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Evolución cultural del Cesar

Por: Mary Daza Orozco

Cuando nos referimos a la cultura imaginamos todas las disciplinas artísticas, pero si se tiene en cuenta su connotación más amplia, sabemos que no solo es arte. La cultura es la liturgia de los pueblos, de los conglomerados, liturgia porque es el conjunto de símbolos, costumbres y formas de vida. Casi todos los pueblos del mundo tienen algo cultural en común, especialmente cuando se refiere a las costumbres, pero todos tienen marcadas diferencias, de suerte que cuando hay una desavenencia entre dos o más pueblos, se habla del choque cultural.

La cultura es misteriosa, entraña manifestaciones elevadas del espíritu, como el arte; y telúricas, requerimientos del cuerpo como la gastronomía; pero es la manera de oficiarla lo que la diferencia en los distintos pueblos. La cultura es esencia, es razón de ser, es creación, es tradición, es norma de vida, es religión, es guerra, es paz, es fiesta, es duelo, es amaneceres y anocheceres; todas esas manifestaciones necesitan un oficiante que es el hombre.

Cuando se habla de evolución cultural de un pueblo no nos referimos a logros e innovaciones, eso es el progreso que se asienta en la simiente cultural que ha estado ahí, larvada, embrionaria, esperando al oficiante para germinar y lograr la floración en el momento oportuno.

Todas estas consideraciones han surgido cuando pretendo escribir sobre las manifestaciones culturales que se han puesto de presente en el transcurso de los cincuenta años de creación y vida política del Departamento del Cesar; una región en donde los patriarcas que lucharon para lograr su creación cultivaban la bonhomía, la rectitud, y el deseo de un Cesar grande que relumbrara en el concierto geográfico nacional.

Contaba, lo que hoy es el Cesar, con una vida elemental con una agricultura pródiga, una política activa, con las costumbres sanas que iban desde el toque de las campanas que anunciaban la misa diaria hasta los carnavales y los salones de baile con disfraces propios; desde el desayuno con la infaltable arepa de queso hasta los grandes banquetes brindados en celebraciones importantes; desde los gritos emocionados en las galleras hasta el silencio de las tumbas en donde reposa buena parte de la historia; desde las noches serenas en donde la luna acompañaba las serenatas hoy extinguidas, hasta la estridencia de una parranda callejera; desde los lánguidos sonidos de un acordeón hasta el retumbar de las bandas de guerra de los colegios de renombre; desde las elecciones para dignatarios hasta los logros de altos cargos de alguien de la región.

Bajo ese concierto de costumbres y una que otra tímida manifestación artística nace el departamento y se da una simbiosis entre lo puramente vallenato, si nos referimos al norte del Cesar, con los pueblos del sur que tenían el talante y costumbres marcados de la región santandereana y del Magdalena Grande, la conjunción de costumbres, parte interesante del arte.

Ya se dijo, el arte es la parte sublime de la cultura, y el Cesar ha empezado a sacar de la veta inexplotada, pródigas manifestaciones artísticas; sustentadas en las exiguas expresiones que comenzaron a develarse tímidamente hace muchos años, cuando sus pueblos, hoy ciudades, eran villorrios que se alzaban entre la mole de la Serranía de Perijá y las cumbres blancas de la Sierra Nevada, a orillas del río Cesar o de las ciénagas inspiradoras de cantos.

De las primeras manifestaciones artísticas, surge el teatro, más folclórico que clásico, con la representación del Milagro de la Virgen del Rosario, las famosas Cargas, y con figuras sobresalientes, entre otras: Tino González, Buenaventura Perea, Ladislao Maestre, Víctor Camarillo, hasta la actualidad y con nuevos actores.

El teatro-danza en las fiestas del Corpus Christy, especialmente en Atánquez. El teatro- leyenda: La Mudanza en Becerril, en donde se representa, desde tiempos remotos, el traslado de una vivienda con todos sus trebejos hasta otro lugar del pueblo, inspiración de las tribus nómadas que la habitaron. El monólogo, parte deslumbrante del teatro, persiste con William Morón y sus representaciones muy criollas, terrígenas, costumbristas. Se han hecho intentos de teatro clásico, pero no han prosperado, ahora el Teatro Madero le apunta a la persistencia y al renombre no solo en el ámbito cesarense sino nacional.

En este cincuentenario del departamento del Cesar podemos destacar con orgullo el auge escultórico, hago mención de El Cacique Upar, de Jorge Maestre Ramírez; La Loperena, de Mardoqueo Montaña; La Sirena Vallenata, de Jorge Maestre; La Riña de Gallos, de Ilma Pignaloza; el conjunto vallenato, de Jorge Maestre; El Viajero, de los primeros alumnos de Bellas Artes; La revolución en Marcha, del maestro Rodrigo Arenas Betancur; El Obelisco, de Elías Castilla; El pedazo de Acordeón, de Gabriel Beltrán; Los poporos, de Jorge Maestre; La Pilonera Mayor, de Amilkar Ariza. La tambora, en Tamalameque; la mujer trabajadora, en La Paz.

