad en el departamento del Cesar

Por: Nereyda Lacera*

Facebook: @juegosdenela

Por ser la sexualidad un componente básico de las relaciones sociales, es pertinente analizar cómo han evolucionado las creencias, actitudes y comportamientos sexuales de los cesarenses en los cincuenta años que tiene nuestro departamento.

Si le preguntamos a alguien qué diferencia observa entre la sexualidad de antes y la de hoy, seguramente nos encontraremos con diferentes opiniones validadas por sus experiencias, creencias y costumbres. La respuesta seguramente será que todo – o casi todo – ha cambiado en cuanto a sexualidad: La dinámica familiar, las relaciones de pareja, el número de hijos, la educación y acceso al trabajo remunerado de la mujer e, incluso, la satisfacción en la vida sexual.

Relación entre sexualidad y desarrollo socio -económico.

Los índices de desarrollo económico son una especie de brújula para el grado de salud de una población. Las políticas públicas inciden en mayor o menor medida en el acceso de las personas a las condiciones dignas de vida. La salud sexual y reproductiva están metidas en la misma cesta de la salud física y mental. Por eso, las épocas de recesión económica inciden en las problemáticas sexuales – embarazos adolescentes, violencia de género, infecciones de transmisión sexual y VIH, separaciones y divorcios, maltrato infantil – que afectan a toda una sociedad, alimentando las preocupantes estadísticas y liderando, en muchas ocasiones, los vergonzosos primeros lugares en el país.

¿Cómo se vivía la sexualidad cuando se creó el departamento?

El departamento del Cesar se caracterizó por ser eminentemente agrícola y ganadero. En la década de los sesenta, la familia colombiana seguía patrones heredados de la colonia española y de la iglesia católica romana que permeaban las maneras de pensar y de sentir de hombres y mujeres.

Las familias eran extensas. Los abuelos, hijos y nietos vivían en grandes casas con extensos patios donde se reunían todos cuando caía la noche. La tradición oral era la base de las comunicaciones y los niños imitaban fielmente y, sin discutir, los comportamientos y actitudes aprendidos de los mayores.

La única función sexual aceptada era la reproductiva. El derecho a sentir placer sexual era exclusivo de los hombres; por no ser bien visto, las mujeres debían hablar en secreto sobre su vida sexual. Las señoras parían en sus casas y eran asistidas por las matronas. En esta época no había manera de evitar los embarazos y se creía que “cada hijo traía el pan debajo del brazo”; así que nuestras mujeres tenían que brincar después de una relación, introducirse un cebollín en sus vaginas o tomar agua de ruda para lograr la suerte de no quedar preñadas tan seguido. La mayoría de ellas no pudieron escaparse de los traviesos espermatozoides.

En esa época, el matrimonio católico evitó muchas tragedias familiares cuando el novio era acusado de ‘perjudicar’ a su novia. Sin embargo, también era común que los hombres ‘se sacaran a la novia’ para convivir sin la bendición del cura.

El machismo del hombre se exaltaba por su fuerza física, por el derecho a parrandear y por sus aventuras sexuales; las mujeres se resignaban a hacer las labores domésticas, criar a la prole, sufrir en silencio los cuernos y aliviar sus tristezas con los consejos y oraciones. El erotismo era pobre en muchas parejas y ¡válgame Dios! si una mujer se atrevía a conquistar, tomar la iniciativa en la cama o ser infiel, era criticada y rechazada.

Entre los setenta y los ochenta

Se empiezan a vender los primeros métodos anticonceptivos. Las mujeres, por primera vez, tienen la oportunidad de planificar y espaciar sus embarazos, lo que les dio un respiro en sus agitadas vidas de parir, amamantar y lavar pañales. Llegaron los primeros obstetras a los hospitales y clínicas, lo que garantizó una mejor atención en los partos y la reducción de las complicaciones en los nacimientos.

Ya para entonces disminuía el número de hijos…y el tamaño de las viviendas, no pudiendo alojar a los abuelos al estilo de las grandes ciudades del país. Este cambio en los proyectos de vivienda cambia, de manera imperceptible, la estructura de las familias. Este fue un revolcón interesante y casi invisible en la sexualidad urbana.

El ingreso de las mujeres a la universidad y al mercado laboral replantea totalmente su sexualidad. Empiezan a reclamar mayor participación del hombre en las labores domésticas y en la crianza de los hijos. Se empieza a sentir con fuerza el eco de la liberación femenina.

Muy a pesar, persisten los imaginarios que le atribuyen cualidades biológicas a los roles tradicionales de géneros: el hombre maneja el dinero, la autoridad y la libertad, mientras la mujer se asocia a la ternura, la sumisión y dependencia sexo-afectiva del hombre. La inequidad entre hombres y mujeres no quiere echar marcha atrás, lo que origina mayores frustraciones en ellas, mostrándose decididas a la separación, inimaginable en épocas anteriores.

A pesar del abrumador panorama de una sexualidad llena de tabúes y normas rígidas, empiezan a aparecer mujeres en la vida política, empresarial y cultural que lideran espacios tradicionalmente ocupados por los hombres. Políticas, dirigentes gremiales y comunales, artistas y empresarias, asomaron sus rostros al mundo público de larga tradición masculina. ¡No faltaba el hombre que se resistiera a ser mandados por mujeres!

