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El poder infinito del amor

Por:Fabio Alejandro Olivella Cicero

olivellacicero@gmail.com

Me desvelas, Sophía. Pensarte, desorganiza mis ideas, y con ello logras dibujar una sutil sonrisa de picardía en mi rostro. ¿Casualidad? no existe la casualidad. Cuando recordamos a alguien es porque la misma persona nos piensa en ese instante. Créeme, Sophía, esta es una afirmación que tiene bastante sustento.

Todos los seres humanos estamos conectados entre sí. Guarda ese celular, que no me refiero a eso; es más, de ahora en adelante te propongo dejarlo en silencio mientras compartimos tiempo juntos. A lo que me refiero es que existen hilos invisibles que nos enlazan constantemente los unos a los otros. A través de ellos, captamos información de modo subconsciente. Cuanto más tiempo conocemos a una persona y más cercana es la relación con ella, más clara es la información que recibimos. ¿Te ha sucedido que piensas en alguien y te llama por teléfono? ¿has escuchado a madres mencionar que sentían que algo le sucedía a su hijo, a pesar de estar separados por distancias considerables?

En 1981, el científico británico Rupert Sheldrake planteó una de las hipótesis más controvertidas de las últimas décadas. Inicialmente se dio cuenta de que, si un animal aprende una habilidad, les será más fácil aprenderla a todos los individuos de la especie. Así mismo, cuantos más aprendan, tanto más fácil y rápido le resultará al resto ejecutar la misma tarea. Más aún. Dedujo que cuando cierto número mínimo de sujetos de una misma especie era capaz de hacer dicha labor, todos los recién nacidos de allí en adelante venían con esa información sin necesidad de aprenderla. ¿Te suena parecido a lo que vemos desde hace algunos años con nuestros niños y su facilidad con los computadores?

Sheldrake nombró a este fenómeno Resonancia Mórfica, y asumió que debería existir un entramado invisible al que llamó Campo Mórfico, donde toda la información se guarda como en una memoria colectiva. Cierra esos ojos de sorpresa, muñeca de mi corazón, que sé que estás pensando en Carl Jung y su inconsciente colectivo: esa hermosa teoría de principios de siglo XX que asume que nuestro inconsciente es como una base de datos heredada donde se almacena toda la esencia de nuestra experiencia como humanidad.

Es increíble que Jung mencionara, con un siglo de anterioridad, lo que para nosotros es mucho más fácil de entender ahora que estamos familiarizados con la nube de información, internet. Aunque son más sorprendentes las frases que nos regaló para la eternidad: La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir… Eres lo que haces, no lo que dices que vas a hacer… Yo no soy lo que me sucedió, soy lo que elegí ser… La cosa más aterradora es aceptarse a sí mismo por completo… Aquello a lo que te resistes, persiste… Todos nacemos originales y morimos copias… ¡No hay toma de conciencia sin dolor…!

¿Sigues con esa vieja manía de contar con los dedos, Sophía? Con ellos no sólo puedes llegar al número diez, también puedes acelerar a cien los latidos de mi corazón cuando me das un abrazo. Te sigo contando. Desde mediados del siglo XX, los físicos se devanaban los sesos tratando de responder por qué existe la masa, si las partículas dentro de los átomos son tan pequeñas y sólo tienen carga eléctrica y energía. Hubo muchas teorías que intentaron explicar este fenómeno, pero siempre iban en contra de lo que mostraban los experimentos.

Fue finalmente el físico inglés Peter Higgs que postuló una idea revolucionaria: se imaginó nuestra realidad como si viviéramos en un líquido que frenaba la velocidad del movimiento de todas las cosas y, al hacerlo, le confería el peso y la masa. Imagínate una ballena nadando debajo del mar muy pesada y lenta por el agua que la rodea y, en cambio, un delfín menos pesado y rápido. La partícula de Higgs se descubrió en 2012 y por eso, dos años más tarde, Peter recibió el nóbel de física.

¿Te das cuenta, Sophía, de que este campo de Higgs es el soporte científico para explicar con números, como te gusta, la conexión entre los seres humanos? Podemos llamarlo campo mórfico o inconciente colectivo, aunque me gusta más el término Anatman: la capacidad de entender que en realidad somos un sólo ser interconectado, y que todo lo que hacemos, afecta a los demás.

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Esa es la razón por la que tu facilidad de trasnocharme es cada vez más fuerte, porque nuestra conexión inició hace mucho tiempo a través de un cable de cobre y cada vez se parece más a la fibra óptica de velocidades lumínicas. ¿Entiendes, ahora sí, el poder infinito del amor?

 

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