En 1970 se creó la casa de la cultura Cecilia Caballero de López, se sacrificó para su construcción una casona de barro, la cárcel El Mamón, para levantar allí una edificación de líneas un tanto modernistas aunque se diga que su estilo es colonial.

La casa de la cultura, con su primer director Álvaro Castro Socarrás, creó una de las primeras revistas culturales, Perijá; luego el ente fue regentado por figuras prominentes, amantes del arte y de todas las expresiones culturales. Alfonso Cotes Queruz, Simón Martínez, Mercedes Romero, Fanny Dangond, Josefina Valle, Consuelo Araujo, entre otros. Allí se dio oportunidad a los grupos de teatro, a la literatura, con el primer concurso de cuentos y poesías; y a la danza autóctona, cuando en los albores del Cesar como departamento se destaca al Ballet Vallenato, dirigido por Sofy Cotes, que gana el premio Albatros, en República Dominicana, en 1969.

Entre los festivales culturales son reconocidos: los de Tamalameque, Festival de la Tambora, Patrimonio Cultural de la Nación; en Chiriguaná, Festival Nacional de Danzas y Tamboras, Patrimonio Cultural de la Nación; en Aguachica, Encuentros Subregionales de Cultura; en San Diego se creó el Café Literario Vargas Vilas; en Manaure, Festival de las Flores, en La Paz, Fiesta folclórica y del patrono de San Francisco; en Codazzi, Música Vallenata en Guitarra y Encuentro Cultural de Aprocoda; en Atánquez se realiza uno de los eventos con más contenido folclórico cultural y manifestaciones indígenas en el Encuentro Cultural de la Sierra Nevada.

En la mayoría de pueblos del Cesar hay un festival vallenato. El Folclor, parte fundamental de la cultura de todos los países del mundo, está en primer orden en el departamento, tomó fuerza con la creación del Festival de la Leyenda Vallenata, aunque este se asentó en lo que ya había: leyendas, juglares, versos, acordeones, cajas y guacharacas.

En la pintura, el Cesar ha sobresalido en escenarios internacionales. Esta disciplina comenzó con Jaime Molina y sus caricaturas; luego el ecuatoriano-vallenato, Chicho Ruiz, inundó las casas vallenatas con sus plumillas de indígenas arhuacos; Celso Castro expone en New York, Willy Ramos, en España; Álvaro Martínez impone sus acuarelas, hoy apreciadas con nostalgia, en muchos hogares; Walter Arland, Efraín Quintero, Honer Peralta, Arturo Castro, Iguarán, José Tobías Hinojosa y muchos más han dado buena cuenta de la plástica en el Cesar, especialmente en Valledupar.

En el arte espacial: la arquitectura en el Cesar se había quedado rezagada, hoy por hoy las viviendas suntuarias, los altos edificios, los centros comerciales y los conjuntos con soluciones habitacionales tienen un dinamismo admirable.

En el arte temporal: la literatura pasó de lo parroquial a lo universal, con la vocación poética que se nota en los cantos vallenatos, se inclina más por la poesía, y ha dado figuras cimeras como Luís Mizar, Diomedes Daza y José Atuesta, hay gusto por la cuentística y poco a poco la novela va tomando fuerza. La oralidad ha sido y es la base, desde tiempos remotos, de las expresiones literarias. De las narraciones orales nacieron las leyendas desde el sur hasta Valledupar, ciudad de leyendas y cantos.

En Gamarra con Anselmo Rangel comenzó a tomar fuerza la publicación de obras literarias, especialmente con poemas y cuentos de buena factura, pero es en Río de Oro en donde se le rinde culto diariamente a esas expresiones artísticas, poemas, cuentos y festivales.

Pretender una detallada historia de la evolución cultural en el Cesar, en este espacio, es difícil; de ahí que me haya limitado a mostrar que la creación del departamento fue un punto de arranque de talentos que, en cierta forma, se veían limitados por la condición provinciana; se alzaron las cabezas, los espíritus, los entes creadores, los emprendedores, los estro poéticos y fueron mostrando al país y al mundo el filón de arte que aquí apenas comienza a explotarse, que el camino es largo y recio y solo los actores lo saben, los oficiantes culturales, encargados de señalar a las nuevas generaciones el sendero para, con exquisitas pinceladas, con fuerza creativa, con capacidad refinada, con empuje, logren que el Cesar siga adelante con una evolución positiva en su entorno artístico, social, económico, histórico; que en tiempos no muy lejanos se pueda hablar con propiedad de la civilización cesarense.

 

 

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