Educación

Los bachilleres tenían que mudarse a otras ciudades del país para profesionalizarse, y muchos padres preferían enviar a sus hijos varones. A ellas las mandaban a estudiar en las escuelas normales de señoritas para aprender técnicas de secretariado o graduarse como profesoras. Las pocas que lograron un cupo universitario fueron unas verdaderas privilegiadas.

La sexualidad hizo un giro casi brutal. Por primera vez los jóvenes descubrían un mundo diferente al de la provincia. Y sí, muchos regresaban transformados, especialmente las mujeres que se estrellaban con los mandatos culturales de antaño que les prohibían llegar tarde a casa, ir a discotecas, fumar o tener novios, porque corrían el peligro de ‘perratearse’, término de la época. Se vivía una sexualidad a escondidas y de doble moral para evitar las malas lenguas y los castigos paternos.

Medios de comunicación

Los estereotipos se perpetuaban en los medios de comunicación, especialmente en las noticias de los crímenes mal llamados pasionales, en que se justificaba ‘la ira e intenso dolor’ en casos de infidelidad. De igual forma, la publicidad reforzaba conceptos como la utilización del cuerpo femenino para promocionar artículos de consumo. Las creencias machistas como pensar que ‘la casada es ella’ y la falta de compromiso conyugal aumentan la insatisfacción en la mujer, dejando asomar el fenómeno de la infidelidad femenina, prendiendo las alarmas en la sociedad.

Educación sexual

El primer indicio de educación sexual que tenemos en el departamento del Cesar data de la década de los años 70, con la asignatura de Comportamiento y Salud que recibían los estudiantes de grados 5º y 6º de bachillerato (hoy 10º y 11º). Recuerdo que en el colegio nacional Loperena, en un ambiente de recocha y malicia propias de la adolescencia, recibí charlas sobre reproducción y prevención de infecciones de transmisión sexual.

Aunque mi profesora era laica, la mayoría de docentes de esta asignatura eran los religiosos católicos quienes infundían temor a los embarazos, infecciones y conductas sexuales ‘pecaminosas’. Este enfoque fue desacertado y, al igual que en el resto del país, no ayudó a resolver los problemas sexuales.

¿Se hablaba de sexo en los hogares?

La gran mayoría de personas nacidas antes de los años 80, no recibió educación sexual en sus casas. El silencio era la regla cuando de temas atrevidos o ‘morbosos’ se trataba; o bien, regañaban al que se atrevía a preguntar algo a sus padres. “Ese tema no se toca en los hogares decentes”, me cuenta un amigo que su papá le respondió, molesto, cuando los cambios hormonales de su adolescencia le hacían hervir el deseo sexual. Muchos de los cesarenses de esa época obtuvieron la primera información sobre sexualidad en sus colegios o escuchando a sus amigos.

De los 90 para acá

El final del siglo pasado y la llegada del siglo XXI trajeron nuevos conocimientos a estas latitudes, gracias al internet, el celular y más recientemente, las redes sociales. Otras costumbres, creencias y estilos de vida permearon las mentes de las personas, en especial de las nuevas generaciones. Llegaron nuevos pobladores a las ciudades, producto de los desplazamientos forzados y la violencia, lo que desató una serie de grandes cambios en la vida de las gentes. La sexualidad no fue ajena a estos cambios.

Poco a poco desaparecieron las parrandas tradicionales, los compadrazgos, los jóvenes quieren migrar a las ciudades y las mujeres se resisten a morir lavando, cocinando y llenándose de hijos, sin la posibilidad de estudiar y trabajar fuera de casa. Es la era de los derechos sexuales y reproductivos que fueron declarados a nivel mundial en el 94 y que se basan en el reconocimiento del derecho que tienen las personas a vivir y expresar su sexualidad sin ser violentadas o discriminadas, como parte de sus derechos humanos.

Hacia el año 93, el Ministerio de Educación Nacional implementó el Proyecto de Educación Sexual de manera obligatoria en todos los colegios y escuelas del país. En el Cesar se realizó, con un entusiasmo sin precedentes, un recorrido por todos los municipios para capacitar a los docentes en temas de sexualidad. Tuve la maravillosa experiencia de trabajar con los profesores de los corregimientos de Valledupar y fui testigo de los mitos sexuales que empezaron a derrumbarse en las mentes de los asistentes. Escuché muchos comentarios curiosos como creer que una mujer no se embaraza si brinca inmediatamente después del coito, o que a un adolescente le crece el pene si tiene sexo con una burra. Este proceso abrió una época en que ya se podía hablar de sexo, libremente y sin tapujos, en las aulas de clases, en las calles y en los medios de comunicación.

Los avances científicos y tecnológicos, sumados al desarrollo económico y social del departamento, facilitaron el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Los hombres hacen esfuerzos para ver a las mujeres como compañeras de vida, con derechos y posibilidades. No obstante, el machismo de muchos no cede para lograr una sociedad realmente justa.

Los altos índices de violencia contra la mujer, así como el maltrato a niños, niñas y adolescentes que tiene el departamento del Cesar, hablan muy mal del avance en los derechos sexuales que merece una sociedad democrática.

*Médica Sexóloga

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