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En pié de lucha

 

Aquella mañana de noviembre el sol despuntó más temprano. Eutanasio no sintió cantar al gallo viejo. <<Quizá se lo comió el zorro chucho o se habrá quedao’ dormío. La vejez no llega sola>>, pensó. Se levantó adormitado de chirrinche y, restregándose los ojos, recordó que aquel era el gran día. Saltó de la cama de madera y cuero templado, agarró su poporo, las tres mochilas y salió de la kankurúa.

Los caminos de la Sierra se habían vestido de blanco. Todo su pueblo caminaba en la misma dirección y con el mismo fin: la minga, para levantar la voz, para enfrentar a los hermanos menores que una vez más pretendían irrumpir en su territorio, explotarlo, violentarlo, destruirlo.

A veces, la historia no miente. Hacia 1525, hombres sedientos de sangre y oro les invadieron. Sus vidas habían sido tranquilas hasta ese momento, solo inquietadas de vez en cuando por el ataque de alguna tribu enemiga acostumbrada a extraños ritos donde se sacrificaban a los vencidos. Esas mismas tribus, al seguir su instinto y optar por el choque, fueron los primeros en caer bajo la espada de los extraños.

Mientras la tierra se teñía de sangre indígena, un consejo de ancianos de cuatro pueblos –kogui, arhuaco, wiwa y kankuamo-  aconsejó evitar la confrontación y buscar refugio en lo más alto de la Sierra, el ombligo del mundo. La estrategia defensiva dio resultado, pero supuso la pérdida del terreno ancestral, los límites de la línea negra quedaban reducidos por el aislamiento autoimpuesto y, entonces, se vieron obligados a buscar nuevas formas de subsistencia.

El explorador alemán Wilhem Sievers afirmó en un documento de 1886 que “los Arhuacos no fueron los pobladores originales de la cordillera, ya que los españoles aseguran haber enfrentado, en duras batallas, a un pueblo guerrero y belicoso llamado Tayrona; en cambio, los Arhuacos son extremadamente pacíficos…”

Por la misma época de Sievers arribaron los capuchinos de la Provincia de la Preciosísima Sangre de Cristo (Valencia, España) que abrieron internados, tuvieron a cargo escuelas y colegios, denunciaron los abusos de los colonos y llegaron a lugares inimaginables, en ese entonces, para el gobierno. Pero también se excedieron: impusieron una lengua y una religión extraña. Fueron los tiempos del Vicariato Apostólico de La Guajira, Sierra Nevada y Motilones, el germen del cual surgieron después las diócesis de Valledupar y Riohacha.

Siguiendo la senda abierta por los capuchinos, en febrero de 1914 una pareja de esposos suecos, Gustaf y Ester Bolinder, apoyados por la Sociedad Sueca de Antropología y Geografía, visitaron el norte de Colombia con el fin de adelantar una investigación etnográfica sobre los pueblos indígenas asentados allí. La visita esporádica se convirtió en una larga estadía debido a la Gran Guerra que estalló, cinco meses después, por el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria. De los suecos quedó el registro mudo e impasible de un pueblo que, en silencio, ha retado al tiempo.

Ya en la década de los noventa, después de tanta indiferencia y olvido, hacen presencia en la Sierra otro grupo de hombres violentos e inmisericordes, con ínfulas de grandeza y sed de sangre, dispuestos a todo. Esta vez, el pueblo arhuaco, pacífico por excelencia, comprendió que no podía callar, entendió que debía levantar la voz porque los tiempos eran otros y necesitaban ayuda y protección.

Sucedió lo impensable: el 20 de noviembre de 1990, quienes lucharon para liberar a la Nación Arhuaca de la amenaza de los violentos se convertían en mártires, pasando a engrosar las listas impunes de los delitos sin resolver. Junto a los nombres de Jorge Eliécer Gaitán, Álvaro Gómez Hurtado o Luis Carlos Galán hoy se encuentran los de Luis Napoleón Torres Crespo, Ángel María Torres Arroyo y Hugues Chaparro.

Después de una travesía de más de ocho horas, reconfortados por las hojas de ayo, al fin llegaron a Valledupar. Eutanasio sintió que la gente lo miraba con curiosidad. La primera estación sería la Casa Indígena. Allí pudo constatar que había más arhuacos de los que imaginó que podrían atender el llamado del cabildo. Allí se enteró que saldrían en marcha hasta la plazoleta de la gobernación. Pero de lo que nadie se enteró, lo que nadie pudo adivinar era que allá los esperaría el ESMAD. Ni los mamos, en sus botellitas de chirrinche, ni las mujeres tejiendo las mochilas con el pensamiento, ni Eutanasio con su malicia indígena pudieron prever que serían tratados como un grupo de alborotadores. Quizá lo eran sin darse cuenta.

<<Gracias a Serankua la cosa no pasó a mayores>>, se consolaba Eutanasio mientras continuaba en pie de lucha, de camino a la alcaldía. En cuestión de minutos la plaza Alfonso López, insignia a nivel mundial del folclor vallenato, se vio atestada de arhuacos, símbolos vivientes de una cultura ancestral. El alcalde salió, los escuchó, se tomó la foto respectiva y les informó la llegada en los próximos días de una visita importante… Eutanasio no alcanzó a escuchar de quién se trataba.

Los días pasaban, pero la visitaba no aparecía. Una noche, acostado en un chinchorro, empezó a pensar en karingömen, su perro, que tal vez lo estaría extrañando. Sintió que luchaba por una causa perdida. Entendió que solo podía proteger la Sierra estando con ella. En ese momento tomó la decisión de regresar a casa. <<Los hermanos menores nunca van a entendé que hay que cuidá a la Madre Tierra. Pa´ ellos no hay otra cosa que la plata y sus poco e´ aparatejos raros>>.

Al día siguiente, bien temprano, un indígena solitario cruzaba el puente Hurtado rumbo a la Sierra, no sin antes tomarse una selfie de recuerdo.

 

 

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